Va a la biblioteca a dormir. Cada día del año por la tarde repite el ritual. Coge el libro de la estantería, un mamotreto de mil páginas, se va al fondo de la sala, se acomoda, dispone la cartera y el móvil sobre la mesa, abre el libro por la página 1234 y pocos después, como si la lectura fuera un embrujo, como si el contacto de las yemas con el papel obrara el milagro, irremediablemente cae dormido. Luego, a veces, entreabre los ojos y vuelve poco después a cerrarlos. No ronca y es gratificante estudiar a su lado. Los no avisados lo llaman concentración extrema.