Isma, se asomó a la ventana. Si quería escapar ésta era su única opción. A escasa distancia del balcón había una escalera de incendios, del edificio anexo. El piso era pequeño, reducido a un salón con cocina americana, un sofá coma y un diminuto baño. Hizo acopio de algunas latas en conserva, introdujo el móvil y la cartera en la mochila y haciendo malabarismos, sobre el alféizar, se estiró lo suficiente como para agarrarse al lateral de la escalera. Una vez en ella, descendió hasta pisar tierra firme. Echó un vistazo a su alrededor. Nadie parecía haber reparado en su trepidante descenso hacia la salvación. Paró un taxi y pidió que lo llevasen a la estación de trenes. Necesitaba unos momentos de tranquilidad para poner en orden las ideas. La chica que lo visitó le dijo que había sido atropellado. No lo recordaba, pero tenía el cuerpo dolorido, y los brazos y piernas remendados. Lo más sorprendente fue la visita de sus padres en su domicilio.
El rencor había dado paso al escepticismo. Alguien les tenía que haber avisado. Seguro que era la chica. Quien si no. Entonces tal vez fuera cierto que eran novios. La chica era atractiva, pero no era exactamente su tipo, le faltaban carnes y en su cara notó un aire de suficiencia y altivez que lejos de agradarle, se le antojaba como un muro infranqueable. Qué hacía huyendo se preguntaba. ¿Adonde ir?. No tenía fuerzas para empezar otra vez de cero. Dio orden al taxista de que diese media vuelta.

El calor se pegaba a los cuerpos, que se defendían en forma de ríos sudor y ropas empapadas. Rosauro se espabiló. Al incorporarse no había una parte de su cuerpo que no le doliese, no tenía años para hacer sentadas, tampoco para echarse cabezadas sobre un frío suelo con la puerta como respaldo. Su mujer, enfrente suyo, lo miraba con ojos tristes, barriendo el suelo con la mirada, sin decir nada. Volvió a golpear la puerta. La ira asomó en sus pupilas. O abres ahora mismo, o echo la puerta abajo, dijo, reforzando las palabras con sus puños, machacando la madera. Le hizo gracia. Siempre deseó decir aquello alguna vez, emular a los héroes de las películas que resolvían todos los problemas y salvaban a la humanidad si era menester en menos de un par de horas, lo que duraba la película. La puerta cedió lo suficiente para que Rosauro introdujese la puntera del zapato y luego haciendo palanca lograse abrirla del todo. Isabel le siguió. Enseguida se percataron de que allí no había nadie. El desorden creado encima de la cama, y la ventana entreabierta, evidenciaban la huida. Isabel se asomó, al ver la escalera, comprobó que su retoño se había escapado de nuevo. Tuvo ganas de poner fin a todo aquello, de descansar, pero sus firmes creencias católicas no permitían el suicidio. Finalmente, abatida se lanzó sobre la cama. Rosauro trató de consolarla. Es inútil, dijo Isabel, no podemos seguir así. Es evidente que no quiero vernos. Lo más conveniente es que nos volvamos al pueblo. Ya sabe dónde estamos. No tenemos edad para jugar al gato y al ratón. Rosauro no quería oír esas palabras que le quemaban, pero su mujer estaba en lo cierto. Su hijo del que no sabían nada hacía años, estaba vivo, tenía novia, vivía en la ciudad. Era mucho más de lo que sabían de él antes de la llamada.
Recogieron sus cosas en la pensión y en autobús de línea fueron a la estación. A la noche ya estaban de vuelta en el pueblo. Todo estaba tal como lo dejaron. Daba la impresión de que en su pueblo nunca sucedía nada, tan solo el cementerio iba agrandándose con el pasar de los años. Los días se repetían sin alteración alguna, sin sobresaltos. Sus vecinas, apostadas sobre un tronco que hacía las veces de banco, alzaron las cabezas en señal de saludo, al verlos abrir la puerta de su hogar. Era reconfortante volver a casa. Las cosas no habían salido como hubieran deseado, pero saber que su hijo estaba vivo les bastaba. La foto que Regina le había dado a Isabel en la que se veía a la pareja feliz, era un tesoro que Isabel situó en su pecho, junto al corazón. Esa noche después de tantos meses dormiría en paz.

