Las anécdotas diarias y un poco de imaginación me han permitido soltarme y escribir un relato largo que algún editor adicto a las luces rojas y los polvos blancos podría darle el formato de libro. De momento lo cuelgo aquí en mi blog para uso y disfrute del personal.
Agradecimientos
Como si de un libro se tratara, en los agradecimientos habría de citar a mi familia que me apoyó cada mañana desde Benidorm, en la distancia, a las mujeres que vi en la calle y me hicieron coger el tono adecuado, a mi amigo Roberto, que de haber leído el relato me podría haber dado alguna recomendación.
También pongo algunas reacciones que la no publicación de mi relato ha cosechado en el mundo de las letras.
Reseñas
“Es fácil escribir un libro, lo díficil es hacerlo tan mal“. (Aurelio Zangróniz de “La Revista Camerana”)
“Se me ocurren doscientas cosas mejor que hacer que leer este libro” (John Spencer, The Spectator)
“No leía nada tan malo desde la útima vez” (Bernardo Aguado de “La Sinrazón“)
Entremos pues en harina y disfruten con la lectura del relato. De todos modos no me hago responsable de las posibles consecuencias tanto físicas como mentales que su lectura pueda generar.
El furgón del deseo
“El espacio que un hombre tiene dedicado al sexo en su cerebro es 2,5 veces mayor que en una mujer”
Eduardo Punset
1
Las dos manos en el piano acariciando las teclas. Toco de oído y llevo un diminuto pinganillo en la oreja derecha que me da un aire misterioso. Comienzo a tocar y acto y seguido en el techo la vecina hace golpear su escoba, siempre a la misma hora, poco después de que comience mi serenata diaria a las ocho de la noche. La desgraciada me va echar el techo abajo. Acompaña los golpes de la escoba con insultos a viva voz. Una voz poderosa y grave, más propia de un hombre. !Puto piano, puto piano!, lo dice entregada, alargando las oes. Dejo que se desgañite y sigo a lo mío aporreando las teclas durante una hora. Quid pro quo. Además de la misa en latín, esta es la única expresión que recuerdo en esa lengua en desuso, aunque algunos curas tengan la intención de volver a oficiar las misas en latín según vi en las noticias. El quid pro quo, creo recordar que consiste en que nada era de balde y que si querías obtener algo debías dar algo a cambio. En mi caso le di la vuelta a la tortilla.
No le toco las narices a la vecina por gusto, no albergo más odio en mi interior que el común de los mortales, diré en mi defensa, pero tampoco ayudo a las viejecitas a cruzar la acera. Nada es casual, sino que mis actos atienden a un plan. Llevo ya una década oyendo su televisor, no el mío. Intenté una vez tener los dos puestos a todo trapo y desde entonces llevo pinganillo, aunque el Doctor Bartolomé, Bartolo para sus pacientes, nunca me confirmó por escrito que una cosa tuviera que ver con la otra y no pude por tanto denunciar a la vecina. Me conformo ahora con ver las imágenes en mi televisión panzuda. Los decibelios los pone ella, lo cual me obliga si quiero enterarme de algo a seguir su recorrido por las cadenas, con una sincronización que para sí quisieran las de la natación. Soy capaz de adivinar sus movimientos y segundos antes de que cambie yo ya tengo sintonizado el canal. Le pregunté a Grundig un amigo alemán, cámara de televisión si habría algún concurso en el que podríamos explotar nuestra habilidad y ganar unos euros. Me dijo que no y no he vuelto a insistir.
Macarena, que así se llama mi vecina comienza el recorrido por los canales autonómicos y al final siempre recala en el canal generalista, tras echar un vistazo rápido a los programas del corazón, esos donde la gente grita todo el tiempo y no se entiende nada de lo que dicen. En verano me gusta verlos, porque todas las famosas están en la playa y lucen bikinis mínimos y muchas curvas y me acuerdo de la película en la que una negra espectacular salía del agua portando un bikini naranja y entonces me empalmo y tengo que darme una ducha fría. Aprovecho entonces para juguetear con la alcachofa de la ducha multichorro y entre chorro y chorro me voy viniendo.
Algunos días, después del telediario, siempre el de la primera, estoy de enhorabuena y puedo ver y oír alguna serie de moda. Una de un médico gruñón y otra de un tío todo tatuado que organiza una fuga son mis dos preferidas. El fútbol lo veo en el bar de la esquina. Podría verlo en el televisor y escucharlo en la radio dirán los más perspicaces, esos que no te pasan una y tienen todo el día el dedo preparado, pero no lo hago. Los rumanos que viven en el barrio van al bar con sus tambores y los negros no sé si es porque odian todo lo que sea blanco son todos ellos culés y llevan las camisetas azulgranas. La pantalla ocupa toda la pared y cuando algún jugador es zancadilleado y comienza a dar media docena de vueltas sobre sí mismo, parece que se te va a venir encima y todos nos echamos las manos a la cara, como si hiciéramos la ola, salvo los que tocan el tambor que las tienen ocupadas y desafían el peligro con sus palillos. A pesar del pinganillo que compré de segunda mano no entiendo la mitad de lo que dicen, pero no me preocupa. La radio es perjudicial para mi salud. La patología no tiene aún nombre, pero eso no impide que al escuchar la radio, ésta me produzca vértigos que debo contrarrestar metiéndome un supositorio por el ano, cuando empiezo a sentir el vahído, y yo que soy de la vieja escuela, de los que defienden que el culo sirve para cagar y no para meterse objetos, ni mucho menos como fuente o agujero de placer, me pone de muy mal humor hurgar en esa zona y jamás dejaría que un doctor me examinase ahí. Estoy dispuesto a correr el riesgo, a palmarla con un cáncer de colón, pero un hombre debe tener media docena de cosas claras en esta vida y esta es una de ellas. Cuando era chiquitín mi madre me obligaba a escuchar la radio para tenerme ocupado con algo, dejándome en estado catatónico, pues mis tres hermanos pequeños ocupaban la cuna y los otros tres, algo mayores, las camas. Ya entonces al escucharla me mareaba y me entraban sudores fríos, como cuando viajo en autobús pegado a la ventanilla. Esa voz procedente de debajo de la almohada me asustaba, por lo que tenía de extraña. Las otras voces, las de las vecinas, las de mis padres y hermanos me resultaban cercanas y próximas, pero las de la radio resultaban falsas. Había noches que me dormía con ella puesta y cuando alguna pesadilla me sacaba del sueño oía esa voz y no sabía si era real o si provenía de mi cerebro, pero acababa meándome encima del pánico.
Me sabía todas las noticias, no porque fuera más listo que nadie, lo cual era poco probable a nada que alguien se tomase medio minuto en examinar mi rostro, sino porque siempre eran las mismas noticias repetidas cada media hora. Mi padre, después de cenar, cuando toda la familia nos sentábamos frente al televisor, en filas, como si estuviésemos en un cine, me soltaba una colleja tras otra durante los telediarios, porque le iba descubriendo el pastel. Que le dijera los resultados de los partidos lo sacaba de quicio. Me sacudía en las orejas, con la palma de la mano. Este niño es tonto decía una y otra vez en voz alta. Como los allí presentes ya lo sabían no mostraban el menor interés. Mi padre y yo por lo que decía la gente éramos como dos gotas de agua y eso le reconcomía aún más, pues no podía albergar la posibilidad de que yo no fuera hijo suyo. Creía que con tantos toques como recibía en mi mollera cada día, en una de esas mi cerebro se movería de sitio, giraría sobre su eje repetidas veces y se produciría finalmente algún cortocircuito que me dejaría alelado para el resto de mis días, aunque estaba casi seguro que si esto se producía, salvo mi madre que era la más observadora de la familia, nadie se daría cuenta.
Hubo un tiempo en que mi vecina Macarena me gustaba. Fue antes de que engordase y le creciesen pelos en el bigote y en las orejas. Los años no pasan en balde me decía siempre mi abuela que murió a los ochenta y dos años en una parada de autobús. Antes de casarse Macarena estaba maciza, era la más guapa del barrio con diferencia, a años luz de las demás mujeres. No eran solo sus curvas las que nos hacían babear, eran sus ojos brillantes y luminosos, como faros. Si te miraba a los ojos más de tres segundos, estabas perdido. No había vuelta atrás, quedabas hipnotizado para la eternidad, o eso creíamos entonces. Cuando empezó a ensanchar, sus tetas pasaron de ser apetecibles a ser inabarcables, al igual que sus caderas. No fue ese hecho, previsible, la que la despojó de golpe y porrazo del pedestal donde habíamos situado a nuestra Diosa, sino que el fulgor de su mirada se extinguió de la noche a la mañana y pasó a ser una más. La diosa se había convertido en una humana de abultada carnalidad. Ya entonces era madre de dos niñas que eran cagadas a ella, pero no tenían ese brillo ocular. Esa luz nunca la volvimos a ver nunca más en ninguna mujer. Comprendimos entonces que el amor verdadero no existía y el nuestro tendríamos que mendigarlo en las faldas de cualquiera. A veces, cuando echo mano de esos recuerdos de la infancia, me puede la nostalgia, pero no me embarco en ella pues corro el riesgo de encallar en las arenas de la depresión, ya que tengo un carácter borrascoso. A carcajada limpia me río cuando oigo comentar a alguien de mi quinta eso de que cualquiera tiempo pasado fue mejor. Está bien endulzar el pasado, aunque sea con sacarina, pero eso es una cosa y otra muy distinta es cambiarlo en su esencia, falsear la historia. Hay mucho romántico proclive a fantasear con lo inteligentes que éramos antes, lo putas que lo pasábamos y lo agudo que teníamos el ingenio, que nos permitía siempre salir adelante. No nos engañemos, tontos ha habido y habrá siempre. En mi cuadrilla había algunos que no sabían ni en qué consistía hacerse una paja.
