Episodios Regionales.
Devaneos de un Logroñés desnortado.
I. La senda de los elefantes.
Enfiló la calle Laurel con paso vacilante. Quería huir de la sombra viscosa, la presencia espectral que le asustaba, un presagio que como el verbo, luego se haría carne, que lo acechaba al salir de cada bar. A pesar de la desazón dio cuenta de unas orejitas trisconas en El Perchas, se zampó una zapatilla en Juan y Pinchamé, después un cojunudo en El Simpatía, pidió un matrimonio (no sabemos si homosexual o heterosexual) en el Blanco y Negro, unas patatas bravas en el Jubera, ultimó un pincho moruno en el Paganos, degustó la untuosa y chorreante tetilla casi líquida que se desparramó por su gaznate y antes de dejar la senda se ventiló un tío Agus. Todo ello lo regó con vino crianza de la tierra de marcas varias: Prometedor, Presagio, Pergamino, Latente, Antaño…..
Se dejó veinte euros en poco más de media hora por La Senda de los Elefantes, pero en algo debía gastar su botín, se decía así mismo, como si invertirlo en solazar sus sentidos con buenos manjares y caldos fuera menos pecado que dilapidarlo frente a una máquina tragaperras de luces magnetizadoras.
Con el entendimiento brumoso por la ingesta del néctar granate, antes de irse al suelo, trastabillando, se agarró a una figura hercúlea que lo mantuvo en pie, elevado del suelo medio palmo, pataleando como un bebé en una trona. Le costaba respirar, pero la soga cárnica en su cuello, con forma de mano cuyo dorso recorrían venas abultadas como cinceladas por un picapedrero, lejos de aminorar la presión, presentaba cada vez una mayor rigidez.
Cuando su oreja derecha estuvo a la altura de los labios de esa especie de Poseidón, éste con una voz que parecía provenir de un pozo sin eco, le detalló que lo iba a abrir de arriba abajo en busca de lo que le había robado.
- Me haré unas morcillas con tu sangre si es necesario, dijo el forzudo. Esa fue su carta de presentación.
Luego lo estrelló contra la pared, como un plato en un día de furia o de celebración, y tras patearle los riñones, le instó a hablar.
-¿Dónde está?.
Las manos en la zona lumbar. La cara congestionada.
- Lo siento, no soy nada curioso. Me importan un bledo tus preguntas.
El puñetazo, por otra parte esperado cuando uno se sobrepasa de listo, sonó como el crujido de una nuez quebrada por el cascanueces.
Un venero de sangre corrió desde su nariz hasta abrevar en su boca.
- Dulce, ¡cómo a mí me gusta!…no me vendrá mal algo de glucosa. ¿Ladrón yo?, Qué va, yo sólo soy un jardinero que poda cactus al amanecer, el hijo bastardo de la noche, el alma solitaria de la fiesta, el que cierra los bares, un náufrago del presente desoyendo los cantos de sirena del mañana, ¡ese soy yo!, no quien tú buscas.
El siguiente puñetazo le inflamó la carne que circunda el ojo, amoratándolo.
- Mátame si quieres, arráncame la piel a tiras si te va ese rollo, me ofrezco como tu San Bartólome particular, préndeme fuego, decapítame, empálame, sea tu voluntad, pero no contestaré a tus preguntas. Picas piedra.
El verdugo calibró la situación. Si tensaba demasiado la cuerda, lo más probable es que aquello acabara mal para su víctima, y aún peor para él, en el caso de no recuperar el dinero.
- Está bien, vamonos a picar algo tú y yo. Lo incorporó y en volandas lo llevó hasta la barra de un bar anejo, donde comieron una ración de setas y una brocheta de sepia a la plancha mal descongelada. La camarera se interesó por la salud del damnificado. Los ojos de ella mostraban sorpresa y miedo pero también el arrojo necesario para hacer una llamada a los maderos.
- Esta es su última voluntad antes de morir, le dijo guiñándole un ojo y acercándole un billete de cincuenta euros por debajo de una servilleta, donde estaba escrito el nombre del bar con letras negras rodeando un escudo, atravesado por dos espadas en aspa.
La camarera guardó el billete, orilló su curiosidad y les sacó unos mejillones, y unos calamares a la romana.
- Esto resucita a un muerto, musitó, para sus adentros el Lázaro del siglo XXI, porque apenas era capaz de articular palabra. A pesar de los golpes, de la cara descompuesta, seguía tomándose a broma su situación. A uno no le zurran la badana todos los días pensó.
- Pocas cosas hay más sabrosas que un mejillón de roca en su jugo. El día que suban de precio, entonces todos reconocerán sus virtudes. Somos siempre así de estúpidos.
Al lado suyo el verdugo asintió, levemente sorprendido por lo cabal de las apreciaciones de ese guiñapo.
- A ver, centremos la situación.
Poniendo una mano rocosa en el pescuezo del retenido le obligó a mirar hacia abajo. Creyó este entonces que su atacante era un maniaco sexual, el cual tras mostrarle su entrepierna abultada, le ofrecería luego chorizo de cantimpalo a modo de estilete, ensartándolo, que lo sodomizaría antes, para luego tirarlo como a un perro eviscerado en cualquier cuneta. Pero no, aunque el señor X se ruborizó discretamente al comprobar el efecto que su voluminoso paquete había causado en su presa, le hizo ladear el cuello, hasta fijar la mirada en un reflejo metálico, proveniente de un arma bien lustrada que asomaba por encima del pantalón
- Una buena suma, eh. Tres mil euros justos. Seis billetes de quinientos. Unos pocos gramos. Una superficie mínima. Un mínimo orificio.
- Te ofrezco la última oportunidad de salir con vida de esto.
- El calcio es bueno para la memoria. Una tabla de quesos me vendría muy bien
La mano fue en busca del arma.
- Está bien, está bien, te daré lo que buscas, pero no aquí.
La calle comenzaba a llenarse de gente que buscaba un rato de ocio gastronómico probando los pimientos, las carnes, los champiñones, las setas de la tierra, degustando las creaciones de los bares que jalonaban la calle ofreciendo todos ellos diferentes tapas. No era la Laurel otra cosa que, además de visita obligada de todo turista a su paso por Logroño, un punto de encuentro adecuado donde dejar apartado el estrés semanal, el aliento de la crisis, el lugar propicio para la charla, la risa y la celebración: una manifestación pues del goce de vivir.
Apartados del bullicio, bajo la sombra estéril, dada la hora, de un árbol frondoso, cantó.
- Lo gasté.
- Imposible.
- Lo gasté.
- Imposible.
- Lo gastt.
- Imposible
- Lo gassss
- Imposible
- Lo gaaaa
- Imposible
- Lo ggggg
- Imposible
- Looooo
- Imposible
- ellll
- Imposible.
Caían los puñetazos, las letras, también los dientes. El Ratoncito Pérez de buena gana se hubiera declarado en huelga ante tamaña labor.
Le tomó el pulso. Vivía. Podó la camisa dejándola sin mangas de un par de tirones. Bajó sus pantalones. Dos piernas blancas, de pelo ralo y rodillas resecas afloraron hiriendo la negra noche con un sarpullido de algodón. Por debajo del calzoncillo asomaba un trozo de papel sonrosado con trazas de billete. Lo giró. Del ano asomaba un cordel, una porción de hilo insignificante, sólo aparente para ojos escrutadores. Tiró con cuidado. Hubo un suspiro y luego otro, y otro más, o quizá fueran estertores. Surgieron como por arte de magia tres bolas chinas, trasparentes. De su interior, tras pasarlas por el agua de un botellín que siempre llevaba consigo, extrajo cuatro billetes. Cogió el quinto del calzón, y encontró otros cuatro billetes verdes en el pantalón tirado bajo el banco. Total dos mil novecientos euros.
Matar por una cantidad ridícula. Miró los montes difuminados, en lontananza, bajo un cielo que se apagaba y hubiera querido perderse en cualquiera de ellos, de buena gana hubiera arrojado el móvil y su cartera al contenedor, se hubiera desprendido de su identidad y de la ropa, y recobrado su vida anterior, la que tenía antes de entrar a trabajar para el Sr. Majestic, pero sabía que no podía escapar, lo sabía desde hacía mucho tiempo. Desde que las voces interiores fueron bramidos, convertido él también en una bestia, puro instinto. Matar le calmaba, aplacaba sus ansias y le daba una tranquilidad que ninguna otra actividad le profería. No era felicidad, era otra cosa, un alivio momentáneo el que experimentaba al apretar el gatillo o emplear sus manos letales.
El puño cerrado del perro apaleado, se distendió y allí encontró otros ochenta euros, hechos un zurullo. Extrajo entonces de su cartera veinte más y completo la cifra. Tres mil. Sonaba tan bien como toda cifra redonda. Misión cumplida. Se sintió un buen profesional. Miró su reloj. Tiempo de ejecución: 88 minutos. Erguido y ufano como un guerrero sabedor de su poder, curtido en mil batallas, pasó bajo el Arco del Revellín también llamado Puerta de Carlos V.
Frente al Parlamento el chófer del Sr. Majestic abrió la puerta del Audi metalizado.
- Entra, dijo una voz nacida de las vísceras del auto.
Está fuera de peligro, afirmó un sanitario dirigiéndose a un compañero, tras comprobar las constantes vitales del tullido. El cual, acto seguido, fue devorado por el estómago de una ambulancia que lo llevaría al San Pedro, sin obligarle, o ese era su deseo, al menos de momento, a rendir cuentas.
