¿Se puede cuantificar el valor de la cultura?. Eso parece, a tenor de lo que expone el libro publicado recientemente por el Ministerio de Cultura, que lleva por título “El valor económico de la cultura en España“.

¿Hemos de pensar que ese valor, es el sumatorio de los ingresos generados cada año, por los cines, teatros, salas de espectáculos, museos, compañías discográficas, distribuidoras, editoriales, librerías, quioscos, y todas aquellas empresas que crean, producen, fabrican, difunden y distribuyen la cultura?.

Este estudio trata de cuantificar como el sector cultural contribuye al valor añadido bruto y al PIB español. Ello implica en primer lugar considerar qué es lo que entendemos por cultura.

En el estudio, que comprende los años 2000-2004, no se considera por ejemplo la publicidad como cultura, al estar ligado a la venta de un producto y no ser un manifestación artística en sí misma. Craso error, pues los anuncios a mi entender, son una muestra clara de los tiempos que corren, el espejo en el que mirarnos y es arte al fin al cabo, el arte de vendernos un producto, de crearnos una necesidad inexistente, de meternos su producto por los ojos, al tiempo que llevamos la mano a la cartera. Las ocurrencias de los anunciantes no difieren mucho de la de los artistas, pues al fin de al cabo quien tiene esas brillantes ideas está creando algo de la nada.

La cultura va ligada a la riqueza, como demuestran los datos. La prosperidad económica nos permite dedicar más tiempo al ocio, ir con más frecuencia al cine o al teatro, comprar libros y revistas, visitar museos o ver a las estrellas de la canción en directo, etc. De todos modos, la “cultura ilustrada” en nuestro país es un espejismo. Basta con observar cuales son los discos y libros más vendidos y las películas más vistas, para constatar que clase de cultura es la que da beneficios y la que prefiere la ciudadanía en su conjunto.

Cualquier libro de Dan Brown, autor de “El Códido da Vinci”, vende más ejemplares que todos los libros de poesía vendidos en España en la última década. Las películas de Santiago Segura suponen más de la mitad de la recaudación del cine Español el año que Segura estrena alguna aventura de su personaje Torrente. El Tomate congrega a tres millones de personas todas las tardes ante el televisor, convirtiendo el corazón en una víscera que supura porquería, mientras teniente de alcaldes se despelotan en Interviú para mostrarse ante sus votantes al natural, sin trampa ni cartón, pues no tienen nada que esconder, locutores radiofónicos sueltan sus peroratas, que los oyentes se aprenden de memoria (es más cómodo suscribir lo que otros dicen, que formular un juicio propio).

Todo esto es la cultura que da dinero de verdad, la que engrosa el PIB, pero más que cultura yo la entiendo como mero ocio, como un pasatiempo. ¿Nos podemos los Españoles considerar un pueblo culto?. El Tomate, Torrente, Dan Brown, Bisbal, Cambio Radical, Triunfitos, iluminados radiofónicos..¿nos hacen más cultos o simplemente hemos de ligar la cultura al entretenimiento?.

Cuando hay universitarios que se licencían sin haber leído nunca un libro, más allá de los apuntes de sus asignaturas, ya es un síntoma del aborregamiento social, y podemos prepararnos pues para lo que nos avecina.

Al hilo de lo que iba diciendo al comienzo, que me voy por los cerros de Úbeda y me pierdo, la mitad del libro antes citado son gráficos y tablas que recogen las distintas clasificaciones de los productos culturales, y la otra mitad es un rollazo acerca de la metodología empleada. Lo que se echa en falta es un apartado de conclusiones, o las previsiones que nos deparará el futuro, la mella que el pirateo hará en las artes audiovisuales y las herramientas para combatirlo. Nada de esto hay en el libro que se convierte en un mazacote, abundante en cifras, difícil de digerir.