2
Es sábado. Los fines de semana me doy una tregua con el piano porque mi vecina se va al pueblo. Soy de esos que no pueden estar dando vueltas como un molinillo en la cama si no estoy dormido. Así que me doy una ducha rápida, aireo la casa y me asomo al balcón. Estoy cansado y es uno de esos días que en los que desearía que solo tuvieran doce horas. No sé como alguna formación política no ha planteado llevar a referéndum el número de horas que deben tener los días o los días que ha de tener un año. Si los días durasen 12 horas, nos jubilaríamos a los 130 años. Entiendo que con tres cifras todo se vuelve más complicado de gestionar, de ahí que quizá, una análisis más profundo nos haga llegar a la conclusión de que no es una buena idea.
Llega hasta mí y luego pasa de largo, la voz de Tomás, el vendedor de cupones de la ONCE. Habla a grita pelado, como los comentaristas de los partidos de fútbol. Pero ahora que lo pienso ¿se puede pelar un grito, como si de un huevo duro se tratase?. Llevo el gordo, dice una y otra vez, vamos que se me acaban, un sueño un euro, vamos que se me acaban.
No son todavía las nueve de la mañana y ya está afincado en la esquina sentado sobre un taburete de mimbre. También suelta de vez en cuando algún piropo, siguiendo con su nariz la estela de un perfume de mujer, que deja un reguero por toda la calle. En ocasiones sube el olor hasta mi balcón, trepando como la hiedra, una fragancia reconcentrada capaz de tumbar a un elefante. Afirma Tomás que las mujeres despiden un aroma especial que ninguna colonia puede encubrir, pero algún gracioso perfumado, porque en mi barrio tenemos la tasa de graciosos más alta de país según el periódico local, se la da con queso y suenan las risas Tomás ha de comerse sus palabras, mascullando. Mi primera intención al verlo es hacerle un gesto con la mano a modo de saludo, pero lo inútil de la propuesta la reemplazo por darle una voz. Entonces Tomás levanta su mano hacia el lugar de donde cree proviene el sonido. Voy a su encuentro. Me reconforta saber que hay alguien sobre la faz de la tierra aunque sea un vendedor de cupones que me desea un buen día y el que se cumplan todos mis sueños, lo cual pasa no obstante porque le compre un cupón. No creo en la suerte, en el azar, ni en el destino, pero echo cuentas y creo que es justo pagar un euro a cambio de un saludo y de sus buenos deseos.
3
Salomón, el reciente difunto vecino del tercero, la mesa con el libro de firmas todavía sigue en el portal, siempre tuvo en mente montar su propia empresa de abrazos. He leído que ahí está el negocio, la oportunidad de hacernos millonarios, decía por lo bajini, tras comprobar que no había moros en la costa. Incluso podríamos abrir luego franquicias por todo el mundo. ¿Te imaginas a los iraquíes abrazándose, con una rama de olivo en los labios?. Lo mismo nos nominaban para el Nobel de la Paz. Hablaba en plural porque quería que yo formase parte del proyecto, sería el socio capitalista. Yo pondría el dinero y él las ideas. Alguien le había ido con el cuento de que estaba forrado y aunque era evidente que en aquel barrio no había ningún rico, aquello solo podía ir de coña, pero al igual que el enfermo terminal que niega la realidad, él quería dar validez a los bulos y embarcarme a mí en su según él, infalible proyecto.
La lengua no será un inconveniente. El truco es que el abrazo es un lenguaje universal, como el follar, pero eso ya es un negocio explotado desde hace siglos. Lo vas viendo claro, no, me preguntaba al ver en mi rostro asomo de asombro. No hay que mediar palabra para abrazar, basta con estirar los brazos y pasarlos por la espalda de tu semejante, algo así. Y entonces me abrazaba y se pagaba tanto que acababa dándome repelús. No por el abrazo en sí, ni porque le castañeasen los dientes, sino porque notaba que en su entrepierna a pesar de su edad, había algo vivo, que se endurecía al entrar en contacto conmigo y no sabía si atendía a un impulso natural e irrefrenable o es que Salomón había decidido hacer la mudanza y antes de desprenderse de su armario salir de él. Entonces yo me apartaba, quitándomelo de encima. No hace falta ser tan explícito le decía. Anda que no he abrazado yo a gente en mi vida, a estas alturas me vas a dar lecciones tu a mí de cómo se abraza. Le decía esto ofendido, frunciendo el ceño. Él no se daba por aludido y seguía con lo suyo. Fíjate, pondríamos carteles tamaño natural con fotos, muchas fotos de gente de todas las edades sonrientes y abrazadas. Porque te parecerá increíble pero la gente no sabe abrazar. Lo mismo sucede con la masturbación. Los hombres nos manejamos mejor, pero las mujeres no saben hacérselo. Tienen que leer muchos libros para conocerse, para aprender a tocar las teclas y que suene la melodía deseada y decía este dándome codazos en el costado, pues sabía de mi afición por el piano. Cómo no van a ser complejas, si para alcanzar el orgasmo tienen que leer un manual. Le miraba entonces de arriba abajo y no al revés para no marearme, pues mi médico de cabecera me recomendaba no hacer movimientos bruscos y me parecía increíble que un octogenario dijera esas cosas más propias de un adolescente con las hormonas a flor de piel. No era solo su edad lo que me tenía en jaque. Pocas cosas sabíamos en el vecindario de él, como si hubiera hecho lo posible por ocultar su pasado todos estos años bajo siete llaves. Corrían rumores de que había sido militar. Que había estado en el bando de los ganadores y que no le había temblado el pulso a la hora de apretar el gatillo. En alguna ocasión en la que había tratado de excavar en su pasado, con preguntas aparentemente inocuas, había salido al paso por la tangente. Decía una y otra vez que desde que había sido abuelo por vez primera algo se había aflojado en su interior, que lloraba a la mínima, un sentimiento de fraternidad le embargaba y su deseo antes de morir era hacer feliz al mayor número de gente, aunque él se llevara una plusvalía.
4
Con el estómago lleno o vacío después de plantar un pino como les gusta decir a los ecologistas, el mundo se ve de otra manera. Una mujer afirmó que plantando un millón de pinos se reducirían considerablemente los efectos del cambio climático. Los curas también dijeron que querían contribuir a la causa y para evitar calentones globales abogaban por la castidad o por utilizar la cabeza con criterio, no como bestias que solo atienden sus instintos primarios. Como decía la sensación de alivio al defecar es parecida a la que me deparaba un polvo. Coincido con los que dicen que el placer es sucio. Al final todo se reduce a fluir, a vaciarse de líquidos y viscosidades y comparar cagar con follar sé que no es nada poético, ni muestra especial sensibilidad por mi parte, pero si el pene sirve para el sexo y para orinar habrá una razón suprema que lo explique porque sino bien podíamos obtener placer frotándonos las narices, los talones o las pantorrillas.
Echar un polvo. Curiosa esa expresión. No sería más razonable decir echar un líquido o te voy a rociar con mi lluvia blanca.
Hace tanto tiempo que no echo un polvo que he de recurrir al pasado remoto y a duras penas recuerdo el último, pero sí el penúltimo y todos los anteriores. El cerebro funciona así. No me atormento con ello porque tampoco recuerdo nada del día de mi boda. Para mi difunta Carmen hacerlo era una obligación, como hacer la colada o fregar los cacharros. Ella, ama de casa de profesión hacía la distinción entre tareas domésticas y tareas amorosas. Que echar un polvo lo considerase una tarea, me sabía a cuerno quemado. No es que yo tuviera un rodillo entre las piernas en aquel entonces, pero bastaba y sobraba. Lo sé porque cuando iba a nadar, luego en las duchas aprovechaba para echar un vistazo al género de otros hombres y el mío era como el del resto, tanto en tamaño como en grosor. Un tipo esmirriado de ojos saltones con dos mariposas tatuadas en los pectorales me dijo que le gustaría jugar con mi cosita y hacerme no sé que virguerías con la boca. No le solté un mamporro porque previamente me había demorado más de la cuenta viendo su instrumental, circundado, de ahí mi interés, así que el sobreentendido era razonable. En aquel entonces estaba enamorado de Carmen hasta las trancas y aunque nuestra vida sexual era casi inexistente no me parecía esta razón suficiente como para cruzar la calle, cambiar de acera y fornicar en la ducha con hombres tatuados con mariposas.