II. San Pedro
A consecuencia de sus actividades ilícitas: hurtos y robos de pequeña intensidad, acudía magullado con frecuencia al hospital, donde dormía a pierna suelta. Su estancia se la tomaba como unas vacaciones pagadas. Un hotel de lujo, donde los gastos de manutención y alojamiento corrían a cargo de la Seguridad Social ¡bendito sistema universal! Todo le dolía, o eso decía. Los médicos no se atrevían a mandarlo a casa antes de tiempo, a fin de evitarse reclamaciones. Se tiró así una semana en el hospital. No tenía ninguna prisa en marcharse. El hospital, a estrenar, era muy grande. Sus pasillos eran tan largos que se podría haber disputado una carrera de cien metros por ellos sin doblar una esquina. De las habitaciones, el ochenta por ciento sólo tenían una cama, como la suya, evitando tener que compartir intimidades con nadie. Había un televisor grande de pantalla plana frente a la cama, que suplía la compañía humana. El aparato le puso al día de los comentarios de La Reina, recogidos en un libro de una diminuta periodista convertido en superventas y los ríos de tinta que se habían vertido tras su publicación. Supo del intento de suicidio de una famosilla que estuvo casada con un boxeador, de un alcalde corrupto que salía de la cárcel con el pantalón a la altura del ombligo para irse a una cadena de televisión a contar sus cosillas a cambio de un pastón, de ciclistas que se dopaban tan malamente que siempre los cazaban, de jueces corruptos que no reconocían matrimonios del mismo sexo, de explosiones y atentados por todo un planeta regado de sangre, de la bajada del precio del petróleo, del estallido de la burbuja inmobiliaria, y los millones de parados que hacían cola en las listas del INEM, de la décima edición del Gran Hermano cuyo final vieron más de siete millones de personas, de una Presidenta de la capital del Estado convertida en una heroína tras un atentado, carnaza de cómic ¿SuperEsperan-zas?, que luego sería noticia de nuevo por unos actos de espionaje.
Vio series con mujeres feas que resultaban ser hermosas, de series españolas policiacas que imitaban a las americanas, se río a carcajada limpia con un sinfín de consejos para mejorar la salud impartidos por presentadores impostados, vio a gentuza tirarse los trastos a la cabeza y llamarse de todo, incidiendo en el tema sexual empleándolo como arma de destrucción masiva.
Después de comer y echarse la siesta, veía a personas en el monitor con conocimientos enciclopédicos, que sabían de todo, lo mismo de música que de fauna o flora. Sabían y ganaban una ridiculez cada día. Una décima parte o menos de lo que ganaba él con cada trabajillo que hacía, y sin tocar un libro.
Comió mucho y bien y ganó algo peso durante la semana. Su rostro se sonrosó, recuperó fuerzas y ya restablecido, una mañana se despidió de las enfermeras, del doctor, del personal de admisión y tras asombrarse con la colosal altura de las columnas y las lámparas con forma de erizo de la entrada salió a la calle con lo puesto: un pantalón roto, una camisa sin mangas y unos zapatos sin cordones. En la puerta tiritó. El frío lamía su enjuto cuerpo, estremeciéndolo. Echó a correr para entrar en calor, cruzó la circunvalación, atravesó Tirso de Molina, hasta llegar a Avenida de la Paz. Antes de entrar en el Manhattan ya había soplado una cartera en un encontronazo casual. Había de sobra para un desayuno completo: café solo, tostadas con aceite y zumo, para un par de farias y un copazo de coñac y aún le llegaría para comer y cenar a cuerpo de Rey un buen número de días. Le bastaban los cuatro elementos: dinero, café, mujeres y tiempo.
Agua y Jardín había podado los árboles del bulevar y la calle parecía otra, más ventilada y luminosa sin la protección vegetal que tenía el resto del año.
Haciendo oes con el puro se fue relajando. Hacía calor en el local y el murmullo de las conversaciones que llegaban hasta él lo fueron postrando en un duermevela del que saldría un par de horas después.
III. Comer, beber, el rollo de siempre….
El codazo recibido le hizo saber que era hora de ahuecar el ala. Salió del local adormecido, con los sentidos abotargados de nicotina y alcohol. Se metió para el cuerpo un Kebab de pollo en un garito turco que tanto habían proliferado en la ciudad los últimos años. Le gustaba comerlos con un poco de todo; bien de lechuga, tomate, pepino, yogurt y mucha carne de pollo. No le gustaba el olor que desprendía la comida, pero era una buena manera de llenar el estómago por poco más de tres euros. A mediodía la calle Portales estaba atestada de coches y camiones en doble fila. A pesar de ser una calle peatonal, las ordenanzas eran permisivas con los transportistas que durante unas horas dejaban los camiones estacionados en la calle para atender los pedidos. También se colaba algún listo que circulaba por la calle como si esta no fuera peatonal, de ahí que casi todo el mundo caminara por las orillas, como si guardaran memoria de cómo era la calle Portales antes de ser peatonalizada.
En la calle San Juan algunos bares ya habían abierto, y si bien no tenía la fama de la Laurel, se podía disfrutar de buenas tapas. Degustó unos bocadillitos de jamón serrano con pimiento verde y queso de Los Cameros, remató con un par de torreznos y empapó su alma con un caldo crianza que lo llevó al séptimo cielo. Le gustaba Logroño, sus bares, sus tapas, su vino excepcional. Ya solo el olor que respiraba al caminar por San Juan le predisponía al goce, amansaba su furia y le hacía sentirse en consonancia con todo, hasta con las hojas secas que el otoño producía alfombrando las calles con tonos ocres.
Además en San Juan, al contrario que en la calle Laurel no todo eran bares y restaurantes, ya que había carnicerías, panaderías, tiendas de restauraciones, de alimentación y librerías, las cuales captaban poco su atención, salvo cuando la editorial Taschen mostraba mujeres de senos voluptuosos, en alguna edición reciente, que recogía la obra de algún fotógrafo alemán reconocido como Newton.
A pesar de la recuperación sanitaria, el cuerpo le dolía por todas partes, y en ningún sitio en concreto, pues cuando se exploraba y palpaba no era capaz de encontrar ese punto que originara la molestia, como si a alguien le pidieran que fragmentara el amor en pedazos, él tampoco podía hacer lo propio con ese dolor que sentía como algo indivisible.
Algunos movimientos de cabeza, de quienes se cruzaban en su camino los entendió como saludos, si bien su estado de embriaguez apenas le permitía discernir los amigos de los enemigos, bando en el cual militaban la práctica totalidad de las personas con las que pudiera toparse en su deambular, dado que de hacer la criba, grosso modo, no tendría más de dos amigos.
Dejó San Juan achispado y busco el socaire de los Portales, pues el cielo escupía agua y sin prisas iba calando a quienes se exponían a ella. Se entretuvo visitando unos locales de Chinos, que habían instalado allí sus comercios, vendiendo de todo, menos comida. Le pareció increíble que hubiera tantas cosas a tan bajo precio y más increíble que la gente comprara objetos que a menudo sólo podía usar una vez antes de tirarlos a la basura. Pero los tiempos modernos eran tiempos acelerados de compras compulsivas y nadie quería llevar diez años los mismos zapatos ni tres temporadas la misma ropa, aunque quizá la crisis mudara tales hábitos. Los Chinos ofrecían retales, camisas a tres euros, DVD sin canon, fundas para los mismos, toda suerte de envases plásticos, flores, abono y celofanes. Lo difícil era no encontrar algo en esos recintos, de pasillos estrechos, atestados de objetos hasta el techo.
El reloj de tres esferas de la Concatedral de La Redonda marcaba las dos. Buena hora para dejarse caer por la pensión. Subió las escaleras calcándose en la barandilla, con los ojos entreabiertos o entrecerrados. La llave buscó la hendidura, sonó el cric certero y frente al colchón se desplomó, con el ánimo de un ajusticiado tras el paseíllo
IV. Cambio
Paca enseñó los dientes amarillentos y alternos a modo de saludo. Esto no afectó el ánimo de su inquilino, pues sabía que bajo el pelo enmarañado y grasiento, tras el ralo bigotillo improvisado hecho de jirones y la bata rosa abultada por las morbideces se guarecía un alma generosa, que necesitaba de un carácter abrupto, de palabras como gruñidos, para preservar su alardeada figura maligna ya vencida por los años. Hasta la fecha Paca nunca le había negado un favor, salvo los sexuales, que se los tenía prohibidos, pues desde que regentaba la pensión hacía ya un puñado de décadas, nunca había querido mezclar el trabajo con el amor y si bien había tenido buenos sementales a los que de buena gana hubiera cabalgado en noches de humo y pasodobles, cuando sus carnes triscaban y eran duras, cuando el labio leporino aún no había convertido su rostro en una mueca absurda, siempre se mantuvo fiel a su promesa, lo cual en más de una ocasión la había llevado al borde del llanto, y ahora a toro pasado creía que tal decisión había sido una supina estupidez, una forma de malgastar su cuerpo serrano frente al televisor, de desoír el grito de la naturaleza salvaje que con piezas masculinas le susurraba al oído gemidos y promesas que durarían hasta el amanecer, pero promesas jadeantes al fin y al cabo. Se había mantenido pues fiel a sí misma y a estas alturas, pasados los cincuenta, sólo pedía no sufrir demasiado de los huesos, que la tenían siempre con la mano en la cadera, arrastrando la pierna izquierda, maldiciendo por los escalones que fregaba con tanto empuje que las baldosas se agitaban a su paso.
Tomó un café del día anterior con leche. Empapó galletas rancias que se disolvieron creando una mezcla viscosa cuyo aspecto alentaba a la arcada, pero que le supieron a gloria. Sólo quería algo caliente y la leche ahumaba, creando nubes que se estrellaban en su rostro cirúleo, calentando sus mejillas y aliviando su modorra, ante esa sauna diminuta que mojaba su rostro trayendo a su mente los vahos a los que su madre le obligaba cuando estaba acatarrado, en sus años escolares, sudando en su confesión frente a un cacillo de agua hirviendo con eucalipto que desprendía un olor inconfundible que le despejaba no ya las narices sino que limpiaba también su rostro de impurezas, dejándolo suave como las nubes de algodón.
