El hijo de la ballena gris de Lynne Cox
Cuando no se conoce al autor de un libro, y por tanto la calidad del mismo, los textos de la contraportada nos permiten hacernos una idea aproximada de su contenido. En otras ocasiones, otros escritores, críticos literarios o periódicos genéricos (Newsday, Boston Sunday Globe, como en este caso) alaban las virtudes del manuscrito.
Vi en la biblioteca “El hijo de la ballena gris” y piqué el anzuelo. La autora es Lynne Cox, que fue nadadora de largas disatancias, escribe ahora artículos en revistas y también libros, como Swimming to Antartica. Del libro he de decir que me gustó la portada, me imaginaba algo parecido a un cuento fantástico, algo parecido a Liberad a Willy pero bien narrado, con una historia fascinante. Tras leerlo, si separamos el polvo de la paja y quitamos lo sobrante, el meollo de la historia se queda en nada y podía haber sido publicada en una revista en media docena de hojas.
El libro está narrado en primera persona, y nos cuenta como un día que la escritora, entonces nadadora, practicaba su entrenamiento matinal por las aguas Seal Beach en California, se encontró con un ballenato que se había perdido de su madre y del resto de las ballenas.
La nadadora se afana entonces en hacer que el ballenato pueda reunirse con su madre.
La autora no escatima para hablarnos del valor del trabajo, del sacrificio, de crecer en la soledad, en la desgracia, en el sufrimiento, con un “rollito coelhiano” que me da sarpullido (….”a veces las cosas no tienen sentido; a veces no hay ninguna razón para explicar cómo o por qué se ha querido hacerlas, entonces lo único que sabía era que debía, que tenía que intentarlo. Si no lo probaba, nucna sabría qué podría haber pasado…..”).
No estamos ante una buena narradora ni nada parecido y se da el lujo de dedicar una página entera a contarnos lo que le gustaría llevarse a la boca, tras mucho tiempo en el agua y utilizar unas metáforas de primero de EGB. Lo único curioso del libro es que en su deambular por el agua nos presenta a una galería de animales marinos que se cruzan con ella: gruñones, rayas venenosas, peces martillo, medusas, garibaldis, ballenas etc.
La autora busca tocarnos la fibra sensible cuando la madre se encuentra con su hijo con la gente del muelle aplaudiendo y entonces la ballena madre mira a la nadadora “a la salvadora de su retoño”, y en esa mirada entiende que le está dando las gracias. Cox es capaz de ver el amor que el ballenato siente por su madre, cuando las dos nadan juntas y es muy dada a fantasear.
Ya como colofón un parrafo final que nos permite ver como escribe Cox:
“Adios Grayson, adiós madre de Grayson, en muy poco tiempo me habéis enseñado cosas que, sola nunca habría descubierto. Me habéis enseñado a escuchar y sentir sin utilizar las palabras. Aunque las palabras fueran infinitas, no habría suficientes para expresar lo que siento por vosotras”.