La libertad es un concepto mal entendido, he creído siempre. Pensamos que somos libres pero no es verdad. Los padres y madres ya desde que nacemos nos meten en la cabeza, sus frustraciones, miedos, o desvelos, mientras nos dan de mamar, luego los curas nos meten el miedo en el cuerpo con los pecados capitales y el infierno y la televisión nos acaba de atontar. Así las cosas nuestra libertad ya no es tal, vivimos dentro de un cuadro, en un marco que es la frontera detrás de la cual hemos de sobrevivir, cada uno con el mismo libro de instrucciones en la mano. Esto lo vi claro cuando conocí a Adela, la madre de Carmen. Decía que no había en el mundo nada más asqueroso que un hombre desnudo, con eso ahí colgando, de un lado para otro, como un péndulo y lo decía con una cara de asco, que durante meses cuando iba al baño me daba apuro mirármela, qué decir tiene, tocarla y lo ponía todo perdido, pero quizá Adela estaba en lo cierto. Mi pobre Carmen asimiló bien esa idea materna, la mamó desde la infancia, desde que el cura en confesión le decía que tocarse era pecado y aunque ella nunca me dijera cuando estaba en bolas frente a ella, lo que veía le resultaba asqueroso, en el fondo creo que lo pensaba, luego era comprensible que cuando yo introducía su cosa en ella, sintiera asco y nauseas. Pero por muy animal que sea un hombre, éste siempre espera alguna respuesta física por tibia que sea, en la mujer con la que comparte el catre, cuando están en plena faena. Quería a mi mujer más de lo que se dije en vida y por no hacerla sufrir dejamos de lado el sexo, de la noche a la mañana. Ella floreció como una planta, pero en su caso fue la falta de abono la medicina que la salvó. Sonrió de nuevo e incluso una noche camino de casa, bajo la luna llena, me cogió de la mano y me dijo que se sentía más feliz que nunca. Esa misma noche un coche la arrolló en un cruce y yo salvé el pellejo por los cordones de los zapatos que me ataba en ese instante. No tuve tiempo de darle mi versión de la historia. Pero al menos sé que murió feliz. Sus ojos no tenían el fulgor de Macarena, no podemos comparar la luz del sol con la luz de un candil, pero eran preciosos.
5
Nunca pensé en ser portero, pero las cosas se presentan como vienen y sin estudio alguno me aferré a este trabajo a falta de otra cosa mejor, tras una regulación de empleo que me dejó de patitas en la calle. El edificio en el que trabajo, “El Resplandor” está en la otra punta de la ciudad, así que rara vez veo a alguno de los inquilinos del inmueble por mi barrio. Es un edificio antiguo de siete plantas y cuatro manos, con un ascensor que tarda un minuto y cinco segundos en llegar a la última planta. Más que un inmueble parece una residencia de ancianos. Eso me hace sentir joven. A veces envidio a otros compañeros de profesión que trabajan en urbanizaciones, con piscina y pista de padel. En el verano y como en ellas vive gente joven dicen que ven unos cuerpos de escándalo. En El Resplandor la media de edad ronda los sesenta años y no ha nacido nadie en el inmueble desde hace dos décadas. Cuando llega el verano no salen a la calle atemorizados por los calores pues no quieren engrosar la lista de víctimas de las oleadas de calor y cuando llega el invierno tampoco lo hacen por miedo a caerse y romperse la cadera. Sólo los meses primaverales hay algo de meneo en el edificio. La mitad de los pisos están cerrados. Los hijos que los han heredado no se ponen de acuerdo con el precio de venta y los carteles de “Se Vende” de la fachada están oxidados.
6
Me despido de Tomás y alguien me toca en el hombro. Me giro. ¡Dios, cuanto tiempo!, me dice. Lo miro fijamente sin responder nada. No me reconoces, exclama. No, le respondo. Entonces se pone a hacer el pino y se le caen las llaves y el móvil. Se incorpora. ¿No? Pregunta. No, replico. Se sienta en el suelo y se abre de piernas, baja la cabeza lentamente, saca la lengua y roza con la punta el envase de un helado, en el que hay restos de chocolate derretido. ¿Ahora, sí?. Tampoco le digo, moviendo la cabeza de izquierda a derecha. Se aleja y coge carrerilla, cuando llega a mi altura hace tres mortales, con tan mala suerte que calcula mal el último de ellos y cae de costado sobre el bordillo. Se remueve y logra agarrarse la punta de los pies, quedando como un ovillo, mientras de su boca sale sangre y sufre espasmos. Alguien llama a la ambulancia, que se presenta en tan solo dos minutos. Lo suben a la camilla. Le acompaño hasta la ambulancia. No has cambiado ni un ápice le digo, dándole ánimos.
Sigo caminando, pero me cuesta quitarme la imagen de ese señor en el suelo cubierto de sangre. Entro al bar de Manolín y pido lo de siempre levantando un dedo. Me tomo un colacao hirviendo en un par de tragos. Lo acompaño con un pincho de tortilla de patata con calabacín. Cuando llegue al barrio solo había un tipo de tortilla en la barra. Ahora las hay de calabacín, de chorizo, de pimiento rojo, de champiñones, de bonito, rellenas de jamón cocido y queso.
Dos jóvenes cuchichean a mi lado. Miran mi manga. Tengo restos de sangre. Tienes mala cara dice Manolín. No le hago caso, porque siempre es la misma cantinela. Vamos tirando le contesto. Ya, todos estamos en el mismo barco, aunque muchos no lo saben, dice. Eso me parecía a mí, respondo. Ahora tocará hablar del tiempo, intuyo. ¡bingo!, Vaya verano que llevamos dice limpiando su frente de chorretones de sudor con el antebrazo. Caluroso, contesto y hoy será el día que más. ¿del mes? pregunta interesado. Del mes, no, de todo el año contesto, enfatizando la respuesta moviendo las cejas. No puedo seguir así, voy a mandar la plancha a freír churros y a partir de ahora se acabaron las raciones de sepia, las gambas, los pinchos morunos y los champiñones, solo tortillas y bocatitas de esos con pan crujiente. ¿tu crees que habrá pan el cielo? me pregunta de sopetón. Seguro que sí, respondo siguiéndole la corriente. ¿y vino?. Probablemente, ¿y mujeres?. La tuya y la mía seguro que nos están esperando, le respondo. ¿he dicho mujeres? insiste. Seguro que sí, respondo. ¿Sabes? Dice Manolín, hay días en los que tengo la sensación de que vivimos demasiado tiempo. Veo a mi madre todas las mañanas con cien años como un pasmarote pasando los días en la mecedora y me pregunto si vale la pena vivir así, sino sería mejor vivir setenta años bien vividos que estar aquí casi un siglo, sin enterarse de nada. Depende, le contesto. ¿de qué?. De muchas cosas. ¿cuáles?. Todo es relativo, afirmo. Ya, ahí llevas razón y parece que se queda tranquilo con la respuesta, pero tras acabar de secar un par de vasos vuelve a la carga. Mira yo no tengo hijos, ni los voy a tener ya. Luego nietos tampoco. Así que echo la vista adelante en el tiempo y me veo dentro de quince años, detrás de la barra, más gordo, con menos pelo y más achaques y me digo, ¿vale la pena?. Siempre puedes jubilarte, comprarte un apartamento en la costa, poner las grasas a dorar al sol en la playa, viajar con el INSERSO, aprender a pintar, ir a clases de bailes, ver churris en internet le digo, guiñándole un ojo.
Veo que no me captas, me dice. El asunto es que dentro de, pongamos quince años, habré venido a este local cinco mil veces más, habré servido cien mil cafés y despechado a ni se sabe cuanta gente y seguiremos hablando del tiempo, diciendo chorradas todo el rato y mirando el televisor como dos tontos. De eso te estoy hablando. No hay nada de malo en decir chorradas ni en ver la televisión, le digo, mientras noto que sus palabras están haciendo mella en mí, revolviendo algo en mi interior, como si san saberlo Manolín hubiera pulsado la tecla de centrifugar en mi estómago. Necesito aire. Acabo la tortilla a todo correr y dejo el bar a la carrera. Manolín, al que por su volumen corporal habríamos de llamar Manolón, sigue a lo suyo, embebido en sus pensamientos y no me ve salir.