Paca le hizo saber el día del mes que era, arrugando la frente, concentrando toda su energía en el masticar aborrecible de una sustancia que buscaba una vía de escape por las comisuras de sus labios. Día de pago. El moroso introdujo las manos en los bolsillos y dispuso toda la quincallería sobre la mesa, frente a la mirada atenta de la dueña. No está mal, no está mal, dijo la mujer guardando la suma, algo más de doscientos euros en los bolsillos deshilachados de su mandil. - Crédito para un mes. Complacida y ufana, sin que la risa estallará en el rostro orondo de la señora, rellenó la taza con manchas de carmín en el borde, de leche que el sediento ventiló en un santiamén, cerrando la puerta tras él de un portazo, algo que Paca odiaba a muerte. Envuelto en gritos e improperios bajó por las escaleras a grandes trancos, sorteando en el comienzo de la escalera los agijonazos de la fregona de Paca, sin osar a pasar del rellano, como esos perros guardianes cuya fiereza es atemperada por una cadena.
V. Biblioteca Municipal
Al dejar la pensión, guarecido bajo los soportales y a través de los ojos de piedra vio la fina lluvia formando pequeños arroyos sobre los adoquines de granito. El cielo ceniciento escupía bilis que dejaba las calles desiertas y los portales atestados de gente apretujada esperando que acampase. Sentía un ligero dolor de cabeza, una migraña que todavía no había tomado forma en su cabeza, sin llegar a importunarle. Frotó los ojos con las palmas de las manos, la barba pinchaba y emitía un sonido similar al de la hierba sin segar. Nada había cambiado. El bar a su espalda, el ahora húmedo, el corazón con sus latidos en la sien. Enfiló la calle Portales y en la Plaza de San Agustín, frente al Museo de La Rioja se entretuvo ojeando los escritos que había en la puerta cerrada, con acusaciones de grupos políticos, tirándose los trastos los unos a los otros. El caso era que el Museo llevaba ya unos cuantos años cerrado y no se esperaba una pronta apertura. A su lado, quizá por solidaridad entre inmuebles, había otro edificio majestuoso, el de Correos, al que además de haberle cambiado de color, pasando del azul y blanco a un marrón propio de castillo de arena playero, y ser rehabilitado en su totalidad, una vez acabadas las obras, había sido cerrado a cal y canto porque las mismas cabezas pensantes que habían hecho el proyecto habían decidido una vez ejecutado que el inmueble no era nada seguro, así que allí llevaba unos años cercado por unas vallas metálicas, testigo mudo de las juergas que la gente se corría en El Fax, un bar con un alud de mesas, donde saciaba su sed, trasegando jarras de cerveza de litro en copas heladas las tardes veraniegas. Restaban unos cuantos meses para el verano pero pensar en ello, con el frío que sentía, le puso de mal humor, o más bien le entristeció, y así, abatido, cruzó bajo la gran puerta roja de la biblioteca de La Rioja.
En el interior hacía un calor de mil demonios. Un aire propio del averno que le impedía respirar, ahogándolo. Ya en la primera planta caminó hacia la zona donde estaban los periódicos. Encontró una silla libre y agarró el Heraldo de Aragón. Era un periódico perfecto que le hizo las veces de manta. Lo abrió, cogió postura y se lo echó por el vientre, ladeando luego la cabeza. No era el único que buscaba refugio en la biblioteca. Otros como él pasaban allí, provenientes de la cocina económica, las horas muertas, al calor, desparramados en las cómodas butacas, entregados al sueño. Tras la breve siesta la piel de papel había desaparecido. Miró en todas las direcciones pero nadie había reparado en él. Sintió el poder de la invisibilidad, lo maravilloso que sería andar a sus anchas sin ser visto, birlar carteras sin tener que ofrecer la menor habilidad, curiosear en el cuarto de señoras, sin correr ningún riesgo, gozando de todas las ventajas de un voyeur a buen recaudo, preservado por su no presencia. En esos derroteros mentales se despeñaban los minutos mientras miraba los rostros de los allí presentes. Se incorporó y fue hacia la puerta, donde se encontraban las novedades editoriales dispuestas en estanterías, con toda clase de géneros, desde la poesía hasta el ensayo, se dirigió entonces a la segunda planta donde estaba la sala de lectura y el préstamo de cedés y devedés. El guardia de seguridad lo miró de arriba abajo con aire indolente, escupiéndole con la mirada. Sin darse por aludido, sin que su aparentemente su orgullo se resintiera lo más mínimo –aunque de buena gorra le hubiera dado un par de hostias- entró en la sala, menos caldeada que el resto. Miró las novedades y cogió un deuvedé. En la portada aparecían un hombre y mujer, en una foto en blanco y negro. La mujer le pareció muy atractiva. El pelo largo le caía sobre los hombros como una mano cariciosa. La llevó al mostrador, le atendió un funcionario que se quitó los auriculares para poder escucharle. Llevaba un peinado estilo Anasagasti, una loncha de pelo, que le nacía en la coronilla y que había cruzado de lado a lado de la cabeza, sobre la frente, pero que al pasar el deuvedé por la maquina, y agachar la cabeza mostraba las carencias del ardid capilar. Se fue con el deuvedé prestado hasta las mesas del fondo de la sala, donde había un monitor y un reproductor. La película era en francés con subtítulos. Unos hombres estaban sentados en un suelo, hablando de poesía. Era el 68 francés. Él gustaba tanto del 69 como del francés, pero la película le pareció un tostón. No pasaba nada de nada. Y la chica de la portada no aparecía por ninguna parte, así que devolvió el deuvedé al funcionario que lo miró perplejo, dilatando las pupilas, sin quitarse esta vez los auriculares y buscó el aire fresco de la calle.
VI. Preñado de frío.
El contraste de temperatura y su escasa indumentaria -una camisa deshilachada y raída de algodón bajo una cazadora de cuero negro- le hizo estornudar. Se encaminó hacia la calle Mayor, perpendicular a la Biblioteca y a la altura de la Panadería Primi, atraído por un aroma embriagador, entró y compró un bollo de pan relleno de chorizo, conocido como preñado. El pan se desangraba y lamió el jugo grasiento con avidez. Estaba recién hecho y la masa caliente entró en su cuerpo como un cuchillo caliente trabajando un bloque de mantequilla, derritiéndose de placer.
Una vez fuera y en movimiento, pasaron a su lado dos jóvenes dando palmas, uno de ellos, el más recogido llevaba una guitarra parcheada, que tocaba con poco arte y mucha profesionalidad. El más alto de los dos cantaba con gracia -émulo de Camarón y de pareja apariencia- el cabello claro, largo y rizado, con tirabuzones sobrepasaba sus hombros y ocultaba la mitad de su rostro barbado, dejando a la intemperie una nariz. En el pecho peludo, un matojo sobre la camisa abierta, un colgante de oro del tamaño de un puño con la cara en relieve de “El Maestro”. En la calle Mayor, la más principal hace siglos, que tenía más de cien números, una docena larga de edificios habían sido derribados los últimos meses dejando solares vacíos, paredes supervivientes alicatadas, vigas de madera como armazones de bancos abandonados en cualquier playa. El resto de los edificios no mostraba mejor aspecto, con fachadas sucias y ajadas, escaleras sin pintar, paredes descascarilladas y balcones a los que se asomaban niños y perros. No obstante si que se veían algunas actuaciones urbanísticas, un edificio restaurado donde albergar a los amantes de las setas, otras construcciones dedicadas a oficinas y viviendas que el frenazo económico había dejado a medio hacer o que una vez acabadas no encontraban compradores y se vendían al mejor postor, con los cristales tapados con los nombres de distintas inmobiliarias, de las pocas que iban quedando, tras la purga que la recesión había hecho en el sector.
Si seguía recto hasta el final de la calle llegaría al Hospital, si cambiaba de sentido se encontraría ante la Puerta del Revellín, donde hacía días había recibido la monumental tunda orquestada por el Señor Majestic. No quiso tentar la suerte y siguió recto, apurando el preñado. Cuando llegó al final de la calle, ya en la Avenida de Viana, dejó el Hospital a su derecha, y en la rotonda frente a un hotel de reciente construcción, decidió cruzar el Puente de Piedra. El río Ebro bajaba manso. El agua era un de un color terroso y parecía poco posible que allí pudiera haber peces, pero las cañas de hombres pegadas a la barandilla afanados en la labor desmintieron esta creencia. Divisó unos patos, junto a una isla diminuta que nacía donde moría una cascada de medio metro de altura. Frente a él tenía la cúpula de la Plaza de Toros, a su izquierda el antiguo matadero reconvertido en Casa de las Ciencias, la cual nunca había visitado, pues su interés por las ciencias era el mismo que el que sentía por las letras.
Finalmente se habían decidido a construir al otro lado del Ebro y en el paraje aislado donde estaban las Piscinas de las Norias, rodeándolas por la parte que no daba al río, vio infinidad de edificios ya acabados con ropa tendida en los balcones, coches aparcados en las aceras, algún bar abierto, y muchas grúas y máquinas removiendo la tierra. El recorrido le ocupó un par de horas y le abrió el apetito. A pesar de su escasa altura y peso, siempre tenía mucho apetito y poco dinero para saciarlo. De regresó sopesó sus opciones, podía comer en la pensión o bien arreglarse con un bocata de tortilla de patata en la calle San Juan. Destemplado como estaba, tiritando y con los dientes rechinando en su castañeo, pensó que no le vendría nada mal un plato caliente de lo que fuera.
Paca estaba frente al televisor. Reconoció la sintonía del Telediario de la primera, que tarareó, animado por el calor que hacía en la cocina. El frío lo entristecía, el calor lo alegraba, por eso pensaba que el Demonio era un tipo con mala fama al que valdría la pena conocer.
