Carlos Ruiz Zafón portada de El juego del ángel

Los libros como las películas han de leerse del tirón, lo cual las obligaciones familiares o laborables a menudo hacen inviable, pero sí que pienso que es interesante leerlos en el menor lapso de tiempo posible, a fin de que la lectura no se dilate en el tiempo y se pierda así la intensidad y las sensaciones de todo orden que deparan la lectura.

Este tocho de Carlos Ruiz Zafón, titulado El juego del ángel, de 667 páginas, en el cual estando ese trasunto de Lucifer por medio se podía haber constreñido a 666 páginas, para haber dado más juego a los amantes de lo anecdótico, me lo he metido entre pecho y espalda este fin de semana, en un cautiverio autoimpuesto entre paredes de celulosa.

El despliegue mediático del nuevo libro de Zafón le ha permito aparecer en todas las revistas, periódicos, emisoras de radio e incluso fue noticia en los telediarios con la presentación del libro en el Liceo. No está mal que se publiciten los libros, la pregunta es por qué se le da tanta pompa a Zafón y no a los otros miles de libros que se publican en España y cuyos autores para nada cuentan con semejante promoción en los medios.

Tras La sombra del viento, que me encantó y una espera de siete años, era presumible que Zafón no se había dejado llevar por las urgencias y que ese plazo de tiempo le había permitido dar a luz el libro que tenía en mente sin ningún tipo de cortapisa o imposición editorial.

Para un escritor, el éxito, además de ver su nombre en la portada de un libro pasa porque sus libros se vendan, pero más importante aun es que además de vender muchos ejemplares estos se lean. Recuerdo que La sombra del viento en mi casa pasó de mano en mano y luego cayó en las de algunos amigos, así que cuando volvió a mi poder lo habían leído más de media docena de personas, con un sólo ejemplar, de ahí que el número de ejemplares vendidos arroje una cifra que luego el número de lectores puede aumentar o disminuir considerablemente.

El juego del ángel, lo he devorado, primero por curiosidad y buena disposición por mi parte, al tratarse de esos libros que uno coge con ganas, ayudado por una prosa nada engolada ni artificiosa que permite ir avanzando por los diferentes capítulos sin apenas esfuerzo, movido por la inercia de los acontecimientos acaecidos y venideros. Zafón pone en boca de sus personajes tanto de Andreas Corelli como de David algunas reflexiones que seguro que el autor tiene en mente, como el hecho de que se desdeñe un libro por el número de ejemplares vendidos, el papel de los intelectuales que se llaman así porque no tienen nada que decir, la vanidad de los escritores que les lleva a pactar con el diablo si es preciso para alimentar su orgullo o la obligación de pasar estos por el aro si se quieren vivir de la literatura, al tiempo que loa la labor de escribir, el derramamiento en tinta, esa disyuntiva entre vivir la vida o escribirla y da algún rapapolvo a los funcionarios y su conducta ineficiente y malencarada. (vuelva usted mañana).

A menudo los escritores centran sus historias en las desventuras de otros escritores como sucede aquí. El protagonista de El Juego del ángel es David Martín un niño que comienza como correveidile en el periódico La voz de la industria mediada la primera quincena del siglo XX en la ciudad de Barcelona, periódico en el que su padre trabaja como vigilante, hasta que le surge la ocasión de manifestar su talento, escribiendo historias para el periódico con la saga “Los misterios de Barcelona”. Enseguida sus escritos calan en el público y Basilio, regente del periódico le insta a dejarlo, despidiéndole de paso, porque está desaprovechando su talento, así que David caerá en manos de dos editores facinerosos, Barrido y Escobillas para los que escribirá la serie “La ciudad de los malditos”, bajo el pseudónimo de Ignatius B, orillando así su ego que deambulará entra las sombras del desconocimiento (pero no tanto como para que ciertas personas le acaben reconociendo).

Durante todos estos años David contará con el amparo y protección de Pedro Vidal, de buena cuna y oficio escritor, compañero de trabajo en La voz de la industria con una cohorte de lameculos a su sombra, el cual le alienta a escribir sus propias historias, sabedor de su talento incomparable. Unidos ambos por un lazo de sangre que Vidal se verá obligado finalmente a confesar si quiere albergar algo de paz.

Hay una joven, Cristina, hija del chofer de Pedro Vidal del que David se enamora desde su más tierna infancia y a la cual le unirá una industria que ambos deciden poner en marcha toda vez que Cristina le ponga al corriente de la situación de Pedro.
Surge de la nada un extraño editor francés de apellido itálico, Andreas Corelli, que le ofrecerá a David una suma a cambio de que le escriba un libro. Una suma que implícitamente conlleva un no por respuesta. Andreas Corelli va y viene como la marea entre los diferentes capítulos, sabedor de su clarividencia y es el personaje sobre el que se cimenta la historia ya que su encargo es el meollo de la historia, al menos en su tramo central, para luego dar paso a las diligencias policiales.