7
Noto un cosquilleo en la garganta. Debe ser el colacao pienso, que me la ha dejado en carne viva, pero nunca he tenido paciencia con las bebidas calientes, cuanto más humee mejor, un trauma infantil más. Siento también una punzada en las dorsales, así que estiro los brazos en forma de cruz para soltar músculos. Cae a mi lado una viejecita que desde el suelo trata de sacudirme con el bastón. Me zafo de ella. Los ancianos han perdido los modales. Lo digo, en voz alta y en plural, pero la destinataria ya sabe a quien me dirijo. Sin dejarme llevar por la ira, le estrecho mi mano para ayudar a levantarse y en lugar de agarrármela me la muerde, haciéndome sangrar. La zarandeo a ambos lados pero no se suelta. Se apoya entonces con la mano que tiene libre y trata de agarrarme la entrepierna, buscando algo a lo que aferrarse. Pasa gente, se detiene y luego sigue andando, indiferente, como si el espectáculo gratuito que les estamos ofreciendo no mereciese una pizca de atención . La sangre brota por la palma de mi mano y mancha el rostro de la anciana, tiñendo de rojo su cabellera nívea, que ahora que reparo es idéntico al de un dogo. Me veo obligado a soltarle un rodillazo en la nariz, cayendo noqueada. Compruebo que nadie ha sido testigo de mis prácticas defensivas, para no verme luego metido en un lío. Le cojo el pulso. Sigue viva. Pego unas voces para que llamen a una ambulancia. Se parece a la de antes, la que se había llevado al acróbata, pero esta parece más grande y sus sirenas son más estridentes, pero con la excitación, sin control de mis sentidos, llego a la conclusión de que podría tratarse de la misma. Cuando aparece la policía ya he doblado la esquina y me meto en un portal. La puerta es de forja y pesa un quintal. No va bien y hay que hacer un gran esfuerzo para desplazarla. Entra una pareja besándose y siguen haciéndolo cuando se sitúan a mi lado. No me han visto. Entre jadeos y magreos él la empuja contra la pared e introduce la mano por debajo de la minifalda dejando la práctica totalidad de la pierna al descubierto, al igual que una porción del tanga rosa. Ella le corresponde y tras rebuscar aparece algo sonrosado por encima del cinturón. La escena me pone cachondo y decido no moverme, para ver como acaba. Es mucho más excitante que una película porno, aunque la chica no tengas las tetas operadas. Los jóvenes le echan garra al asunto. En un tris el pantalón y la minifalda están en los tobillos y una parte de él está dentro de una cavidad de ella, acometiendo. Los jadeos se tornan más intensos y los espasmos anuncian el final del trayecto. Abre ella entonces los ojos, me ve y su cerebro manda una señal a su garganta, en la que estalla un grito que el chico interpreta como de placer. Retoma su cometido con mayor entrega. Ella trata de zafarse, sin éxito, pues su amante ha dispuesto una mano en su boca. Ella le muerde y él se excita aún más. Le tira de las orejas, rasgándoselas con las uñas pintadas de rojo para la ocasión. Confirmo que las actrices porno las tienen mucho más largas. Las acometidas del muchacho, infatigable, convertido en un consolador humano, hacen que la joven al abismo del deseo, se olvide de mí y se dedique aún con más afán al polvazo salvaje, al que yo sin comerlo ni beberlo he contribuido. Transcurre poco tiempo hasta que él gime y brama como en día de berrea, luego resopla y finalmente calla. Ella le pasa los brazos por el cuello y le saca brillo a su campanilla con la lengua. Sigo inmóvil. La chica abre los ojos y al ver mi entrepierna abultada sonríe y mueve los labios. Pongo pies en polvorosa y me encamino al puesto de helados de la Plaza de las palmeras. A falta de una ducha fría pienso que un helado de dos bolas me vendrá bien, aunque luego visualizo las bolas y el cucurucho y me viene la fogosa pareja en mente, me doy entonces media vuelta y me dirijo a los baños del bar de Manolín de urgencia, para aliviarme.
8
¡Qué cosas más raras te suceden, con lo serio que pareces! dice Manolín, una vez concluyo la narración de mi historia reciente. No es que nos una amistad a prueba de bombas, ni que nos contemos nuestras intimidades, pero me siento en deuda con él por haber entrado de esa manera, como un cabestro en su establecimiento. Yo para eso soy muy pudoroso, nunca me masturbo fuera de casa, dice Manolín entrando en harina. Por cierto ¿los chinos tienen el semen amarillo?. Déjalo, es broma, dice al ver que no soy capaz de darle una respuesta. Los hay que no cagan nunca fuera de su hogar. Cada uno tiene sus cosas, el mundo es mucho más complejo de lo que parece a primera vista, apostilla. Yo no voy por ahí haciéndome pajas en los bares, pero comprenderás que me encontraba en un estado de emergencia, y digo esto último subrayando bien la palabra emergencia, para que no me tome por un maníaco sexual. Era la consecuencia lógica a un estado de sobreexcitación orgánica.
¿Te has enterado de lo de la viejecita?, dice mi interlocutor cambiando de tercio Algo he oído respondo, haciendo recuento de los banderines que penden de la estantería. Se va al baño y regresa con un algodón y una botella de agua oxigenada. Toma, dice sonriendo, cúrate esa mano. Cómo veo que está al tanto, le pregunto si me tengo que poner la antitetánica. Me contesta que sólo si te muerde un perro, pero que si me voy a quedar más tranquilo pida cita con el médico y le diga que ha sido un perro alemán. Curioso que no haya también perros franceses o perros chinos, verdad, dice cabeceando. Se ofrece de todos modos a hacerme una cura. Le dejo a hacer. Parece mentira que unas manos toscas y peludas como las tuyas sean capaces de alcanzar tal grado de sutileza, le digo. Eso mismo me decía mi mujer, pero lo que más le gustaba de mí era esto y saca la punta de la lengua, afilada como un cuchillo y la menea como un perrito faldero. Muevo los ojos atónito y pido otro colacao, con la esperanza de que se trata de una visión.
9
La mano me duele y siento que el corazón me late en la herida. Renqueo al subir las escaleras y me dejo caer en el sofá. Dicen que es bueno hacer ejercicio así que de ciento en viento subo las escaleras hasta el cuarto donde vivo andando. Es la mejor manera de fortalecer los glúteos leí en una revista. Sé que grano no hace granero, pero es la única práctica deportiva que pienso realizar. Soy perezoso de naturaleza y me da grima el sudor en mi piel, luego intento no moverme demasiado, no calentar mi cuerpo en exceso, para que el sudor, como leí en esa misma revista, que actúa como regulador de nuestra temperatura corporal, no haga aparición en mi cuerpo, perlando mi frente o haciendo círculos concéntricos en mis sobacos. Si tuviera al menos un sudor no oloroso, podría replanteármelo pero el mío, huele a añejo, a macho cabrío. Todavía es pronto para comer. Abro el congelador y saco unas albóndigas de pollo, que dejo sobre la encimera. Este fue el legado gastronómico, mejor dicho, el único legado a falta de algo de algunos reales, que me dejó de mi difunta madre. Aprendí la receta de las albóndigas pocos meses antes de su muerte. Pasamos varias tardes juntos, contándonos anécdotas y hablando de los años pasados. Sé que no se puede recuperar el tiempo perdido, como tampoco se puede recuperar el tiempo no dormido, sólo queda vivir tiempo nuevo, pero mentiría si digo que no fue un bonito final. Entre fogones, ella sentada en la silla, pegando le hebra y ello al pie del cañón, siguiendo sus instrucciones, me explicó la receta magistral de las albóndigas, me enseño a darle a la bechamel la cremosidad justa, a hacer el arroz con leche caldoso, la tortilla de patata jugosa y el manejo de la olla express, clave para hacer lentejas, pochas, cocidos en incluso flanes.
Cierro los ojos, no porque tenga sueño, sino porque reconozco cada enser del salón al dedillo y teniéndolos abiertos no puedo dormir como hacen los caballos, algo que siempre me ha sorprendido. ¿Cómo hacen para no caerse?.