-¿Comes?.
Asintió, con la caída de ojos propia de un galán de telenovela.
Las lentejas estaban para pegar carteles, el chorizo amojamado y el tocino debía de haberse deconstruido porque lo sentía pastoso en el paladar pero no lo veía por ningún lado. Agradeció el manjar con toda clase de halagos que Paca asestó restando importancia a sus alabadas dotes culinarias, sacudiendo las manos y mostró el plato reluciente, triunfal, rebañando con la lengua un par de lentejas aproximadas al borde. Ahora me retiraré a mis aposentos a reposar la comida dijo, y sin que Paca tuviera oportunidad de replicar se encerró en su habitación de la que pocos minutos después unos ronquidos portentosos daban fe de que nuestro protagonista se había quedado sopa.
VII. Sin móvil aparente
- Deberías llevar móvil, ahora los regalan o acogerte a alguna promoción de un dos por uno, y así me dabas el que te sobrase, dijo una voz chispeante ahogada en una carcajada sorda. Frotó sus ojos, sí, era Paca quien desde la mesa de la cocina, de espaldas, le incitaba a pertrecharse de ese aparatito, paradigma de la era de la información y las nuevas tecnologías.
- No gracias, dijo él desde el umbral desperezándose, estirándose como un gato aferrado a las jambas, bostezando, estoy así la mar de bien, nadie me da la murga y te aseguro que si me llaman no será para nada bueno, así que quien quiera verme que venga a buscarme. Además, yo las cosas las digo a la cara, aunque me la partan, dijo sorprendido por su propia elocuencia.
- Tú sabrás, concedió Paca, y cambiando de tercio ¿comerás con tu familia en Nochebuena?.
-¿Paca, cuánto hace que nos conocemos?
- Dirás, que vivimos bajo el mismo techo, replicó molesta con el hermetismo de su inquilino del que nada sabía más allá de cuatro cosas: a qué hora se despertaba y acostaba, sus preferencias gastronómicas, sus cambios de humor, su escaso amor al trabajo, su despejado horizonte amoroso, su apego a las sábanas…
- ¡Bah! ya ves de qué les sirve hablar y conocerse tan a fondo a esas parejitas que acaban siempre separándose. El fuego quema, la pasión no se ahoga con palabrería, hay que sentirla.
- Oye guapo, que nosotros no somos pareja, así que podemos hablar de lo que tú quieras, comentó en tono guasón. Te lo repito ¿comerás acompañado o no?.
- Sabes mejor que nadie donde estaré en Nochebuena, y en Nochevieja, y en Reyes y todos los putos días de todos los putos años. Hazme el favor, no me des la brasa con el rollito Navideño, anda tengamos la fiesta en paz, que de sobra sabes que a mí el espíritu Navideño me subleva, todo Dios felicitándote, dándote palmaditas sin conocerte de nada. Las calles iluminadas, los arbolitos de los cojones, por no hablar de los villancicos, los cirios y los Papa Nöel en los balcones.
Las Navidades las pasaré contigo querida, si tienes a bien acogerme, dijo con la cabeza gacha, los ojos de cordero degollado y un poso de melancolía en los mismos que su desprecio hacia la Navidad no conseguía disolver, pues si hay momentos en la vida en los que uno se siente muy sólo, la Navidad era uno de ellos: alegría de muchos desconsuelo de tontos.
Paca no quería estar sola y la compañía cierta de su inquilino calmaría con creces su soledad. La melopea que se iba a coger, por un momento le hizo estremecerse de placer. Llenaría el plato de carabineros cocidos que bañaría con mayonesa casera, como entrante se atiborraría de jamón de bellota y micuit de pato untado en tostas crujientes, acompañado de mermelada de manzana, como postre se regalaría un par de milhojas de la Mariposa de Oro y bebería champán hasta cocerse, jugando luego ambos a las cartas frente al televisor hasta que el alcohol y la noche los arrojase a cuatro patas a sus respectivos lechos. Así había sido siempre desde que él pisó la pensión y así sería también este año. No había porqué cambiar las cosas, cuando no sabemos lo que esconde el reverso del destino, pensó y entonces fue hacia él, miró su reloj y pensó en recuperar el tiempo perdido, unos minutos, unos pocos segundos, lo que fuera y lo abrazó, arropándolo con su cuerpo, él boqueando entre las mamas de la dueña. Sintiendo al roce la llamada de la piel, el acaloramiento súbito, el corazón al galope, el sofoco ahogado, y jadeando, sin orillar el deseo, sin más razón que la sinrazón de la carne, la alzó en volandas, mordió sus pezones, fuera ya de la bata, se aferró a ellos como un lactante indefenso, perdió la mirada ante un desierto níveo y como si en una Olimpiada se hallara, haciendo acopio de una energía y fiereza impropia de él, llevó la carga, casi el doble de su peso hasta su cama. La descubrió, se encomendó y mirando su vientre y bajo el mismo la Columna de Trajano, con el ejército puesto en pie de guerra, ante la inminencia de un polvo que hacía meses no echaba, entre sollozos, se lanzó al vacío, a la nada, la misma nada que durante unos minutos iba a dárselo todo.
VIII. Amor fou
Dejó el cuarto cojeando rumbo a la cocina y a su episódico amante con la mirada fija en los brazos de una lámpara de cristal con forma de pulpo que se balanceaba sobre su cabeza, sin llegar a abrazarlo.
Habían disfrutado lo suyo, o tal podría afirmar un observador avezado en materia amatoria, ante un fragor sexual explícito en jadeos, monosílabos y exclamaciones que hubieran puesto los pelos de punta al observador más templado. Paca parecía haberse reservado durante todos estos años de abstinencia para ese momento. Había dado mucho más de lo que cualquier joven hubiera sido capaz de ofrecer en un rollo de una noche, había hecho posturas más propias de una gimnasta, que de una mujer de su edad, y en su afán por dar el tipo, por ese empeño tan pueril de quedar bien en el terreno sexual, se había afanado en menesteres sexuales que hasta la fecha sólo había visto con desgana en alguna película de la época del destape, que al obsequiado le llevaron al séptimo cielo y a estancias propias del infierno más lujurioso, según confesaría minutos después, derramándose de placer ambos en varias ocasiones, jugando estos con sus lenguas, lamiendo orificios y oquedades, libando, succionando, cautivos de la lujuria, quedando exhaustos, saciada el ansia propia del que sabe que el futuro es pasado mañana.
Era tras el coito cuando nuestro amante pensaba que merecía la pena estar vivo aunque sólo fuera para echar unos polvos, menos de los que a él le gustaría, de vez en cuando. Con el derramamiento seminal se liberaba toda la mala leche acumulada, los odios y rencillas fermentadas, las preocupaciones y los tedios, se despejaba el negro horizonte, pródigo ahora de cielos claros y luminosos. Llegó a pensar que copular era la mejor terapia para el ser humano, que además de proporcionarle placer, aliviaba tensiones y por unos instantes, incluso durante días enteros, todo parecía armónico, fácil, sencillo, como si la fusión carnal fuera capaz de explicarlo todo, o de llevarnos a un punto donde ya no se necesitan más preguntas, porque el acto, cada acto, contenía todos los porqués, cada causa y cada efecto, todo principio y fin. Nacer y morir en pocos minutos. Follar no era otra cosa que enhebrar el universo en un agujero negro.
Así, relajado, arrullado bajo la manta, concilió un sueño reparador, que no le acarrearía luego dolor de cabeza al despertarse horas después.
Como en un pacto no escrito ninguno de los amantes comentó nada de su cuerpo a cuerpo al verse de nuevo, próximos en el espacio reducido de la cocina, alrededor de la mesa, frente a dos cafés con leche. Hablaron del mal tiempo, de lo que había llovido durante finales de noviembre, acerca de la bajada de la cota de nieve y temas varios que buscaban centrifugar la atención del asunto primordial. Palabras que fueron desovillando sus cuerpos, antes unidos, para dejarlos de nuevo a la intemperie del presente y del olvido inmediato, sabedores ambos de que era mejor no rememorar el encuentro, no valorarlo, o darle ninguna trascendencia, sin querer entender que ellos no estaban hechos para la vida moderna, para el aquí te pillo, aquí te mato.
La exploró de soslayó, cuando llevaba las tazas al fregadero. Un pensamiento absurdo recorrió su cabeza, como un ratón encerrado, ya no veía a Paca, sino a su Paca.
IX. Devaneos físicos y mentales
El frío, fortalecido por el aire polar que arremolinaba las hojas que el otoño ofrendaba, persistía, cuajado con lluvia que oscurecía un cielo grisaceo. Buscó cobijo en los soportales, pero su enjuto cuerpo ante las inclemencias meteorológicas se agitaba como un pañuelo en el momento del adiós. Necesitaba un lugar a cubierto adonde ir. Antes de llegar a la entrada principal de la Plaza de Abastos giró a su izquierda y tras pasar por delante de dos farmacias, entró en el Café El Pato. El camarero, según le vio entrar, pidió un café solo a su compañera encargada de la cafetera y de la plancha. Hojeó La Rioja sentado en un taburete, comenzando por el final del periódico. Pasó de largo de las secciones dedicadas a la televisión, las necrológicas, los deportes, la política regional, nacional e internacional. Tras ir para atrás y para adelante, mojando las yemas en saliva, sin detenerse en nada, llegó a la conclusión de que no había en el periódico nada que le interesara de cuanto acontecía en la ciudad, en la comunidad, en el país, ni el mundo. Devolvió pues el periódico a la barra, que le fue arrebatado antes de llegar a depositarlo por una mujer de pelo blanco con mandil de pescatera, que le mostró una dentadura blanca como la nieve que anunciaba la radio en su boletín para los días venideros. Acompañó el café con un pincho de tortilla que cubrió de picante en la parte superior, dibujando dos líneas gruesas, conformando algo parecido a la bandera patria que se zampó en dos bocados. A hora temprana el local ya estaba lleno de autónomos, currantes de la Plaza: dueños de pescaderías, carnicerías, verdulerías, fruterías; gente trajeada de los bancos y cajas próximos; funcionarios de Hacienda y de los Juzgados y demás personal administrativo que a voces, imponiendo sus timbres vocales sobre el resto, pero ocultándole sus rostros tras una nube de humo tabaquil, desayunaban y charlaban, animados por el camarero que vacilaba a todos ellos, a la vez que alardeaba de su capacidad memorística, al presumir de que sabía lo que tomaban todos y cada uno de los allí presentes.
