Ya era de noche pasadas las siete de la tarde. Era triste ver como la oscuridad devoraba la débil luz que manaban las farolas. No había nadie en la plaza a esa hora. Los niños ya habían dejado el parque de juegos y estarían en sus casas con sus padres, jugando sobre las alfombras o viendo la tele. Era imposible estar solo en la calle en una ciudad como la suya, la cual no dormía durante las veinticuatro horas del día. Echaba de menos su pueblo, allí sí que era feliz. La gente se recogía en sus calles y no había servicios nocturnos que rajasen la sabana silenciosa que cubría la osamenta de esa ciudad aparentemente fenecida. Pasadas las doce de la noche salía a hurtadillas por la ventana de su casa y llegaba hasta el promontorio situado detrás. Respiraba el silencio, se alimentaba de él. En aquel entonces no había móviles ni politonos impertinentes que alterasen la quietud, solo un silencio inmenso, pétreo, sin fisuras, un silencio que acariciaba las manos, el cuello, la espina dorsal, y lo calmaba, dejándole en un estado comatoso de felicidad inenarrable. Oía el crujido de las ramas, el arrullo del viento, sus pisadas en el camino. Los días de luna llena no necesitaba linterna y caminaba sin reparar en sus pasos, hasta el viejo pozo. Si era cierto lo que se contaba de él, aquel pozo era un cementerio de forma circular que se expandía a lo hondo, en lugar de a lo ancho, bajo la superficie. Con cuidado, apoyando en el brozal, los ojos cerrados, esperaba oir algo, alguna voz que desde el más allá quisiera entablar contacto con el más aquí. Nunca pasaba nada, pero él insistía con la fuerza que alimenta toda adicción. Esa noche fue diferente. Cuando ya el cuello dolorido lo instaba a dejar el pozo y erguirse, un ruido indefinido que requería ser matizado y movido por su curiosidad siguió inclinándose más y más. Una sólo palabra, ahora clara y limpia, “Ven”. El eco la repitió varias veces más.
Las piernas le fallaron y antes de ser devorado por esa mancha negra sintió el corazón en la garganta a punto de estallarle. Abrió los ojos entre chorretones de sudor que bañaban su cuerpo. Una enfermera apareció tras la puerta y le tomó el pulso. El otro brazo era alimentado por una botella de suero. El psicólogo tardó breves instantes en aparecer. Vamos por buen camino dijo cuando oyo la narración de la pesadilla. El joven asintió sin convicción, porque no quería saber hacia donde le llevaría ese camino.
November 6th, 2007 at 12:38 am
Me he acordado de “La noche boca arriba” de Cortázar y he releído este cuento tuyo. ¿Va por el mismo camino? Es que creo que si es así, si has intentado la neofantasía, meter el más allá en el más acá, como en “La noche boca arriba” y otros muchos cuentos de Cortázar, creo que falta el elemento de conexión entre los dos planos, o no lo veo. ¿Van por ahí los tiros?
November 6th, 2007 at 5:00 pm
hola ed.expunctor no he leído ese relato de Cortázar que comentas. No suelo analizar la coherencia interna de lo que escribo, así que si no ves la conexión entre los planos quizá no la haya. Cuando ahí tiros por medio es probable que alguno salga por la culata
November 7th, 2007 at 9:19 am
Lo decía porque en un determinado momento me recordó al de Cortázar (y decir eso no es poco halago), y al cuento le falta muy poco para que los dos mundos, el del pozo y el del psicólogo, sean “reales”, sólo ese elemento que puede ser alguno de los que ya hay en el mismo relato.
Que tal como está está bien, pero con un poquito más estaría mejor.
Yo sí creo que hay que ver la coherencia del relato, y en caso de que sea incoherente, que sea “coherentemente incoherente”. De todos modos tu relato tal y como está es coherente, sólo lo decía por si habías intentado la neofantasía cortazariana.
Salud!
November 7th, 2007 at 4:32 pm
Hola ed.expunctor, pues gracias por la comparación. Se agradece que alguien como tú trate de interpretar lo que uno escribe, más allá de los consabidos “mola” “está bien” “se lee bien” “es una puta mierda”, etc.