Abro los ojos y ya es de noche, así que aunque mi intención primera fuera no dormirme, al final Morfeo se ha salido con la suya, y es que últimamente caigo frito en el sofá a cualquier hora del día. Oigo la musiquilla del telediario. Las albóndigas, con los calores veraniegos, están ya en su punto y no las llevo al microondas. Cojo al vuelo, en mi deambular entre la cocina y el salón que ha caído un avión en el Pacífico, que un hombre ha matado a su mujer a martillazos, que varías decenas de personas han muerto con un coche bomba, que las inundaciones ha arrasado las cosechas y los fuegos han dejado como la palma de la mano tropecientas mil hectáreas, que la guardia civil ha desmantelado una red de pederastia y otras muchas calamidades. Acabo el postre, con dos rodajas de piña en su jugo, cuando empiezan los deportes. Prendo el televisor. La mano, después de la siesta reparadora apenas me duele pero el estómago sin embargo me arde. Me tomo un vaso de agua con sal de frutas y es peor el remedio que la enfermedad, pues la acidez aumenta y creo que se me ha ido la mano con la cantidad. Siento un volcán en mis entrañas, la lava son los jugos y creo que me estoy deshaciendo por dentro. Me voy al baño. Sigo todavía de una pieza. Tomo, a la desesperada la decisión de escribir una nota de despedida, por la parte de atrás de un ticket del Mercadona. Escribir es la intención primera, pero no se me ocurre nada que decir. Tampoco tengo nadie a quien dirigirme. Estoy viendo a Macarena con la nota en la mano, pues a pesar de nuestras rencillas, tiene una llave de mi piso, descojonándose del difunto, de mí, yaciendo en el sofá con la sal de frutas desparramada sobre la panza, diciéndole al forense que siempre fui un canelo, que tocaba el piano, como lo haría un elefante y lindezas parecidas, que no hacen sino acrecentar los ardores. Me incorporo, de pie me siento mejor, asomado en el balcón, a falta de ovejas, cuento estrellas. No encuentro ninguna pero las farolas me permiten distraerme con el recuento de las parabólicas en la fachada del edificio que tengo justo en frente, trato de averiguar también de que ventana proviene el llanto de un bebé. El alivio es momentáneo en este bucle de dolor del que soy el epicentro. No he nacido para sufrir me digo varias veces frente al espejo, respirando hondamente. Manolín tenía razón. Tengo mala cara. Pero no sé si la mala cara es a consecuencia del ardor del estómago o si esta mañana ya la tenía. Me hago el propósito de que si salgo de esta, todos los días me lavaré la cara, quitaré las legañas de mis ojos y de paso me miraré en el espejo, así podré darle la razón o no a Manolín. El dolor me hace contraer los ojos, hasta juntar los párpados y parezco un coreano. ¿cómo hay gente que logra distinguir a un coreano de un vietnamita? Ni corto ni perezoso, a pesar de que ya es de noche cerrada bajo a la calle. Ando un kilómetro a paso ligero, con las dos manos sobre el estómago, con la vana ilusión de minorar mi malestar y llego a la parada del metro. Los músicos que tocan en los pasillos de su interior lo hacen con tanta desgana como yo. A uno, peludo, con sombrero tejano y camiseta del Ché que toca una guitarra le digo si le interesaría un pianista para su grupo y me pregunta si sé manejar los teclados. Quiero evolucionar hacia el rock sinfónico. Nada de teclados le respondo apartando las manos del vientre. Yo soy pianista, de un piano de cola, los teclados son para los niños. Olvídalo responde. Cuestión de espacio. No serás tú de los que dicen que el tamaño no importa, me pregunta. El ala del sombrero le cubre la boca y no sé si me vacila o lo dice en serio, pero con los dolores no entiendo el alcance de su pregunta, ni que tiene que ver el tamaño, con la cola de mi piano. Le dejo con la palabra en la boca y entro en el vagón de chiripa. La tripa se me queda encallada entre la dos puertas que pugnan por cerrarse. Dos peruanos tiran del brazo que he conseguido introducir en el vagón y ayudado por dos Rumanos y dos paquistaníes, aún a riesgo de desmembrarme, mi cuerpo finalmente entra, las puertas se cierran y los allí presentes se abrazan gozosos y orgullosos de haber salvado una vida, que no un alma, pues la mía ya está maldita. Digo gracias a modo de agradecimiento, aunque creo que tengo el hombro dislocado y ocupo dos asientos uno con cada nalga junto al extintor. Con mi entrada triunfal en el vagón mi estómago es un hervidero y los reflujos llegan a mi garganta a intervalos regulares. Me cubro la boca con la mano porque intuyo que en cualquier momento puede tener lugar la erupción. Dos paradas más adelante me bajo, despido con la mano a mis salvadores y subo las escaleras como alma que lleva el diablo. Hace más calor fuera que dentro del metro. El Hospital está iluminado. Van a dar las once. En Urgencias doy parte a una administrativa de mis males y tras cogerme los datos me señala la sala de espera. Me muero, le digo gritando. Ya lo veo, me responde, pero haga el favor de sentarse. No me oye, o no me entiende. Le digo que me estoy muriendo, puedo erupcionar en cualquier momento y usted será la única responsable de esta tragedia, no sé a cuantos me llevaré por delante. A la mujer parece que le ha hecho gracia la palabra erupcionar, o a lo mejor es que tengo un careto que confirma mis palabras, pero el caso es que un minuto después ya estoy tumbado sobre una camilla, deslizándome por el pasillo. ¿Me llevan a los quirófanos? ¿Cuánto me queda?, demando. Saldrá de esta me dice un enfermero cogiéndome la mano sana y guiñándome un ojo. Estoy seguro de que no tiene ni puta idea de que es lo que me sucede, pero el dolor me debilita y me agarro a su mano, con tanta fuerza como la abuela-canina. Trato de incorporarme, porque tumbado los ácidos van a la garganta y creo morir. Los enfermeros me tumban y yo me resisto. Me pinchan en el brazo y no puedo incorporarme más porque estoy perdiendo el sentido.
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Abro los ojos y veo la punta de mis pies que asoman bajo la sábana blanca. La tumbona de las visitas está vacío. Ni rastro de mi mujer, lo cual me tranquiliza porque comprendo que sigo vivo. Necesito mimos, así que hago sonar la pera del timbre. Una enfermera que no tendrá ni treinta años aparece con un carrito sobre el que lleva una bandeja con un vaso y dos sobres. Me pregunta cómo me encuentro. Le digo que dada la gravedad del asunto es un milagro que siga vivo y que podamos mantener esta conversación. Extrañada mira las hojas del informe y me dice que nadie se ha muerto nunca por una úlcera. Le pregunto que cuando me quitarán el goteo y me podré ir a casa. Luego pasará el doctor y seguramente le de el alta, responde. ¿Así que ahora estoy de baja, no?. Aprecia mi cuchufleta y sonríe. Me da el vaso en el que vacía el contenido del sobre, lo remueve con una cucharilla de plástico y me ordena que me lo tome. No pregunto que es y me lo bebo de un sorbo, pero me mosquea que se lleve el otro sobre intacto. Pero no quiero marear la perdiz y complicarme más las cosas con devaneos. Me gustan las bebidas calientes, le digo. No quiero que se vaya, ni quedarme otra vez solo, así que suelto lo primero que me viene a la cabeza. En su estado, deberá cuidar el estómago, dice la enfermera. ¿Necesita algo más?. Se me ocurren muchas cosas en las que podría satisfacerme pienso, la mayoría de las cuales podríamos hacerlas sobre el colchón en el que me hallo, pues compruebo con gusto que el ardor de estómago no es incompatible con el ardor sexual, y mi mente sigue pergeñando fantasías sexuales al ritmo habitual. Le digo que si me trae una revista o un periódico deportivo le quedaría eternamente agradecido. Puede poner la televisión si quiere ya que de momento no cobramos. Que emplee el plural quiere decir, aunque ella seguramente no lo sepa que está metida en la empresa hasta las trancas, que el veneno ya se ha extinguido por todo su cuerpo y que el lavado de cerebro ha funcionado bien con ella, pero prefiero no comentarlo pues tendría el mismo éxito que convencer a un caníbal de que comer carne humana está mal y es amoral. Es una pantalla plana de proporciones gigantescas. No acostumbro a ver la televisión por las mañanas. Todos los programas a esas horas son un coñazo, hechos a medida para las marujas, le digo y añado del tirón. ¿No tendrá un piano de cola en el almacén?. Es usted pianista, pregunta picando el anzuelo, con una luminosidad en sus ojos como si mis palabras hubieran enchufado la corriente en su interior iluminándole la cara. Sí, pero no he publicado ningún disco. Toco en la intimidad de mi hogar, a la luz de las velas. Soy como esos poetas que escriben poesías y las guardan en los cajones y nunca ven la luz, pero no crea que eso las hace menos importantes. El reconocimiento, la difusión, no otorga calidad a la obra del artista, en todo caso puede reforzar su ego o proporcionarle importantes sumas de dinero o dar de comer a mucha gente, pero el arte en su esencia es otra cosa, es un trabajo solitario, como lo es la naturaleza del creador. Tengo en la oficina un teclado de mi sobrino. ¿Podría tocarme algo con él?, lo dice con una voz a la que sería un crimen poner objeciones. No le digo que los teclados son para niños, como al guitarrista peludo, pero me muestro de entrada reacio. Comprenderás que..Lorena, ese es mi nombre y lo pronuncia acercándose hacia mí, hasta disponer las yemas de sus dedos sobre mi antebrazo…Lorena, pronuncio su nombre y al hacerlo, al recibirlo de sus sonrosados y apetecibles labios y ser acariciado por ella noto algo en el estómago. No son mariposas, tampoco son ardores, sino un estrangulamiento, que deja paso a unas palpitaciones hacia adentro. Para un pianista un teclado es como para un futbolista un balón de playa. Pero si usted es un creador, dice Lorena. No me queda claro si es una afirmación o una pregunta, creará aunque sea a quince grados bajo cero, con las falanges congeladas, aunque el sol le derrita el cerebro, creará mientras el agua le inunda sus pulmones y el viento le llena los ojos de arena, creará sordo y ciego, sin manos y sin pies, postrado en una cama, creará aunque esté siendo lapidado o empalado, creará sobre una cruz y sobre una cama de clavos, ¿por qué usted es un creador, he creído entender, no?. Saco en claro que he de medir mis palabras antes de decirlas, para no verme luego en una aprieto.
Marchando ahora mismo ese teclado, digo alegremente. Pesa poco y en la tapa de las pilas hay una pegatina de una niña con coletas. Me aclaro la voz, hago sonar las tabas de mis manos y mirando a Lorena fijamente a los ojos, poniendo voz de locutor de radio, le digo. Haga su petición señorita.
