Se levantó y comenzó a caminar. A su alrededor un río humano de gente lo desbordaba por ambos lados. Llevaba ya unos meses en la ciudad pero la marabunta de gente en las calles le aceleraba el pulso. Gustaba de observar todo cuando tenía a su alrededor. Acababa agotado. Debía entonces fijar su atención en otro punto. Algo fijo, inamovible, que no lo distrajese. Sintió un cosquilleo en la zona superior del muslo. El móvil estaba vibrando. No descolgó. Funcionaban con llamadas perdidas. Les gustaba más así. Era su código particular que al igual que otros muchos jóvenes, agudizando el ingenio, ponían en práctica para ahorrarse unos euros al final de mes.
Enfiló la empinada calle que se perdía en el horizonte. Al final, el sol se escondía entre los tejados de la parte alta de la ciudad. El calor y la humedad perfilaban charcos de sudor en su desteñida camiseta ocre. Limpió de sudor su frente con el antebrazo, ató sus cordones y aceleró el paso. A esa hora el tráfico era intenso, asfixiante, los bocinazos orquestaban el caos circulatorio y los coches, como hormigas acosadas, buscaban esconderse en las calles que se derretían bajo un sol abrasador, ya en retirada. Si no se apuraba no llegaría al encuentro con Regina. El semáforo en rojo lo conminó a detenerse. Adelantó una pierna y miró a su derecha. Un coche, lo arrolló. Salió lanzado por los aires varios metros hasta ir a estrellarse contra el asfalto, perdiendo el conocimiento en el acto, con la cabeza enmarcada en un charco de sangre.

Ismael, que así se llamaba el joven, había llegado a la ciudad hacía pocos meses, con el firme propósito de echar para adelante con sus estudios de ingeniería. Su tesón se desvaneció poco tiempo después. La marcha nocturna, la vitalidad que la ciudad exudaba en todas sus manifestaciones, lo alejaron del camino de la razón y lo introdujeron de tapadillo, en la senda del despertar a los sentidos. Las tardes de verano las pasaba en los parques, con sus amigos, reunidos bajo los frondosos árboles, charlando, gozosos de coger los días por el cuello de la camisa y mirarlos a los ojos, no como esos otros, a los que detestaba, que pasaban los días a la luz de una lámpara, hincando los codos, ratones de bibliotecas, que miraban la vida de reojo, hasta bizquear.

Sentía entonces la felicidad en cada uno de los poros de su piel. En cada acto de su sencilla vida. Quería a sus amigos, sentía que formaba parte de algo. Las piezas encajaban. Conocer a Regina fue lo mejor, lo que desató un maremoto en su interior. Nunca antes había experimentado tantas sensaciones agradables como las que brotaban en su pecho cada vez que ella rompía la distancia prudencial, propia de la amistad y rozaba con sus labios su piel. Olvidó a su familia, a sus amigos de antes, como si su vida de ahora y la de antes fuesen dos polos opuestos, que se repelieran; más cariño hacia ella implicaba menos afecto hacia su familia. Sólo tenía entonces ojos para ella y de tanto mirarla el amor lo cegó. Escondió bajo llave lo aprendido y fue al frente de batalla del amor, con ingenuidad e ilusión. El amor duele siempre, pero sólo la primera vez toca el hueso, quiebra las rodillas y te hace besar el suelo. Eso lo aprendería después, cuando el pasado ganase la partida al presente.

Regina se presentó en el hospital minutos después. Su rostro daba cuenta de los estragos que la noticia había hecho en ella. En pocas horas, el peso del tiempo había cincelado en su rostro nuevas arrugas, las primeras. Sobresaltada, no cejaba en mover los manos, cómo si tanta actividad la aliviase, descargando su pesar, haciendo más digerible el mal trago.

