Ir al cine se convierte en una tortura. Uno va con toda la buena disposición dispuesto a pasar un buen rato. Si se trata de un estreno de cartelera es presumible que la sala esté hasta los topes, pero en alguna ocasión he ido a primera sesión, sobre las cinco de la tarde y nos hemos reunido media docena de personas. No sé si el hecho de ver una sala tan grande a algunos les da miedo o que, pero el caso es que allá estábamos los seis en la sala y todos juntos, en las filas próximas, casi codo con codo. Tres eran jóvenes que llegaron pertrechados de cajas de palomitas y bebida en abundancia. Refrescos de un litro. Al poco de comenzar la película empezó “el festival sonoro“. Las escenas se acompañaban de bocados de palomitas y sorbetones al refresco, con algún erupto que otro, hasta que me harté y me fui a la primera fila a ver la película a mi aire sin ser importunado por los ruidos ajenos. Pueden ser palomitas, pero también cacahuetes, maices, o un bocata de chorizo, que alguno lleva envuelto en papel de aluminio y estamos todos pendientes de “ese agua de lluvia” que se genera con la fricción de dicho papel.

Si queremos disfrutar de algo, de lo que sea, se requiere prestar atención, sea una canción, un cuadro, una película, una conferencia, lo que sea. Hoy ir al cine se convierte en toda una aventura, para al final volverte a casa iracundo porque después de dejarte seis euros en taquilla, encima no has podido disfrutar la película al cien por cien por los ruidos ajenos.

© Chufowski