Se lleva la mano a la cabeza e introduce los dedos en la cabellera, desapareciendo. Sin darle tiempo a contestar me arranco con la tonadilla de Marta tiene un marcapasos. Esa la conozco. ¿De quién es?. De los puntos G creo, digo haciéndome el gracioso. Puntos no, eran hombres. Lo mismo da un punto que un hombre le digo o un punto que una coma. A mí me gustan los hombres que tengan su punto dice siguiéndome el juego. Y a mí las mujeres en las cuales su punto G es un punto y seguido hacia el placer total. Cesamos la cháchara. Luego vendrán otras piezas. El himno de la alegría, Noche de paz y finalizo con El Concierto de Aranjuez. Lorena aplaude y se suma a la ovación un hombre con bata blanca que deduzco es el doctor. ¿cómo se encuentra el artista?, dice presentándose. Mucho mejor respondo. Puede irse cuando quiera, no hay motivo alguno para retenerle aquí. Gracias le digo de modo mecánico pues no creo que el doctor haya tenido nada que ver en mi recuperación. Nos quedamos solos en la habitación Lorena y yo. Es hora de partir le digo devolviéndole el teclado, que dejo sobre su regazo. Quédatelo si quieres, me lo dice mirando fijamente mis ojos, a ti te será de mayor utilidad. No, es mejor que lo tengas tú y si alguna vez ingreso de nuevo en este hospital y sigues aquí trabajando, tocaré para ti le digo. Me abraza y para que el mal trago no la ahogue en sollozos, se despide moviendo la mano y me deja en la habitación con el corazón hecho añicos. Los latidos retumban en mi pecho y el pulso se me dispara. Son las mismas punzadas, creo, que las que sentí cuando conocí a Carmen. Digo creo, porque en el mundo de los sentimientos y de los afectos no hay nada cierto, todo son certezas, intuiciones y presentimientos. Enamorarse en un hospital. Tiene su gracia pienso y todo por un piano. Jamás creí que un instrumento, a no ser el órgano sexual, fuera capaz de tocar la fibra femenina. Me compongo sin tiempo para pensar en lo sucedido. Ya habrá tiempo de regurgitarlo cuando me reconcoma el tedio. Recorro el pasillo y compro una revista en el quiosco de la entrada. Una menuda mujer da saltos a escasos pasos de mí frente a la puerta. Su estatura es tan reducida que el sensor que está por encima de su cabeza no registra su presencia y la puerta no se abre. Pienso si es una buena idea alzarla en el aire o si es mejor acercarme hasta la puerta. Al pobre hay que enseñarle a pescar, de nada sirve darle una caña. Era el refrán favorito de mi madre. Me siento especialmente inspirado, como si las musarañas mentales que me acompañan desde la adolescencia hubieron dado lugar a un pensamiento esclarecido y limpio, exento de dubitaciones, secundado por un ánimo generoso, proclive a la beneficiencia. Le digo a la señora que en lugar de dar saltos y visto lo poco que es capaz de elevarse, menos aun que una compañera de instituto a la que apodábamos la muelles, pruebe a levantar los brazos lo máximo que pueda. Los levanta y la puerta se abre. Se echa hacia atrás incrédula, repite de nuevo la operación y la puerta se abre otra vez. Viene hacia mí y me abraza, su cabeza queda a la altura de mi cadera, enredada su nariz entre los botones de mi cremallera y no me parece nada decorosa la escena así que la sacudo de mi entrepierna y le estrecho la mano como gesto de caballerosidad. Antes de entrar en el hospital la mujer se demora unos minutos jugueteando con la puerta y finalmente desaparece en el interior del edificio. Con la buena obra del día hecha, el domingo se me presenta sin ningún aliciente.
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Entro en una farmacia de guardia y dejo las recetas sobre el mostrador. A sendos lados hay carteles de gran tamaño con mujeres de piel de melocotón bronceada. Otros más pequeños, anuncian productos reafirmantes de senos y glúteos. Nunca aparecen en esas fotos publicitarias mujeres gordas, desdentadas, con manchas en la piel, de brazos jamoneros y vientres caídos, sino chicas jóvenes de carnes duras y turgentes a las que no les sobra un gramo, sin celulitis ni adiposidades. Resultan tan absurdos esos productos, como pretender venderle gafas al que ve como un lince o un pinganillo al que tiene mejor oído que un tísico. Pero como nadie dice nada al respecto, no seré yo quien alce la voz. Estoy harto de predicar en el desierto, de luchar solo, de ser un salmón que se deja llevar por la corriente, así que al final me llamo andana y hago lo que hace todo el mundo. Pasar por el aro y luego aprender a bailar el holahoop. En todo caso no veo ningún folleto que prometa reducir mi tripón en tres semanas.
Ya. Entendido, me tomo uno cada ocho horas, le digo a la dependienta. Todos los medicamentos son cada horas, tanto si son para la gripe, como si te duelen los oídos. Decido regresar a casa dándome un paseo que me llevará un par de horas. La ciudad está dormida. Apenas circulan coches y reina el silencio. Algo se mueve detrás de una jardinera. Parece un animal y tiene alas. Le pregunto a un niño pelirrojo con un jersey a rayas qué clase de animal es. Me responde que si tiene él pinta de entender de animales y que me vaya a tomar por el culo o me dará un par de hostias. La madre, de mediana edad, con gafas de sol que le tapan media cara y gorra blanca, a su lado fuma tranquilamente. ¿Lo ha oído? le pregunto visiblemente alterado, ¿ha oído lo que ha dicho su angelito?. Perfectamente, váyase a tomar por el culo o llamo a la policía, ¡acosador!. Pienso que no ha sido buena idea salir de mi barrio, incluso tratándose de una urgencia.
Trazo una media luna, que me permite seguir viendo al animal. Pruebo suerte con un señor que fuma en pipa, ocultos sus ojos detrás de unas gafas de pasta ancha de cristales tintados. ¿Qué es? le pregunto, situados los dos frente al animal. ¿a ti que te parece? responde. No lo tengo claro, por eso me he acercado hasta usted para preguntarle, desde la distancia no tenía claro ni que clase de animal es y menos aún su sexo. Dame la mano dice con voz imperiosa. Se la doy y la lleva a su entrepierna. ¿qué te parece?. ¿Tienen las mujeres rabo, has tocado tú alguna vez un calabacín similar?. Aparto la mano sin comprender nada. Me alejo unos metros y él me sigue detrás tratando de arrearme con su delgado bastón blanco acabado en punta. A los ciegos, cuando van de paisano y no están vendiendo cupones no soy capaz de reconocerlos. Lleva razón Manolín cuando me dice que tengo que viajar más, ver mundo, ampliar horizontes, ver las cosas con otros ojos.
Vuelvo a trazar media luna, completando el círculo y me sitúo a una distancia prudencial del niño pelirrojo y de la madre, sin ver visto. Dos hombres con un peto fosforescente y una malla metálica se dirigen hacia el animal. Ahora que está al descubierto los presentes vemos que se trata de un avestruz. La catedral está cerca. Es en las torres donde anida y ésta se ha debido despistar dice el entendido del grupo, integrado por dos docenas de personas. Eso es lo que habrá pasado, respondemos todos a una sola voz. Resuelto el misterio prosigo la marcha.
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Paso por el sindicato, sito en la Plaza del Martillo. Al ser domingo está cerrado y aunque sé que no tengo motivo para ello, me sienta mal. Así que tiró del pomo de la puerta con fuerza, sin regular mi potencia. Caigo de espaldas con el pomo en la mano, dejando un agujero en la puerta. Una mujer con coletas y abundante pecho recogido y expandido en una camiseta elástica me ayuda a incorporarme. Como no sé si ha sido testigo de la escena, dejo que sea ella quien hable primero para no comprometerme. ¿un mal día? pregunta. Me ha dado un pronto. Lo siento, digo disculpándome, todo el mundo sabe que los domingos está todo cerrado. No se preocupe, a mi la gente de los sindicatos me parecen unos haraganes, viven como Dios a nuestra costa, dice ella, así que como para preocuparme por una puerta. ¿Sabe que Dios era sindicalista? le digo. Me importa un bledo, no creo en Dios, pero los curas y hasta que Jesús regrese a la tierra podían repartir al menos su riqueza y llevar a la práctica sus votos de pobreza y castidad. Bueno, a lo hecho pecho, dice alejándose. Tú de eso debes saber un montón digo reteniéndola, dirigiendo mi mirada a su escote. Operadas, supongo. Ese estado de lucidez al que hacía mención antes, persiste y me barrunto lo que puede venir a continuación, como si supiera la relación causa efecto de mis acciones. Dame esas manos dice. Las dispone debajo de sus senos y me dice que haga presión para notar la consistencia. Lo siento, no sé distinguir las operadas de las que no lo están, pero las tuyas resultan muy agradables al tacto. Entonces por qué me preguntaste, dice mosquedada. Tenía el presentimiento de que esto podía suceder. Ya entiendo, eres un gurú de la mente o un pervertido, demanda. ¡Qué, va! Ni soy mago ni echo polvos mágicos, soy conserje y pianista frustrado. Ese es el cortometraje de mi vida. La veo irse, de espaldas cuesta creer que esos pechos se correspondan con esa cintura de avispa. En la fuente del centro de la plaza lavo mis manos, las froto bien. No huelen a nada, pero como las manos del asesino las mías también tienen memoria.
