Mi amigo Ernesto es un sibarita, le encanta comer y también se da buena mano en los fogones (es un decir porque él tiene fuego a inducción). Su sueño era conocer a Ferrán Adriá, al que algunos han nombrado como el mejor cocinero del mundo. Es Español, Catalán y tiene un restaurante, el Bulli, en el que hay que pedir mesa con antelación de varios meses. Mi amigo, el uno de enero entró en la página web y pidió mesa. Le contestaron dándole una mesa para dos a mediados de junio, del año pasado. Al leer el correo, los ojos de Ernesto quedaron arrasados por las lágrimas. Si le hubiera tocado la lotería o hubiera conocido a Monica Bellucci creo que el efecto hubiera sido más tibio. Así que allí fue con su pareja. Llegó al restaurante y comieron el menú degustación. Le emoción lo embargaba. Comió con fruición, regodeándose, atónito ante las creaciones de Adriá. (otro día hablaré sobre como fue la comida). Su pareja que no tenía tanto apetito como Ernesto, y además se trataba de una cena, dejó que mi amigo comiera lo suyo y parte de lo de ella. Serían los nervios, la fotografía que se hizo con su ídolo, la emoción acumulada de tantos meses, que cuando llegaron al hotel, después de lavarse la cara con agua bien fría, se acodó sobre el inodoro y lo echó todo. Por el retrete se fue toda la cena. Me dice que le da igual. Que el disfrutó lo suyo y que le quiten lo bailado, pero estp es como que te toque la lotería y no poder gastar un centavo.

© Chufowski