En el hospital supieron que el chico se llamaba Ismael gracias a su teléfono móvil, artilugio que se había convertido ya en un apéndice más, en un sexto dedo. En la libreta de direcciones, un nombre ,“amor” hizo pensar a la chica de admisión que despachaba los asuntos administrativos que sería el teléfono de su chica. Llamó y acertó. La persona que le atendió al otro lado de la línea se quedó muda. No gritó. Parecía que siempre hubiese esperado esa llamada, el fatal desenlace, el quebrantamiento de su felicidad, la constatación de que la vida era un valle de lágrimas. Gracias, dijo y colgó.

Ismael había entrado en coma. El impacto contra el asfalto había sido brutal. Lo increíble es que a esas horas aún estuviese con vida. El doctor no se aventuró a dar un pronóstico. Mucho menos a cimentar falsas esperanzas. Fue tajante. Las posibilidades de salvación son ínfimas. No todo está perdido, pero debe de estar preparada para lo peor dijo apoyando la mano, con ternura en el hombro de ella. Pensó que no lo escuchaba, que la chica estaba muy lejos de allá, con la mirada perdida a saber en que pensamiento. Al final lentamente asintió.
El doctor la vio alejarse lentamente, arrastrando los pies.

En el enamoramiento se impone el deseo, la atracción física, el torrente sexual no requiere de parrafadas, de datos, de fechas, de palabras entorpecedoras. Nunca antes Ismael le había hablado de su familia, de sus amigos o del pueblo del que procedía. Nada. Así se lo hizo saber él, la primera vez que se besaron. Acabo de nacer ahora, tú me has dado una nueva vida, eres mi compañera de viaje, la persona que quiero comparta mi vida de ahora en adelante. Todo lo anterior no existe. Olvidémoslo. Nunca te hablaré de ello. De hacerlo mis heridas nunca cicatrizaran. Ella lo miro largo rato, buscando los porqués a tan extraña conducto detrás de sus ojos ocres. Al final cedió. Está bien. Borrón y cuenta nueva, cogió su mano y lo besó. Yo te bautizo dijo derramando el contenido de su botella de agua sobre su cabeza. Ismael sé bienvenido a la vida, yo seré Eva y tú Adán.

Ahora ella lamentaba haber aceptado sus condiciones. Quería llamar a los padres de Ismael, si es que vivían. Ponerles al tanto de la situación. Repartir la responsabilidad entre sus seres queridos. Y debía hacerlo pronto. Antes de que la cosa fuese a mayores y la realidad se plasmase en paletadas de arena sobre una caja de pino.
En el hospital le hicieron entrega de las pertenencias personales de su chico. Rebuscó dentro de una mochila de cuero, ajada, de la que Ismael nunca se desprendía. Encontró una cartera pequeña de tela. La abrió. Encontró un pequeño papel arrugado y amarillento que recogía tres palabras. Los datos personales de alguien pensó. Llamó a un amigo suyo pirado por los ordenadores, al que siempre recurría para estas cuestiones, el cual tenía la sorprendente habilidad de resolver sus dudas en cuestión de segundos.
Apunta el número que te voy a dar. Y la próxima vez espero que me tengas preparado algo más complicado. No hay vida sin riesgo, dijo entre risas. Lo intentaré, respondió ella despidiéndose, al borde del llanto.

-Sí, soy yo respondió. Sí, ¿cómo no voy a conocerlo señorita?, Ismael es nuestro hijo. ¿A Madrid?. Lo siento, no tenemos coche. Tendríamos que desplazarnos hasta Albacete y luego coger allá un autobús que nos llevase a la capital. ¿Haría usted eso?. ¿ No es mucha molestia?. De acuerdo entonces, nosotros le esperamos. Hasta mañana.

Regina no sabía que hacer. En el hospital sólo podía pasar las horas muertas velándolo. Necesitaba salir de allá. La atmósfera era opresora y odiaba el olor característico de los hospitales. Iría a recoger a los padres de Ismael al pueblo y los traería ante él. Eso aliviaría su carga, y rebajaría su dolor.

….continuará….

© Chufowski