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Esta tarde retransmiten un partido del Barça en abierto y sin ser muy futbolero y a pesar de ser un partido de pretemporada, de esos que aprovechan las cadenas para rellenar huecos y obtener jugosas audiencias, la idea me espolea lo suficiente como para caminar más rápido. ¿Se acuerdan también las madres de los árbitros de las aficiones de los equipos, los tienen presentes en sus oraciones?. No es esta una guerra justa, medio centenar de madres naturales o adoptivas contra millones de personas enfurecidas que las sacan a colación cada fin de semana, entre insultos y agravios. Debe ser duro criar un hijo cuando éste tiene uso de razón o quizá por falta de ella se vista de negro, se meta un pito en la boca y en calzones diga que quiere ser árbitro y se exponga de ese modo correteando sobre un tupido manto verde, como si no importara el mañana, cada fin de semana. Es una variante de arrojo la de los árbitros similar a la de los toreros y aunque estos no llevan calzones, llevan ridículos trajes de luces, que si bien no brillan en la oscuridad porque no quieren llevar en ellos bombillas, resaltan su hombría marcando paquete, con los cojones almohadillados y las mujeres se pirran por sus huesos, les examinan los bultos y fantasean con ellos y luego les tiran bragas y sin son famosas quizá tengan la oportunidad de conocer luego al torero en la intimidad y así la corrida se hará interminable porque aunque los toreros no saben hablar de otra cosa que no sea de los toros como si estuvieran enamorados de ellos hasta las trancas, fundiendo su vida personal y laboral en una sola, aún no se han oficiado que yo tenga constancia bodas entre toros y toreros, que en todo caso y de llevarse a cabo no podrían procrear chiquitoros a no ser que un gobierno de ideas progresistas permitiese a los toros y a los toreros adoptar niños o en su defecto que las vacas fueran madres de alquiler, pero entonces ya no serían chiquitoros sino chiquivacas los seres alumbrados que darían leche y podrían comercializarla o destinarla al autoconsumo y luego con cualquier curso para desempleados podrían especializarse en la producción de quesos y mantequillas o abrir franquicias de venta de cuajadas y dado que hay personas que apadrinan vacas también podrían apadrinarse chiquivacas y venderían sus productos lácteos a sus padrinos a cambio de una contribución económica y se podrían organizar misiones humanitarias con chiquivacas en África de tal modo que se reduciría así la pobreza en esa parte del mundo y habría alimento, aunque fuera en forma de leche y sus derivados para todos y si la idea de mi vecino Salomón no era descabellada las chiquivacas serían sin duda el invento más destacable del siglo XXI. Y lo siguiente que visualizo es un torero cubriendo una vaca y en un escaparate veo mi figura y llego a la conclusión de que hay que tener también un par de huevos para ponerse un traje de luces sin luces.
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Constato apesadumbrado que a pesar de la caminata y de tomarme muy en serio mi propósito de adelgazar, aún mis manos son incapaces de abarcar el flotador que tengo encima del pubis y el cual tengo entendido me protegería ante una posible caída, si caigo bocaabajo, porque de hacerlo de espaldas mi tripa no me reportaría beneficio alguno, pero es un riesgo que estoy dispuesto a correr. A cinco cuadras de mi casa, por una calle transversal va un numeroso grupo de personas. No recuerdo que haya leído en el periódico que se vaya a celebrar ningún título ni liguero ni copero. Me aproximo y media docena de personas llevan una pancarta y detrás van muchos más que ocupan toda la avenida. Me ofrecen una bandera de plástico, con los colores nacionales y la empleo a modo de abanico, pero no alivian mis sofocos. Unidad gritan. Negociación no, unidad, demócratas unidos jamás serán vencidos, unidad, repiten de nuevo. De no ser por el megáfono que lleva uno no me enteraría de nada de lo que dicen. No he tenido tiempo de leer el lema de la manifestación porque van a paso de marcha militar. Solicito información a una señora de mi edad, que parece bastante mayor que yo, rechoncha y risueña, cubierta por una bandera que le deja al aire las pantorrillas con varices. Me dice muy animosa que me una a ellos, que me sume a frenar la barbarie, que todos juntos podemos lograr que España no se rompa, que seamos de nuevo una nación íntegra, como lo hemos sido siempre y lo dice emocionada, con los ojos rojos, preludio de unas inminentes lágrimas. El tema se ve que le afecta de lleno. Le respondo, disponiendo mi mano derecha en su hombro izquierdo, que a mí la política, con perdón, me la trae floja y que los políticos ya se asienten a la izquierda o a la derecha, con el estómago lleno y muy buenos sueldos les preocupan poco o nada nuestros problemas, porque viven en una nube y que sólo pisan la calle para pedir votos y volver luego a recluirse en sus jaulas doradas durante cuatro años, si es que antes no van a la trena por sus chanchullos. La señora se toma un tiempo antes de responder. Su rostro asalmonado se va tornando apimentonado y me dice mirándome fijamente a los ojos que soy un sinvergüenza, que por supuesto que no todos son iguales, que si Jesús se sentó a la derecha del Padre fue por algo y lo acompaña con un reguero de saliva que sale propulsionada entre los dos dientes anejos a las palas que le faltan Su cara ya no es el rostro en calma de una anciana tierna y apacible sino el de un demonio arcano al que la bandera le sirve de tridente con el que trata de picarme. Otros compañeros ven la escena y aunque la señora ha logrado arrearme dos buenos puyazos a la altura del costado que me obligan a replegarme, la multitud que sigue coreando eso de unidad y lo de los demócratas unidos jamás serán vencidos, sólo ve a una pobre viejecita, en situación de peligro. Me veo en el suelo, de rodillas y recibo empujones, el sentido se me va y se me viene y noto que el suelo se mueve, y quizá la señora llevase razón y España o esa porción de tierra en la que me encuentro se está disgregando del resto, pero no tengo ninguna gana de quedarme flotando en un trozo de tierra a la deriva y me arremolino, logrando agarrarme a una barandilla, ponerme en pie trastabillando y salir pitando mientras recibo algún moquetón que otro en el cogote en mi huida. Dejarlo ir, dice la anciana. Es nuestro corazón generoso lo que nos hace a nosotros diferentes y lo dice como si estuviera en el Colosseo rodeado de leones y me estuviera perdonando la vida. Corro por la Gran Vía en sentido opuesto al de la marcha, sin mirar atrás y a grandes zancadas, sin saber quienes son ellos y quienes nosotros a no ser que bajo esa forma humana se escondan extraterrestres dispuestos a invadir la tierra. El aire no llega a mis pulmones y los ojos se me nublan. Reconozco en el horizonte brumoso el bar de Manolín. Frente a su puerta me desplomo.
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Creíamos que te perdíamos. Llegaste en muy mal estado, pálido como un saco de harina. Estoy en brazos oyendo la ronca voz de Manolín y mi corazón, asustado, sigue latiendo con fuerza. Winston te vio cruzar la esquina a todo correr y no pudo seguirte, dice que nunca imaginó que un gordo pudiera correr tan rápido. Yo tampoco, le respondo entre jadeos. Dos cervezas con limón después me encuentro mejor, aunque las luces parpadeantes de la máquina tragaperras, vistas desde esa altura, me provocan mareos. Las pulsaciones están por debajo de cien y aunque me duele todo el cuerpo, anticipando las agujetas que vendrán, doy gracias a Dios de seguir vivo y coleando aunque la cola me sirva de poco y así se lo haga saber a Manolín, al que de paso le cuento mi episodio reciente.
Flaco favor nos hacen los políticos, replica. Lo joden todo. En lugar de solucionar los problemas de los ciudadanos, ya sabes la vivienda, la seguridad, el precio de los alimentos básicos, en lugar de crear puestos de trabajo sólo crean debates y bandos. Así la gente para no pecar de tibieza espiritual nos hemos de posicionar en un sitio o en otro y esto genera divisiones e incluso a veces, como en tu caso se puede llegar a las manos.
Ya, le digo, y ¿a quién le pido yo una reclamación por los daños sufridos?. ¿A la mujercita de la bandera, a su grupo de amigos, al presidente de su partido, a la madre que me parió?.
