Dio la vuelta al mundo con la esperanza de que a su regreso tuviera material suficiente para escribir un par de libros, tras dos años en el dique seco. Los tres meses siguientes a su llegada los pasó ordenando 745.678 fotos digitales. Las clasificó por años, meses y días, por continentes y países. Separó las dedicadas a los paisajes, de otras en las que aparecía él o la gente que había conocido en su aventura, incluso puestos a perder el tiempo las clasifico por el sexo de los retratados. Sentado en su escritorio, recordó las anécdotas vividas, las amistades hechas, los bellos amaneceres y las puestas de sol, los mares de plata, la sensación de felicidad y libertad que le había acompañado y supo que recrear todo aquello en un papel, sería echarlo todo a perder y movido por su egoismo se tomó la tarde libre, dispuesto al día siguiente a reemprender su viaje hacia ninguna parte, o hacia todas las partes, según se mire.