Tras la ingestión de la enseña patria que le produjo cierto ardor patriótico en el estómago y relamiendo con la punta de la lengua las gotas que el café había dejado en parte de su bigote, salió de la cafetería poco después. Atravesó la Calle San Juan, fue a dar a Muro del Carmen, frente al Instituto Sagasta. Pegó la cara al cristal iluminado de una juguetería aún cerrada, tras el cual se amontonaban multitud de juguetes de toda clase: peluches, cocinitas, puzzles, coches teledirigidos y un largo etcétera de abundantes provisiones para los Reyes Magos, Papas Nöeles y Olentzeros. Le gustaban los trenes y uno de ellos, que cruzaba puentes, perdiéndose entre túneles, le tuvo embelesado un buen rato. Con puntualidad germánica y a intervalos regulares el tren llegaba a la estación. Bajaba la barrera, que poco después se alzaba de nuevo dejando la vía libre al tren que a ritmo constante reiniciaba su trayecto, y en su deambular acariciaba los lomos de montañas verdes, dejaba de lado lagos y desfiladeros y regresaba de nuevo a la estación, donde le esperaban los estáticos pasajeros, junto al aparcamiento donde estacionaban los autos en miniatura.
Él nunca tuvo un tren de juguete en su niñez. Ni trenes, ni pelotas, ni consolas. Su único juguete y consuelo fue la calle, que recorría durante horas matutinas y diurnas con los amigos del barrio, con quienes compartía fechorías. Los adoquines eran la tierra firme que pisaban, las farolas su desahogo, las vías del tren su campo de experimentación, aunque nunca lograron hacer descarrilar tren alguno, llenándose los bolsillos de monedas extraplanas, las campas abundantes en matorrales y desperdicio el terreno que regaban con masturbaciones mancomunadas liberadoras frente a revistas pringosas por el uso y abuso de sus primerizas pulsiones sexuales.
Esos recuerdos confluyeron en su cabeza con tal fuerza que sintió una punzada en la sien, un ligero mareo que no nublaría su visión superada la rememoración, un regusto agridulce, porque a pesar del desamparo, de las horas pasadas en vía muerta esos años de mocedad, acumulando suspensos y siempre abroncado por profesores y familiares, no era menos cierto que entonces gozaba de una libertad absoluta y desprejuiciada exenta de miedos, de ciertas habilidades para el deporte reconocidas por el profesor de educación física, e incluso tenía cierto éxito entre las chicas, a las que miraba distraído en el recreo, entre mordiscos a su trozo de pan preñado con onzas de chocolate negro, recibiendo a su vez del bando femenino, de vez en cuando algún papelito con declaraciones amorosas, plasmadas sobre hojas cuadriculadas, diminutas, donde entraban pocas palabras a boli, de trazos femeninos, un –me gustas- o un –te espero- o un -nos vemos luego en el patio- certificados amorosos, que guardaría discretamente en el bolsillo de su pantalón para releer por la noche en la cama hasta dejarse las pupilas en carne viva, a la luz de una lámpara exangüe, fantaseando con todas las cosas que podría llegar a hacer con esas novias que tan abiertamente le declaraban su amor, cuando fuera mayor, y dueño y señor de las bridas de su existencia, labrando su propio porvenir, el cual como luego comprobaría, no sería otra cosa que un erial, un masa de tiempo estéril e infecunda que sólo dejaría para el recuerdo un reguero de días muertos, horas perdidas y encadenadas, una soga al cuello que iría minando su resistencia hasta ultimarlo, dejando las grandes esperanzas para el título de algún libro o de alguna película.
Alejado del cristal, los recuerdos se disolvieron entre el ruido de las bocinas. Arrastrando los pies se plantó frente a la portada gótica de la Iglesia de San Bartolomé. Saludó al mendigo de la puerta que retrajo el brazo al reconocerlo. Al lado de la iglesia un edificio de piedra estaba siendo rehabilitado para acoger algún organismo de la Seguridad Social. Caminó por Rodríguez Paterna. Vio edificios roñosos y sucios venidos a menos, vencidos por el paso del tiempo, la gravedad y la desidia, dejando un aspecto desolador en lo que en su día fue la Judería, comprendida por las siete calles que comunican Rodríguez Paterna con la Avenida de Navarra. Una vez en el tanatorio, sin tener noticia de ningún fiambre que precisase de su compañía, descendió las escaleras, entrando en El Parque del Ebro, el cual pegado al río, recorría varios kilómetros más allá de la Plaza de Toros, del Riojaforum, hasta el Barrio de Varea, por donde salió resoplando y maldiciendo horas después, no habituado como estaba a reemplazar el marco urbano, por un paraje natural, pródigo en árboles, terrenos verdes, falsos lagos, pérgolas de madera, aire puro y frío y aves que sobrevolaban su cabeza, sin llegar a amilanarlo, al no tratarse de cuervos, ni sentirse al borde de la muerte, por mucho que respirar se convirtiese a raíz del esfuerzo físico en una tarea dolorosa.
Atravesó una pasarela de reciente creación bajo la cual transcurría una magra masa de agua con trazas de río, dejó el parque, se perdió por unas calles en las que al menos recuperó el resuello y cierta paz interior entendida ésta como un sentimiento de pertenencia al medio, y tomó asiento en el banco de la primera parada de autobuses que encontró. Se montaría en el primer autobús que pasara. Tras tres transbordos que lo marearon entero porque cada conductor conducía peor que el anterior, manejando el autobús con toda clase de acelerones y frenazos sin importar lo más mínimo que hubiera gente mayor o carritos de bebe, que las madres agarraban con fuerza, profiriendo comentarios nada agradables hacia el conductor, que mientras, canturreaba una canción que sonaba a todo gas por los altavoces, importándole una mierda los que iban más atrás de su cabina, llegó a la pensión fatigado y renqueante subiendo las escaleras que le llevaban a su refugio, sin ánimo de saludar a Paca, a la que entrevió por la puerta semiabierta, de espaldas, preparando un guiso que a pesar de exhalar un aroma que hubiera resucitado a un muerto, no le hizo atravesar el umbral, reservando su escasa energía para llegar al colchón sobre el que se desplomó, dormido ya, antes de que su cabeza tomase contacto con la almohada.
X. Subidón con la baja
Si quería seguir cobrando el subsidio necesitaba la renovación de su baja por enfermedad. Dejó la pensión sin desayunar ni despedirse de Paca, que ya estaba maniobrando en la cocina, delatada por el ruido de las ondas radiofónicas y se acercó al ambulatorio, al que accedió tras cruzar Portales, Murrieta y caminar hasta el final de Gonzalo de Berceo parándose a las puertas de el I.E.S Escultor Daniel. Tras entretenerse en la sala de espera durante casi una hora con un niño de tez oscura que practicaba puñetazos y patadas con su tío, que le recordaba con frecuencia que debía emplear esos conocimientos que le estaban siendo transmitidos sólo como defensa, nunca como ataque, finalmente la enfermera pronunció su nombre, y entre las brumas de un sueño que vertía cemento en su cerebro, se desperezó y entró en la consulta. Estrechó la mano del doctor, que la recepcionó no con poco reparo, como quien debe tirar un condón usado al retrete, después de la culminación amorosa, asiéndolo con la presión justa para que la gravedad no saliera victoriosa.
- Tiene mala cara, dijo el facultativo.
- Últimamente me siento fatal, ando todo el día hecho una piltrafa, resoplando por las esquinas.
El médico asintió, con una sonrisa que dejó a la vista una dentadura prominente, elevada hacia fuera y enmarcada por unos colmillos que para sí los hubiera querido el Conde chupasangres. Le hizo enseñar la lengua, reteniéndola con una paletilla de madera plana y ancha, que a medida que se adentraba en la cueva, cerca de la campanilla, más lo arrimaba a la arcada y el vómito. Repitió la letra a, varias veces. Fue auscultado en el pecho con el estetoscopio que le pondría los pelos de gallina y el grito en el cielo; una exclamación derivada del frío más que del dolor. Tosió varias veces todo lo fuerte que pudo y a instancia del médico. Puso los ojos en blanco, buscando compasión, como si el mero hecho de respirar ya fuera un suplicio. Ya vestido, el médico le recordó el sonsonete semanal: que la suya era una enfermedad de larga duración no comparable a un catarro o a una gripe. Profirió las mismas recomendaciones mecánicas: cuide su hígado, no consuma alcohol, mantenga una alimentación equilibrada y haga ejercicio. A partir de ahí, si no mejora, al menos a largo plazo no habrá agravamiento.
Acostumbrado a no pensar en el día siguiente, el largo plazo se le antojaba como una eternidad. Cogió la baja con aparente frialdad, sin que la alegría que experimentaba en su interior aflorase a sus ojos legañosos, ni incendiase sus mejillas sin rasurar, la guardó en su bolsillo y se despidió del doctor, inclinando la cabeza, un gesto que como muestra de servilismo aborrecía, pero al que se vio involuntariamente movido tras ser tratado cortésmente y de usted por el facultativo, el cual y a pesar de ser el único médico que conocía desde que tenía memoria le pareció un fiel cancerbero de su salud.
