No pegó ojo en toda la noche. Su corazón se encabritaba sin que pudiese hacer nada al respecto. Oía el eco de sus latidos dimensionados en su pequeña habitación. El aire le faltaba, creía ahogarse. ¿ Cómo podía estar en coma, al borde la muerte, ese chico simpático, pura vida, que la miraba sonriente desde el retrato situado sobre la mesilla de noche? . El chico que la hacía sonreír sin esfuerzo y del cual estaba locamente enamorada. Las cosas no podían ser así. No se podía pasar del ser, al no ser, en un abrir y cerrar de ojos, no era tolerable, no era justo. Lloró con rabia, con desesperación, con infinita tristeza. Sentía que se había hecho mayor de golpe; que la vida la había acorralado en un callejón, y que una hoja de acero acariciaba su gaznate. Le habían robado su juventud, su futuro, sin poder oponer resistencia. El destino había enseñado sus cartas y a ella le había tocado bailar con la más fea, convidada de piedra en una partida amañada.
Todo se había hecho añicos de repente. Quizá Ismael regresase, o tal vez no. Y si regresaba era muy probable que ya no fuese ese chico divertido y alegre, poseedor de una sonrisa maravillosa, si no otra persona; ochenta kilos de carne y prolongaciones de cables.
Un cuerpo incapaz de amar, de soñar, de reinventar la realidad. Intentó dejar la mente en blanco. No pensar. Era imposible. Un torbellino de negros pensamientos confluían en un mismo punto, haciendo que sus sienes latiesen aceleradamente. No aguantaba más. Se incorporó y salió a la calle. No había refrescado apenas y la temperatura era similar a la tarde; un bochorno espantoso e insufrible. Al final de la calle una cafetería permanecía abierta. Entró. Se daban cita en el local los más madrugadores, y los que terminaban su turno de noche. No eran aún las seis de la mañana y Regina sentía su cuerpo pesado, como si anduviese a contracorriente por una playa de gruesa arena y cada paso implicase un esfuerzo cada vez mayor. Tomó asiento. Bebió dos cafés solos, bien cargados y se sintió algo mejor. Su mente se despejó, lo cual no suponía pensar con lucidez. Todo era confuso. Ójala fuese un sueño pensó. Que no daría por ir a dormir y al levantarse encontrar todo en perfecta sintonía, oír la voz de su chico al otro lado de la línea, pasear juntos, recostarse sobre su vientre bajo la sombra de un árbol. Pero la realidad se imponía, manifestada en los rostros cansados de esas personas vencidas, que a su lado, pasaban la página de otro día más, que se había ido por el sumidero.

Pensamos que había muerto, dijo Rosauro, el padre de Ismael, en el coche, camino de Madrid. Desapareció un día y nunca más lo volvimos a ver. No llamó. No escribió. Nunca, ni al principio, ni luego. Lo dimos por muerto. Las noticias de los telediarios no eran alentadoras, rara vez en estos casos la cosa terminaba bien. Nunca supimos por qué se fue. Le queríamos, le dimos todo el cariño que pudimos ofrecerle, lo hicimos lo mejor que supimos. ¿era muy buen estudiante, quería ser ingeniero sabe?. Días antes de su desaparición su madre sintió algo raro en él. De la noche a la mañana se retrajo y dejó de hablar. Su mirada nos asustaba, parecía un lobo al acecho. No era el mismo de siempre y pocos días después nos dejó. Nadie sabe lo que hemos pasado. Noches y días enteros llorando, sin entender nada. Tras su desaparición nuestra vida ya volvió a ser igual. Nos ha consumido la amargura.

Regina asentía. Ismael era un calco de su padre; los mismos gestos y ademanes, ese tic nervioso que tanto detestaba ella y que consistía en hurgar en su nariz con los dedos, buscando no sé que cosa, o el baile del sambito, ese continuo movimiento de piernas que la exasperaba. Regina les contó como había conocido a su hijo. Como de la amistad habían pasado a mantener una relación de pareja que cumpliría su primer año el lunes próximo. Luego entró en harina. Les contó la situación, sin edulcorantes, palabra por palabra reprodujo las palabras del facultativo. Era muy probable que Ismael no saliese con vida del coma. No se podía hacer nada. Solo esperar.

Ya en el hospital las defensas cayeron, los sentimientos se desbordaron y afloraron las lágrimas. Los padres lloraban por el reencuentro con su hijo, al que volvían a ver, postrado en la cama, ausente. Isabel, la madre de Ismael que hasta ese momento había permanecido en un segundo plano, asintiendo a cuando su marido decía, se acercó a Regina y disponiendo sus pequeñas manos sobre las húmedas mejillas de la adolescente, le dijo, vivirá, Dios no lo quiere aún a su lado, ve a descansar, te hará bien. Gracias por todo hija.

No podía abrir los ojos. Soñó. Las imágenes eran borrosas. Cuerpos en movimiento. Luz regándolo todo. Y frío mucho frío. Un frío paralizante. Temblaba y no conseguía controlar el tembleque. La imagen desenfocada ganaba en nitidez. Visualizó un escudo de alabastro sobre una fachada de piedra, dispuesta encima de un gran portón de madera. Le resultaba familiar. También las calles y la pequeña ermita que se alzaba sobre la cresta de la loma. Era su pueblo. La puerta se abría sigilosamente, una figura alargada se asomaba y miraba tímidamente a izquierda y a derecha. Asomó un píe luego el otro, pegado a la pared avanzó unos metros. Se perdió por un camino flanqueado por árboles. No le costó trabajo reconocerse en esa figura. Así era como había abandonado todo lo que hasta ese momento había sido su vida. De una manera no premeditada ese hecho se repetía machaconamente una y otra vez en su subconsciente, agitándolo. Logró abrir los ojos. Parecía un hospital. No sabía que hacía allí. Movió las piernas y los brazos, todo estaba en orden. Liberó sus miembros del cableado y probó a incorporarse. La cabeza le daba vueltas y una náusea le provocó una arcada. Sentía el estómago vacío. No reparó en la persona que dormitaba en la cama de al lado, se vistió, comprobó que en su bolsillo llevaba unos euros, y abandonó el hospital sin que nadie le diera el alto.

Había escasa actividad a esas horas de la noche en las calles próximas al hospital. En el bolsillo trasero de su pantalón encontró la llave de su apartamento. Encontró todo en orden. Se lanzó de bruces sobre el colchón y acto seguido estaba dormido.

….continuará…

© Chufowski