El placer de disfrutar de los alimentos básicos
A la hora de comer, si he de elegir un plato me decanto por la sencillez. Nada de salsas engañosas, ni deconstrucciones modernistas. Un huevo frito en aceite de oliva virgen es algo extraordinario, cuyo escaso valor de mercado (1-2 euros la docena, dependiendo del tamaño), lo ha vulgarizado, bajo la falsa creencia de que lo bueno hay que pagarlo y que el bajo precio de un producto va asociado a su baja calidad. Falso de principio a fin.
El huevo como decía se ve infravalorado en la restauración, salvo contadas excepciones, como en el caso del restaurante de Lucio en Madrid, que te cobra por unos huevos lo que en otros restaurantes por un chuletón. “Los huevos de Lucio” ya son todo un referente. Nunca he comido los huevos de Lucio pero los que me hago en casa, con el aceite bien caliente, me saben a gloria. Cuando voy de vacaciones, y comienzo el regreso a hogar mi mente ya fantasea con un par de huevos fritos sobre el plato, sólo de pensarlo me relamo.
Lo mismo diré de un tomate madurado por el sol, carnoso, partido por la mitad, con una pizca de sal y un chorro de aceite virgen por encima. Esa es otra exquisitez. Como lo son los pimientos asados condimentandos con ajo bien picadito y aceite, o una ensalada ya sea de tomate o algo más complejo, añadiendo a la lechuga, kiwis, quesos azules, gruyere o parmesano, nueces o avellanas, champiñones frescos, chalotas, huevo duro, ventresca de atún.
Otro plato sencillo pero extraordinario es el gazpacho. Tras pasar por agua hirviendo los tomates, para pelarlos cómodamente, en una batidora disponemos los tomates, el pepino, el pimiento verde, la cebolla, el ajo, la sal, la miga de pan, y un buen chorro de aceite de oliva virgen. Si a la batimos todo bien y lo dejamos enfríar. Si a la hora de comerlo le añadimos, huevo duro y jamón serrano partido en pequeños taquitos, el gazpacho se convierte en salmorejo. En Sevilla probé un salmorejo tan espeso que parecía un puré, pero me supo a gloria.
Hasta un socorrido bocata puede rozar la perfección. En Logroño todavía tenemos hornos artesanos, que fabrican pan bien trabajado, al cual le puedes hincar el diente al día siguiente, sin que se deshaga, como sucede con estas baguettes que venden en las gasolineras, en algunos supermercados como DIA o en los establecimientos que venden chucherías los cuales hornean un pan precocinado, que si lo comes calientes es pasable, pero que en pocas horas se vuelve incomible y al día siguiente se deshace en la boca.
Mi bocata preferido me lo preparo con pan sobado, un poco dorado por el culo, lo parto por la mitad y dispongo una lata de ventresca de atún, con su aceite de oliva y dispongo unos filetes de anchoa, luego le hinco el diente y aquello no tiene precio. Otra verdad es que cuando el pan está bueno, te lo puedes comer también solo y cualquier cosa que lo acompañe será un éxito ya sea unas onzas de chocolate, chorizo, salchichón, tortilla de patatas. Todo se puede poner entre pan y pan. Lentejas también.