Fuera del ambulatorio introdujo el papel de la baja en un sobre, cuyas señas ya tenía escritas, compró un sello y un paquete de Ducados en la tabaquería. Depositó la mercancía en un buzón amarillo con forma de champiñón, tras darle un beso de despedida, después de ejecutar mentalmente la operación matemática que convertiría ese envío postal en euros. Por unos meses más el Papa Estado le seguiría ofreciendo “barra libre, techo y sustento”.
De regreso al Casco Antiguo, optó por alargar su recorrido yendo a dar a la Gran Vía, una amplia avenida de cemento y hormigón, mal reformada y más amplia, donde en los últimos ocho meses se habían invertido por el Ayuntamiento 240.000 euros de los contribuyentes, a consecuencia de su mal estado, mal iluminada y señalizada, de ahí que no fueran pocos los peatones atropellados, con unas farolas modernistas que otorgaba a la Avenida el aspecto de una pista de aterrizaje, sin que de momento ningún valiente hubiera osado violar el espacio aéreo y posar por ejemplo una avioneta en esa pista improvisada, donde se congregaba la mayor parte del comercio Logroñés. Vio que la mayoría de las tiendas mostraban anuncios de rebajas en sus escaparates, ofertando como reclamo sus mercancías al 50% e incluso a un 70%. A pesar de que no le vendría nada mal cambiar de vestuario, no llevaba dinero ni para comprarse unos calcetines. Entró en la librería Santos Ochoa que había abierto una nueva tienda, más grande que la anterior situada cien metros más abajo, casi al final de la Avenida. En la entrada se encontraban los libros de bolsillo en los que apenas reparó, a su izquierda la caja. Comprobó que no se podía fumar en el recinto y que había una cafetería. Miró la barra y no encontró nada salado, así que pidió sólo un cortado. Le atendió una chica rumana que al tiempo que preparaba el café imprimía unas entradas para un señor de larga melena, que le llegaba hasta las nalgas. Entradas para el concierto en Zaragoza de un grupo Heavy. Al tener que pagar el cliente en efectivo, al no aceptar el comercio tarjetas en la compra de entradas, el melenudo se pilló un cabreo gordo, empezó a jurar, moviendo la cabeza, siguiendo algún guitarreo mental. Luego rebuscó entre los bolsillos de su pantalón vaquero negro, ceñido como una segunda piel y sacó dos billetes de cien que tiró sobre la mesa con malas artes. La camarera impasible cogió los papeles, los desdobló, los alisó, comprobó que no eran falsos, entregó las dos entradas y el cambio, Fuck you, dijo el devoto del Cura Judas. La chica se encogió de hombros, no porque no supiera inglés, sino porque era toda una profesional.
Mientras tomaba el café, cogió una revista de las muchas que había al lado de la cafetería. El Interviú era para él un clásico, pero pensaba que la revista había tocado fondo, ya que las más de las veces, en lugar de famosas como Marisol, Marta Sánchez, Bárbara Rey o Natalia Estrada, sólo algunas de las muchas mujeres que le venían a la entrepierna, recurrían a concursantes de programas televisivos como Operación Triunfo, Gran Hermano, Supervivientes, e incluso a mujeres que se habían hecho famosas de la noche a la mañana por el hecho de ejercer su trabajo como Streeper frente a un grupo de reclusos, armándose en los medios la de Dios. Vio la portada y se encontró con una mujer morena, con dos tetas que parecían dos balones de playa bien inflados a punto de reventarse. Preguntó dónde estaba el baño. Apuró el café y bajó las escaleras. La planta inferior estaba dedicada a los niños. Un sinfín de libros, deuvedés, peluches, coches, y juguetes varios, estaban allí a la espera de ser vendidos tras la resaca navideña. Se alivió en el baño, ayudado de la revista, que disimuló en su vientre. Luego tras confirmar que nadie le observaba camufló la revista detrás de unos libros de Teo. Salió a la superficie y tuvo tiempo de coger uno de los libros apilados en forma de torre, en la sección de novedades. Le quitó la tira de seguridad y salió del local sin que ningún ruido le delatara.
Cruzó la calle. Caminó por los portales, hasta pararse frente a Springfield. Pasado los tornos que delatarían cualquier hurto, se dirigió al área ocupada por las prendas de abrigo. Se probó una cazadora tupida, rellena de pluma, que le hizo sentirse en la gloria, merced al calor que brotó en su cuerpo al contacto con la prenda, con escasa movilidad, dibujando una figura oronda, una postura involuntaria con los brazos en jarras, propia de esos tipos musculados que en los bares cogen el vaso del cubata tensionando todos los músculos de su cuerpo como si en una concentración culturista se hallaran, reclamando todas las miradas para ellos.
No estaba en condiciones de correr, se le iba la cabeza. Dejó el abrigo en su sitio. Salió. Entró en el Noche y Día. Se zampó un bocata de jamón serrano y pimiento verde calentado unos segundos en el microondas. Noto un cosquilleo en el estómago. Qué sencillo es todo, pensaba, cuando hay dinero en el bolsillo y el horizonte se abre despejado como el cielo raso que archivaban sus pupilas.
Entró de nuevo en la tienda, bajo la atenta mirada de la dependienta que se había quedado con su rostro de la visita anterior, no porque ésta tuviera memoria de elefante, sino porque apenas habían transcurrido cinco minutos, los que había necesitado el potencial cliente en desayunar. Volvió a coger la prenda de abrigo, que estaba donde la había dejado, arrebujada sobre unas perchas. Se la probó nuevamente, llevándola al cambiador. Descorrió la cortinilla. Echo un vistazo rápido. Sólo estaban él y dos dependientes en la tienda. La chica permanecía detrás del mostrador marcando unas prendas y el otro chico doblaba los pantalones disponiéndolos en las estanterías, sin que uno asomara más que otro, dando cuenta de un perfeccionamiento que rayaba en el ensimismamiento, de ahí que no hubiera que preocuparse por alguien tan dedicado a su tarea.
Calculó una carrera de poco más de veinte metros dentro y otro tanto fuera: la auténtica batalla. Ahora o nunca. Corrió por el pasillo, dejó a la chica a su izquierda y antes de que pudiera dar la voz de alarma, que saltaría poco después con el sonido de un pitido machacón y una lucecita roja, ya estaba fuera, propulsado hacia el pasaje, dejando la Gran Vía para salir por Avenida Portugal, sin mirar atrás, cruzando el semáforo en rojo, siendo acariciado por la carrocería de un todoterreno, para lanzarse por Víctor Pradera, con el corazón en la boca, y ya casi sin aire, alcanzar la calle Portales, sin atinar a introducir la llave en una rendija con la dificultad que implica enhebrar una aguja con guantes de boxeo, llegar a la trinchera, a buen recaudo del fuego enemigo, subir las escaleras a cuatro patas, estrellarse de cabeza y desplomarse contra la puerta de Paca, que tras el ruido y al verlo boca abajo creyó hallarse ante algún indeseable, al que golpeó en el costado con la punta acolchada de las zapatillas de andar por casa, para ver si se movía. Lo ladeó y reconoció el rostro, la barba crecida, el pelo encrespado, asomando la cabeza entre el abrigo que le cubría hasta las pantorrillas.
Lo agarró de las manos y tirando de él, lo arrastró hasta la alfombra de la alcoba.
- Visto que te gusta andar tirado por los suelos como los niños de las guarderías tendré que ir pensando en poner calefacción radial en toda la casa, dijo Paca, descojonándose, al ver la cara descompuesta de su inquilino, el cual parecía estar más allá que aquí, más muerto que vivo, tratando de volver en sí o quien sabe si de abandonarse definitivamente, parpadeando como un fluorescente.
Lo alzó hasta la cama, lo desnudó, lo cubrió con una manta de lana, le tomó el pulso y la fiebre y sin temer por su vida lo dejó dormitar, sintiendo un cosquilleo en la espalda, una liviana desazón, algo que no era capaz o quizá sí pero sentía miedo, de verbalizar, temerosa y complacida al mismo tiempo de compartir su intimidad, su espacio sagrado con alguien, nada menos que con un hombre joven, o al menos, más joven que ella, con quien, a pesar del aceptado silencio mutuo
sobre su aventura, había compartido algo más que palabras, y al verlo allí tumbado, sentada a su vera contemplándolo, sintió el peso de la soledad arrostrada, autoimpuesta, durante décadas y se puso a llorar a moco tendido, con lágrimas que cubrieron su rostro, mojaron su cuello, salaron su boca, cegaron su visión: los ojos como nueces añosas.
Llorar de alegría ¡qué estupidez!, pensó, y tras incorporarse, quitarse las lágrimas del rostro y varios años de encima, tras la liberación lacrimal, suspiró, expeliendo un aire cargado de interrogantes.
XI. Marchando una de churros
Después de la siesta, pasadas las seis de la tarde, ya era de noche. Los días eran cortos y las noches largas y frías, al menos hasta finales de diciembre, cuando los días volverían a alargar de cara al buen tiempo. Al abrir los ojos no reconoció el cuarto, las cortinas, la mesilla de noche, ni las revistas sobre la misma, tampoco el olor a cebolla pochada proveniente de otra estancia, ni el perfume de mujer que impregnaba la manta que lo envolvía. Recordaba bien su huida por la Gran Vía, cómo había llegado a la pensión, también el desvanecimiento. Al oír una voz femenina tarareando una copla, “naaa te pido…naaa te debo…me marchoooooooo” se imaginó donde se hallaba.