Sabremos de la triste infancia de David, de sus anhelos por leer, por escapar de su mundo de brumas y miseria a través de las páginas de los libros; puertas que lo liberan momentáneamente de su cautiverio, libros leídos a escondidas, de los encontronazos con su padre a cuenta de esas lecturas nocturnas que aumentarán la factura de la electricidad, las cuales para su progenitor no alumbrarán nada bueno, más que llenarle la cabeza de pájaros y el rostro de moratones, al tiempo que afianzan en David la certeza de que las “Grandes Esperanzas” están bien para titular un libro de Dickens pero que rara vez se cumplen en la vida real.

Aparece de nuevo en El juego del ángel El cementerio de los libros olvidados. David a falta de una madre que se ocupe de él y de un padre criando malvas, así como de cualquier pariente o familiar que le suministre algo de cariño o afecto encontrará algo similar en el librero Sempere y en su hijo. Sempere padre será la humanidad y la bondad personificada, ese camino de luz y verdad que siempre permanece firme bajo las mentiras y las asechanzas, bajo las vanidades y los orgullos de escritores letraheridos como David Martín.

La otra protagonista femenina de peso en la historia es Isabella, una joven aguerrida en la que David se ve reflejado, un espíritu indomable donde late la pulsión de la literatura, una joven que quizá propicie la catarsis de David, la única posibilidad de enmienda, de cruzar el umbral del egoísmo para demostrarse asimismo y al mundo su capacidad adormecida de amar al prójimo.

Las fuerzas del orden están presentes también en la piel del inspector Grandes y sus dos perros mastines; Marcos y Castelo. Con el archiconocido rol de poli bueno poli malo. En esos pasajes finales de corte policial, parece Zafón que se nutre de lo visto mil veces en pantalla, para que sus personajes se comporten como tales, y así en lugar de ser la literatura la que nutra el cine, se da la circunstancia inversa, lastrando esos pasajes, como el episodio del funicular.

De una manera mecanicista Zafón abre cada capítulo con una descripción de los cielos de Barcelona según la hora del día o la estación del año, una fórmula como otras empleadas que dilatan el libro en exceso, con pasajes que bien hubieran precisado una poda.

Una vez que David Martín asuma su condición de escritor, la segunda parte del libro es una concatenación de trágicos sucesos, en los cuales David siempre tiene el morro metido, que como un trasunto de la parca, mata todo aquello que toca o sobre lo que fija su mirada. Así el libro trota por la senda de la intriga, la maraña de personajes se va imbricando para ir arrojando algo de la luz a una historia que la bruma va velando, borrando los perfiles de lo verdadero, lo soñado e imaginado.

Es evidente que La sombra del viento como la del ciprés es alargada, y aquí las comparaciones son odiosas pero ineludibles. De hecho Zafón está donde está no por sus libros infantiles, sino por su anterior obra, que le catapultó al estrellato, le hizo vender diez millones de ejemplares, recibir críticas elogiosas que lo situaban junto a autores consagrados y ser traducido a treinta idiomas, así que ahora con este libro hemos de constatar si Zafón ha dado un paso más, si ha pergeñado una obra monumental e imperecedera con trazas de clásico o si más bien ha creado un artificio entrañable y divertido de digestión rápida y olvido momentáneo.

Su anterior obra me cautivó, me sorprendieron sus diálogos, sus personajes poderosos y memorables, su sentido del humor, la creación de atmósferas, su homenaje a la ciudad de Barcelona. En El juego del ángel, el oficio de Zafón es evidente, el talento sobrevuela el relato, pero el resultado no me permite ensalzar esta obra como maestra, ni nada parecido (la maestría de un relato consiste en el poso que deja, la capacidad de emocionarnos, de permitirnos interiorizar los personajes, las situaciones, sus reflexiones). Cumple eso sí su cometido de entretener, de tenerte pegado unas cuantas horas al papel, durante más de seiscientas páginas. Eso ya es un éxito para cualquier escritor, pero siendo Zafón el que escribe y con La sombra del viento detrás, esperaba más, muchísimo más.

Estos reparos no serán óbice para que Zafón despache sin problemas el millón de ejemplares que Planeta ha suministrado en las librerías y muchos más, pero una cosa nada tiene que ver con la otra. Hará las delicias de los barceloneses que irán alimentando sus nostalgia al tiempo que harán memoria colectiva del cambio experimentando por su ciudad durante estas décadas, tras el cambio experimentado con la Exposición Universal.

Por último comentar que resulta gracioso leer el nombre de mi ciudad, entonces provincia de Logroño, al confundir un periodista una entradilla con una tapa de esta ciudad (si se da la circunstancia de que en 1920 Logroño fuese conocido por sus tapas, como si lo es ahora por La calle Laurel “la senda de los elefantes”). Comentar también una errata que he visto; la palabra “urgar” y algunas apreciaciones que hace Vidal, como su comentario acerca de El Premio Nacional de la Crítica, la trata de blancas, el presunto veneno que contienen los puros, o el abarrotamiento de novedades que maneja cada semana Sempere en su librería, aspectos todos ellos más propios de estas últimas décadas, que de comienzos del siglo XX.