Isma subió los cinco pisos aceleradamente, como si el demonio lo azuzase con un tridente. Se asustó al ver la puerta entreabierta y más al comprobar que sus padres no estaban en el rellano, ni dentro del apartamento. Junto a la mesilla encontró un diminuto pendiente. Era de su madre. Marcó el teléfono del pueblo.
Diga, diga. Isma, eres tú, demandó la voz materna ¿verdad?. Hijo nos gustaría verte. No sabemos que te ocurre, pero por favor, ven. Somos viejos. ¿Vendrás?. Iré, pero no sé cuando. Está bien, está bien hijo mío. Te queremos. Cuida de Regina, es una mujer estupenda.
El cosquilleo en el muslo le avisaba de que acababa de recibir un mensaje. Regina quería que se reuniesen a las doce en la plaza Mayor, debajo del reloj. Iría, la plaza le gustaba. Esa y todas las plazas. Eran sin lugar a dudas los espacios más agradables de las ciudades. Privadas del tráfico rodado se erigían como punto de encuentro, donde se daban cita los jóvenes nocturnos antes de salir de marcha, las parejas acarameladas, los abuelos que se reunían por las tardes para charlar, las madres que despreocupadas dejaban a sus chiquillos corretear sobre el empedrado, artistas, mendigos. Decidió ir caminando. Había un buen trecho que recorrer, pero tenía más de una hora por delante.

Regina lo vio llegar, escondida detrás de una columna. Ismael miró el reloj de la torre, luego miró su muñeca. Daba vueltas en círculo, miraba distraídamente a la gente que caminaba. Sigilosamente Regina fue avanzando por el interior de los soportales, hasta situarse próximo a Ismael, el cual se había sentado en el suelo, con las palmas de las manos sobre la cara. Comenzó a gimotear. Soy estúpido. No vendrá, decía para así, moviendo la cabeza, pero lo suficientemente alto para que Regina lo oyese. El gimoteo dio paso a unos sollozos que fueron ganando en intensidad a medida que Ismael se convulsionaba, con lágrimas surcando su rostro, y cayendo al vacío desde el dorso de las manos.
¿Un mal día?, preguntó ella
Ismael no se volvió al oír la voz.
Ayer no morí de chiripa. Ahora no sé quien soy. Mi novia me resulta una extraña. No sé ni por qué estoy aquí ahora, llorando como una magdalena. Desconozco la causa de mi aflicción. A resultas del accidente, apenas logro recordar algunas cosas, y lo que recuerdo lo olvido casi de inmediato ¿puede ser peor?.
¿te apetece que vayamos tú y yo a comer un bocata de calamares al “Tiburón blanco”?.
¿calamares? Dijo Ismael incorporándose, alegre. Creo recordar que me encantan.
Pues vamos, dijo ella cogiéndole de la mano.
Ismael reparó en ella. Le parecía una chica muy guapa, más aún al sonreír ¿será Regina?.
Anduvieron cien metros hasta llegar al bar, del que salía un aroma a fritanga que avivó los jugos gástricos de la pareja.
¿Adonde vamos? preguntó Ismael.
En el rostro de Regina asomó la preocupación en forma de una mueca que le hizo fruncir el ceño y rechinar los dientes.
¡Vamos para adentro, dijo él, guiñándole un ojo, haciéndole una señal con la mano!
Luis, que sean dos completos, uno con mayonesa, otro con ketchup y dos cañas bien frías, dijo estrechando la mano del camarero.
Cuanto tiempo Isma, ¿qué tal andas?
Creo que todo va ir de maravilla, dijo apretando la mano de Regina que ya estaba a su lado, ¿verdad?.

© Chufowski