Al verse desnudo bajo la manta se asustó, aunque pensándolo bien, de haber sido forzado guardaría algún recuerdo - la memoria intacta al estar sobrio antes del desvanecimiento- y tampoco hubiera podido dar mucho de sí en su estado, dada su enfermedad, que le permitía pocos alardes, así que más tranquilo dispuso las manos detrás de la cabeza, trazando un perfecto triángulo equilátero, contenedor del círculo casi perfecto, a no ser por sus orejas, que era su cabeza, demorándose unos minutos, sin nada más que hacer que respirar, pestañear y tragar saliva. Vio su ropa planchada sobre la cómoda. Se incorporó sin hacer ruido. Ya vestido, se dirigió a la cocina, donde Paca le dio la bienvenida. Como muestra de afecto por la atención recibida, puso a Paca al tanto de su estado de salud, la cual tras escucharlo atentamente, sin interrupciones, ni carraspeos, los ojos fijos en esa boca que hablaba con voz rasgada, a trasquilones, le contestó que no se preocupara, que ella se encargaría de prepararle buenos caldos y guisos, convencida de que con ellos mejoraría en breve, afirmando que no había mejor medicina para el hígado que el buen comer.
- El caso es que no sé si quiero mejorar, replicó el inquilino.
- No hay quien te entienda, dijo una sorprendida Paca, arrugando el ceño, intentando adivinar si le estaba tomando el pelo. Mejor estar bien que andar jodido ¿no?
- Lo sé, lo sé, pero mejorar supondría currar de nuevo, madrugar, ducharme a diario, sudar, relacionarme, ya sabes, esas cosas, que no son precisamente mi fuerte.
Paca pensó un momento en cual sería el fuerte de su inquilino, y tras un par de minutos comiéndose la cabeza, echando mano en su haber de recuerdos, no encontró de entrada ninguno, pero antes de que ese pensamiento tomara sonoridad en sus cuerdas vocales y fuera transmitido por su lengua al mundo exterior, consciente de que en caso de manifestar su pensamiento esto supondría la contrariedad de su interlocutor, sopesando los pros y los contras, decidió no entrar al trapo, y sin añadir nada más al diálogo, se puso a hacer unos churros.
En un periquete Paca puso abundante aceite de oliva extra virgen en la sartén a fuego vivo y vertió un vaso de agua en un cazo también puesto al fuego en el otro hornillo, sobre el que poco después, cuando el agua comenzaba a hervir, añadió un vaso de harina y una pizca de sal. Apartado del fuego removió con brío, convertida la mezcla en una mesa pegajosa que depositó en una churrera de plástico que Paca imponiendo su voz sobre el ruido de la campana dijo haber comprado en la ferretería que hace esquina hace un buen porrón de años, inaugurándola para la ocasión.
El aceite ahumaba.
-¿Gordos o finos?
El inquilino, amante y potencial comedor de churros, se encogió de hombros.
Sobre la sartén, con la churrera en la mano, fue girando la rosca, dirigiendo la masa del exterior al interior, sin cortar la masa, que adoptó la forma de una caracola. Cuando estuvo dorada por un lado, dio la vuelta a la pieza, que había mudado su color blanquecino por otro dorado. Extrajo luego la caracola con unas pinzas, dejando que escurriese el aceite, disponiéndolo luego sobre una bandeja, en la que había papel de cocina que absorbió el oro líquido restante. Con unas tijeras hizo unos cortes precisos, convirtiendo la caracola en docena y media de churros. Sin darse una tregua, sacó del cajón una tableta de chocolate, que partió en dos y dispuso en dos vasos en el microondas. Dos minutos después el chocolate había perdido su consistencia. Añadió leche, removió y como por arte de magia, en breves instantes en dos tazas había un chocolate que nada tenía que envidiar al que daban en Valor y superaba con creces en cuanto a aspecto y sabor al Paladín, dijo Paca ufana.
Espolvoreó luego el azúcar sobre los churros e invitó a su acompañante a degustar la merienda improvisada. Paca vio complacida como los churros fueron un visto y no visto sobre la bandeja. Tienes aquí un poco de chocolate susurró Paca pasando la punta de la lengua sobre la comisura de labio de su comensal, que tembló al sentir un picorcillo al roce del bigotillo de Paca que se afianzaba más en la zona donde se juntan los labios superiores con los inferiores, una moda que Cantiflas hizo universal para ciertos hombres y también mujeres, carnaza de circo, potenciales mujeres barbudas.
Después de haber untado los churros, con un buen chute de glucosa en su organismo, se sentía eufórico. Le daba pereza dejar la pensión, pero permanecer allí hasta la hora de cenar se le hacía también cuesta arriba, así que decidió coger su plumífero e irse a dar una vuelta.
Algunas calles céntricas insufladas del espíritu Navideño se ofrecían al paseante iluminadas. Otros comerciantes se sentían ninguneados con el Ayuntamiento que no había contado con ellos, teniendo que sufragar la iluminación navideña con sus propios medios como hacían saber al paseante en los escritos pegados en los escaparates. A nuestro caminante, las luces le embelesaban, apreciaba su titilar, y le parecía una forma tan buena como cualquier otra de despilfarrar el dinero público. En la Avenida de Portugal se entretuvo contando los negocios que habían cerrado. La suma superaba la media docena de establecimientos que incluían una tienda de móviles, otra de ropa XXL, una cafetería, una de antigüedades, una inmobiliaria, dos tiendas de ropa cara. Lo más sorprendente no es que en tan poco espacio, apenas doscientos metros de calle, hubiera tanto comercio que hubiera echado el cierre, sino que se sucedieran las semanas y nadie quisiera abrir otro negocio, cuando antes de la crisis los cierres y aperturas de locales se sucedían sin interrupción, alentados por la bonanza económica y la burbuja inmobiliaria que parecía no explotaría nunca.
Le pareció bien tomarse una copa en el Casablanca. A pesar de no llevar sombrero, ni un cigarro en la boca pues se había dejado los Ducados en la pensión, ni tener la cara de circunstancias de Humprey Bogart, sin pianistas negros ni nada parecido en el local, se tomó un Bloody Mary recostado en una butacón negro que lo fue succionando a medida que movía sus posaderas como si sobre aguas movedizas se desplazara, asomando al exterior - entendiéndolo como lo que no formaba parte del butacón- como si de un iceberg se tratara, una tercera parte de su cuerpo, con el brazo izquierdo estirado, y el cual visto desde la distancia representaba la escena de alguien que quiere ofrecer en sacrificio su corazón a un Dios, pues este era el aspecto corpóreo del brebaje gracias a esas copas de diseño, que en muchas ocasiones hubieran justificado el garrote vil para más de un soplador de vidrio.
Beber le pasaría factura, tanto como correr una maratón, enamorarse o vivir colgado de un teléfono móvil. Cada cual escogía la forma de vivir o de morir, que a fin de cuentas viene a ser lo mismo, así que consciente de su inconsciencia, podemos afirmar que envenenó su sangre merced a los Bloody Mary, que le harían arrastrarse al filo de la medianoche una vez más hasta el hogar, para entregarse de nuevo en su cuarto a los vómitos que pondrían la habitación hecha una piltrafa, el grito de los vecinos en el cielo cebándose con las indefensas paredes, y postrarían su cuerpo al borde del precipicio existencial.
XII. Resaca
Al despertar le dolía todo el cuerpo. Era tal su malestar y tan bajo su umbral del dolor que de haber encontrado la ventana abierta se hubiera precipitado de buena gana por ella. El vientre le punzaba a consecuencia del esfuerzo de vomitar la noche pasada. La cabeza le pesaba, como si su cabellera se hubiera convertido por encantamiento en un erizo de hierro, pues eso parecía asomar sobre la frente después de meses sin visitar al barbero Octavio.
En esos momentos de postración entendía plenamente las palabras de su abuela, cuando le decía meses antes de morir, una muerte que ella había vaticinado y prolongado durante los últimos diez años, debido a que la parca, perezosa, no le llamaba a filas, que no tenía ganas de hacer nada, que se pasaría los días y las noches tumbada en la cama, pues era allí donde mejor se encontraba, al calor de las mantas, ya que la alternativa a la cama era dormitar en el sofá, abrigar su cuerpo entre mantas de Ezcaray.
Sentía sus días como un bucle: veinticuatro horas confinado en un presente sin puertas ni ventanas, a pesar de entrar y salir con frecuencia, de su disipación, de estar exento de cargas de todo tipo. Su cuerpo era su cárcel y su mente el corredor de la muerte donde ir contando los pasos. La perspectiva de hacer siempre lo mismo era reconfortante y frustrante al mismo tiempo. Cuando pasaba días fuera de casa anhelaba la rutina diaria, básicamente no hacer nada, dilapidar las horas, nadar en el aburrimiento, regresar a su Patria desde la periferia, sin embargo, cuando llevaba ya unas cuantas semanas de bar en bar, caminando sin rumbo por las calles, mirando cada dos por tres su reloj, rezumante de tedio, entonces necesitaba algún cambio, hacer algo, casi siempre alguna barbaridad; afeitarse la cabeza al cero y llenar su cuerpo de tatuajes y piercings, destrozar unos escaparates, prender fuego a alguna papelera, aniquilar un batallón de hormigas, alguna actividad que aportara no ya sentido, sino algún fulgor a su mortecino presente, donde los términos esperanza, ilusión, mañana no formaban parte de su diccionario vital.
Hubo una época, diez años antes, en la que se obsesionó con el sexo. Dejó entonces todo el sueldo y parte de sus deudas en prostitutas. Llegó a acostarse con todas las que pudo, sin distingo de edad. No discriminó a ninguna por razón de nacimiento, origen racial o étnico, género, sexo u orientación sexual, religión o convicciones, opinión, discapacidad, edad o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Él sólo quería vaciarse, morirse a cada rato en cada orgasmo, y tras mucho sexo llegó a dos conclusiones. Una, que todos los cuerpos femeninos eran iguales en su complejidad y la segunda, que todas ellas fingían los orgasmos igual de mal, al tiempo que todas esperaban, lo confesaran o no, al verdadero amor que casi nunca llegaba, de ahí que prefería no oírlas hablar, lo único oral que quería era sexo, pues rascando un poco, bajo esos surtidores de placer, veía en todas ellas unas desgraciadas que le agobiaban con sus tétricas historias.