Alégrate de no tener nada roto y la próxima vez procura estar ojo avizor. Ya dicen que con quien niños se acuesta meado se levanta, dice Manolín moviendo el cabezón y con respecto a lo de tu cola, añade, se ha escrito mucho sobre ese tema en el que juega un papel crucial las leyes de Darwin, que afirman que lo que no se usa con el paso del tiempo tiende a desaparecer. Por tanto es posible que al final desaparezca. No se ponen de acuerdo los expertos en si se producirá una escisión, esto es, si se te caerá a pedazos, o se producirá una involución y tu cuerpo sea capaz de reabsorberlo. La peculiaridad del pene es que aunque su función sexual no se ejecute durante años si que te sirve para algo, porque al igual que nadie puede vivir sin beber agua tampoco se pude sobrevivir sin mear, lo que hace imposible su desaparición. Lo que si parece claro y en eso están todos de acuerdo es que el cerebro humano cada vez es más pequeño. Apuntan que es el primer paso hacia la desaparición total. Todo está en manos de la tecnología y la función de este órgano es cada vez menor. Pensar está pasado de moda, hasta para llevar un coche tenemos ahora una maquinita que nos dice qué hacer. Le comento que no me lo imaginaba leyendo revistas de ciencia y replica que él no estudió por falta de medios, pero que su ilusión era ser astronauta o ingeniero aeronáutico. Le digo que ahora entiendo porque está siempre en las nubes, perdido en alguna galaxia y también que se pueden hacer cursos de guitarra desde casa y que los sindicatos organizan cursos todo el año tanto para empleados como para desempleados. Me confirma lo del curso de guitarra y lo de los cursos sindicales y añade que en nuestra ciudad no hay ninguna escuela de educación a distancia, en la que podría hacer la carrera, pero que alguna vez ha soñado con cerrar la barraca e irse a estudiar a Madrid, aunque la idea de no poder luego ejercer no le convence. Cuando acabe si todo va según lo previsto tendré más de sesenta años y no creo que el mercado quisiera un ingeniero sin experiencia con edad de prejubilarse. Le doy la razón y él la guarda con sumo cuidado en el bolsillo de la camisa.
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En casa todo sigue igual. La cama sin hacer, los cacharros apilados en la fregadera, el polvo agrupado recorriendo el suelo en forma de bolas, el calor asfixiante haciéndome chorrear, las bolsas de basura junto a la puerta, la televisión de la vecina dando la matraca, el abanico abierto sobre el sofá. Las cervezas provocan la caída de mis párpados, a la que mi naturaleza débil y complaciente no opone resistencia. Cojo postura en el sillón con los brazos estirados por encima de la cabeza hasta agarrarme a la barra de la lámpara. Dispongo una manta por encima de la barriga para evitarme un corte de digestión y me duermo sin tiempo de pensar en nada. La siesta larga me provoca dolor de cabeza, no sé que día es, tampoco si es de día o de noche, cuento del uno al diez sin hacer uso de los dedos. Me asomo al balcón. Todo está oscuro. Creo reconocer la voz del hombre del tiempo. Anticiclón en la península. Calor mucho calor hasta el jueves. Llevo sudando toda la semana y corro el riesgo de deshidratarme. No tengo sed pero bebo agua. Dicen que hay que beber sin tener sed porque luego cuando sientes la garganta reseca puede ser ya demasiado tarde. Meto la cabeza debajo del grifo y giro el mando azul. Sale caliente, luego templada y finalmente fría. Pienso que habré gastado una docena de litros de agua y decido que la próxima vez pondré el tapón y así podré aprovechar el agua para limpiar los cacharros, los cristales o para hacer cubitos de hielo. Todavía estoy aterrizando. Me cuesta concentrarme en algo y siento los pies pesados como si me desplazara sobre un suelo de cemento. Me planteo seriamente si quiero ir a ver el partido. Mi vecina decide por mí. Suena la música de una película, baile sucio, que he visto cien veces, de la cual me sé los diálogos de memoria, así que cojo las de Villadiego y bajo al bar de Manolín. Los jugadores están calentando sobre el césped y nos echamos unas risas porque uno de ellos va depilado. Qué piernas grita Elvira, la única mujer en todo el bar. Lo dice chiflando con una potencia que nos hace llevarnos las manos a las orejas. Manolín sale de la barra y se sienta a mi derecha y Winston a mi izquierda. A Winston le quedan seis meses de vida desde hace dos años. Tiene un cáncer de pulmón y sigue fumando a buen ritmo; dos paquetes diarios. La hora de su muerte ha caducado pero él no se hace ilusiones. Dejó pasar los seis meses anteriores a la fecha indicada entre lágrimas pero luego recuperó su buen humor y ahora cuando le presentan a alguien dice. Hola soy Winston y estoy muerto y suelta una bocanada de humo que cubre su cara ocultándola tras la nube tabaco y los niños del barrio lo llaman el fantasma Winston y las madres cuando se portan mal por las noches y están muy guerreros, saltando sobre las camas, les dicen ¡Que viene Winston, que viene Winston! y entonces los niños, acojonados, se meten en la cama, se tapan hasta las cejas y las madres ven figuras que tiemblan bajo los nórdicos.
Dos filas detrás nuestro están los rumanos con sus tambores. Delante nuestro se encuentra la hinchada culé integrada por africanos. No entendemos nada de lo que dicen, salvo cuando pronuncian el nombre de algún jugador o gritan gol. Marca el Barca tres goles en quince minutos. Dos de falta y uno de penalty. El juego se encrespa y los de la Athletic mosqueados por el resultado comienzan a soltar patadas y codazos y el árbitro comienza a cargarlos con tarjetas y uno se lleva una roja al banquillo, que le hace juego con la camiseta. Un jugador vasco es alcanzado cuando se va solo hacia la portería del equipo contrario y cae al suelo retorciéndose de dolor. La cámara con un zoom prodigioso nos permite ver la herida; una brecha por la que mana abundante sangre. El doctor le hace un torniquete y le pone unas grapas de plástico y da orden de que lo retiren del campo inmediatamente. Leemos en los subtítulos lo que dice el jugador; que él es vasco, pero un vasco de verdad, que no solo tiene el RH positivo, sino que encima tiene los doce apellidos vascos, que un vasco de verdad como él, no tiene miedo a la muerte y que tiene litros de sangre como para inundar el estadio. El médico aplica cloroformo en la nariz del jugador que inconsciente es retirado del campo en camilla, entre vitores de la afición. Estamos todos de acuerdo en que estos vascos son de otra raza y que cuando hablan en su lengua, al contrario de los catalanes no se les entiende nada, así que es normal que quieran la independencia. Uno propone que en lugar de un referéndum podría disputarse un partido entre una Selección Española y una Selección Vasca y que si ganara esta última podrían los vascos ser independientes y sino seguirían siendo españoles hasta el próximo encuentro. La propuesta nos parece acertada. Muy bien dice alguno, así se solucionaría el conflicto en el campo de batalla, en un campo forrado de verde, con un balón en lugar de balas y goma dos. El rumano que lleva el tambor más grande y el senegalés más fornido les traducen a sus compatriotas y miembros del frente tamboril nuestra conversación y dicen que el plan es muy bueno que están en contra de toda violencia y que a ellos también les gusta jugar al fútbol y que cerca hay un colegio público iluminado toda la noche, con un campo de fubito y como somos doce y seis somos españoles y seis extranjeros nos vamos todos al campo con el balón que Manolín tiene en el almacén y Elvira quiere ser lateral derecha. Así me entrará alguien dice. Winston ocupa la portería. Nos dan un palizón. Sólo Manolín de cabeza, rozando el fuera de juego y llevándose media defensa por delante logra meter el gol de la honrilla y dejar el marcador en 12-1. A las tres de la madrugada, agotados, nos despedimos y el senegalés fornido dice que así tenían que hacer la regularización de los papeles a los inmigrantes en lugar de obligarles a hacer largas colas en comisaría. Si ganas te quedas y si pierdes te vas. Manolín discrepa y dice que no lo ve viable porque la liga Española es la mejor del mundo porque sus mejores jugadores son extranjeros, por eso jamás ganamos un título. En el partido que hemos visto del Barcelona por poner un ejemplo sólo había dos jugadores españoles en el equipo y si te hacemos caso le dice al senegalés, todos los españoles acabaríamos viviendo en África, porque éste no habla sólo de irse o quedarse en caso de victoria sino que alentado por ella habla también de permutarnos. Vosotros allí corréis delante de los leones y para ir al colegio y en los aeropuertos no tenéis cintas transportadoras, concluye.
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Cada uno se dirige a su casa y Elvira y yo vamos en la misma dirección. No sabía que tenías un regate tan bueno dice. Hay otras cosas que hago muy bien replico, porque a pesar del cansancio rayano en el agotamiento saco fuerzas de flaqueza para flirtear. Ella dice que hace una noche espléndida, que hacía años que no paseaba por la calle a esas horas de la madrugada junto a un hombre, que el ejercicio físico le ha espoleado la libido y tiene unas ganas locas de echar un polvo, ya que los senagaleses sin camiseta le han excitado muchísimo y que si no tengo nada mejor que hacer podríamos darnos un revolcón en su casa. Le contesto que no me gustan las mujeres que dan el primer paso, ni valerme de las circunstancias, ni ser el segundo plato, pero que si ella necesita echar un polvo yo necesito echar media docena y orillando mis reticencias le cojo su mano y ella no se suelta y me mira con unos ojos en los que anida el deseo y sonríe y su brillo me resulta familiar y la luna llena en el negro sideral ilumina nuestros rostros de amantes y rompo a llorar con tanta fuerza que comienzo a toser y me cuesta tragar y me lleva un buen rato restablecerme. Elvira enjuga mis lágrimas. Un hombre que llora no puede ser un mal hombre, dice poniendo sus labios sobre los míos y aunque no sería capaz de determinar si se trata de un AVE, de un Talgo, de un tren de cercanías o del tren chispita, la agarro con todas mis fuerzas con el firme propósito de no dejar escapar ese tren.
FIN
@ Chufowski