Recorrió toda la geografía nacional haciendo un barrido por cuantos prostíbulos de carretera encontró, tal que de haberlo querido podría haber publicado una completa guía de puticlub, comentando las virtudes de cada lupanar, extendiéndose en las cualidades que caracterizaban a cada prostituta, con la minuciosidad de una revista de coches. Pero ese exhaustivo trabajo de campo no le reportó ningún contrato editorial, ni le hizo famoso, sino unas cuantas enfermedades venéreas, pues comenzó a alternar la práctica bajo techo con la prostitución silvestre, fornicando con mujeres en acampados, bajo los árboles, en la trasera del coche; polvos ecológicos que aportaban no pocas novedades a una actividad que comenzaba a cansarle.
Tres años después, cuando llevaba ya varios centenares de polvos en su entrepierna, el sexo dejó de interesarle, o de no interesarle u obsesionarle con la intensidad de los comienzos, que venía a significar lo mismo. Supo entonces que el sexo era “semen pasado que no movía molino” y como entendía la vida como una terna formada por “sexo, viandas y alcohol” atiborrado de sexo, el alcohol tomó el relevo, deviniendo sin apenas darse cuenta en un bebedor compulsivo, mientras expulsaba las ladillas de su cuerpo, con el tratamiento impuesto.
El sopor que experimentaba tras la ingesta alcohólica era difícil de alcanzar de otro modo, ni el comer, ni otras drogas lo dejaban en ese estado de placidez; la mirada perdida, el ceño distendido, los brazos abiertos, abrazando la nada. Además no le resultaba especialmente caro, porque en sus albores, con dos cervezas se pillaba unas cogorzas morrocotudas, que le hacían pasar las tardes, pues nunca bebía antes de comer, con una risa dibujada en el rostro que se borraba luego al evaporarse los efectos de la borrachera. Como el hombre es capaz de buscar nuevos límites y el cuerpo de adaptarse a las circunstancias, en su afán de superación, pronto las dos cervezas iniciales se convirtieron en media docena, y luego en una docena, para manejar luego botellas de litro en lugar de botellines. Cada vez tardaba más tiempo en emborracharse. La experiencia era un grado y en eso iba cogiéndole el punto. La cerveza con sus cinco grados le ponía cada vez menos, a no ser que recurriera a las cervezas belgas de graduación pareja al vino como la Kasltebier o Golden Drak, dejándole el estómago encharcado y sin pensárselo dos veces se olvidó de la cebada, de la malta, del lúpulo y se pasó al vino.
Encontró acérrimos defensores de esta bebida -que daba fama mundial a la tierra de La Rioja y al que los políticos y bodegueros a fin de mantener el negocio del vino como hasta la fecha, no consideraban esta bebida como alcohólica, como si los efectos de pillarse una moña con vino fuera diferente de hacerlo con cerveza o ron- en La Senda de los Elefantes, y antes de las dos de la tarde, ya comido, se juntaba con grupos improvisados de chiquiteros en la entrada de la calle a los que acompañaba luego sin hacer mucho ruido, hermanados frente a los chiquitos, comentando los resultados de la jornada futbolera, hablando del tiempo y de otras cosas superficiales que permitían arrimar el codo en una tarea común. En procesión, como costaleros pesarosos, iban de bar en bar, ofrendando sus respetos a Baco, su Dios, su Camino, su Luz, su Vida. Cuando habían abrevado ya lo suficiente, se dispersaban, por la Gran Vía, por San Agustín, en dirección a Portales o a Bretón de los Herreros, rumbo a sus hogares, donde les esperaban sus mujeres a las que habría que beatificar ahora mismo, despidiéndose ebrios con las narices rojas y los rostros abotargados, hasta el día siguiente.
A medida que pasaron los meses nuestro avezado bebedor quiso perfeccionarse y cual empresario que mira por su negocio, buscando el mejor resultado con los menos medios posibles o disponibles, medido en términos de eficacia y eficiencia, siendo su deseo obtener el mismo resultado, una buena cogorza que le hiciera olvidarlo todo nombre incluido, con el menor esfuerzo y en el menor tiempo posible, dejó el vino y se cruzó en su camino, sobre la barra del bar, las bebidas de alta graduación. De esta manera, bebiendo una cuarta parte de lo que bebía antes cuando era un adorador de Baco, conseguía el mismo efecto y más rápido como era su deseo. Así fue como vio la luz, o las luces porque se acostumbró a ver las cosas por duplicado, difusas, borrosas, como si su materia gris al contacto con el alcohol se hubiera precipitado desde la bañera de la frente velando su visión a su paso por los ojos.
Fue entonces cuando a su dolor de espalda crónico hubo de anotar en su haber de enfermedades una hepatitis que el médico de cabecera calificó de preocupante, y la hepatóloga al albur de los resultados de las analíticas y radiografías, de crítica, recomendándole su alejamiento total y permanente del alcohol.
-Déjelo o será un hombre muerto andando camino de la fosa, fueron las palabras de la doctora.
Fue entonces, hace ahora siete años, cuando su pareja harta de aguantar primero sus infidelidades y luego sus borracheras, le puso de patitas en la calle, pidiéndole que se alejara de ella por siempre jamás. No quería verlo ni en pintura, ni en foto, menos aún sentir su cuerpo, oler su aliento, sólo quería olvidarlo, olvidarlo, para lo cual precisaba perderlo de vista, poner mucha tierra por medio.
Pensó que sería bueno desaparecer y así lo hizo durante una temporada. No tenemos constancia de donde fue a parar durante ese lapso de tiempo, que comprendió dieciocho meses. Lo que sí era evidente es que a la vuelta su pelo había crecido y cambiado de color, su rostro mostraba dos magros mofletes, que había que adivinar bajo la espesa barba rojiza con destellos blancos, y aunque él se miraba en el espejo y reconocía al gañán de siempre, frente a dos conocidos con los que compartió espera en un semáforo apenas regresado y sin mostrar estos muestra de reconocimiento, asumió que ellos, los otros, lo veían de otro modo.
Buscó cobijo. Con sus recursos económicos -un magro subsidio- no le llegaba para un hotel y una pensión se ajustaba más a su presupuesto mensual. Subió las escaleras arrastrando su mochila de alpinista hasta la puerta, donde había un cartel con el nombre de la pensión en un marco azul, donde algún gracioso había añadido unas letras y quitado otras para dejar la palabra OPRESION. Sobre el felpudo, tras pulsar el timbre, puso sus pies una mujer que se presentó como Paca, y le estrechó la mano cordial. Hay sitio de sobra le dijo. El piso constaba de cuatro habitaciones, dedicadas al alquiler. Le mostró su cuarto, con ventana a la calle, una cama de uno cinco con una jarapa de alegres colores a los pies, dos cuadros de bodegones en las paredes, unas guías de teléfonos sobre la única estantería, una mesilla de noche con una lámpara verde, otra colgando del techo con forma de pulpo y un baño diminuto con retrete y plato de ducha. Tendría derecho a la cocina que había en el piso de ella, en la mano de al lado, donde Paca vivía sola, tanto para prepararse si quería algo de comer, como para comer lo que ese día hubiera preparado para ella. Viéndola oronda, supo que bajo su manto alimenticio no pasaría hambre y se ofreció, salvo causa de fuerza mayor, a ser su comensal diario.
Huelga decir que al repatriado, tras el alejamiento de todo, ensimismado todo él, cualquier cosa siempre que no le supusiera un esfuerzo, le parecía bien. La señora mostraba el aspecto de esas mujeres que se han abandonado físicamente, olvidando las manicuras, las depilaciones, las visitas al peluquero, no ya porque no hubiera hombre o mujer cerca a quien contentar, que reconociese sus formas y volumen, su gracia congénita, su desparpajo, sino porque ella misma había dado la razón a la erosión del tiempo, asumiendo que no había ninguna compensación en el acto de restaurarse cada mañana, en mantener una figura armónica. La naturaleza había obrado con el garrote vil de la gravedad y ella había acatado su veredicto ofreciendo su cuerpo como la arcilla al alfarero.
Así recordaba nuestro protagonista, tumbado en la calma y templado por el dolor, sus últimos años, haciendo recuento de los prostíbulos frecuentados, de las barras de los bares, de su huida, de su incapacidad de amar a nadie, ni si quiera a sí mismo, de su encuentro con Paca, y aun anduvo un largo rato rememorando episodios, riéndose bajo la manta de vez en cuando con alguna anécdota divertida, o lagrimeando otras, con ganas de olvidarlo todo, porque en esos momentos tontos, cuando los recuerdos aflojaban las cañerías del alma y uno se convertía más en espíritu que en cuerpo, llorando sin ton ni son, era cuando deseaba de nuevo volver a la placenta materna, al suave balanceo, a la vida amniótica, cuando sólo era un feto, un proyecto, una vida sin vivir, el resultado de la coyunda parental, un no ser, que luego sería.
XIII. Situación embarazosa. Tocata y fuga.
Esa mañana de comienzos de enero un calor sofocante alimentado de viento sur sonrojó su tez al salir del portal y pisar la calle. No eran las ocho de la mañana y los termómetros que veía a su paso marcaban temperaturas dispares pero todas ellas por encima de los catorce grados. Se despojó del plumífero, que puso sobre la espalda a modo de capa. La gente caminaba acelerada rumbo a sus puestos de trabajo. Por Avenida de Portugal los coches pasaban como centellas sin respetar casi ninguno los límites de velocidad. Compró una revista donde en la portada una mujer mostraba parte de sus pechos operados dentro de un microbikini. A pesar de ser invierno, con los calores matutinos, y ante aquella imagen retocada por todas partes, no pudo evitar el acto reflejo de la erección.
Caminó pues empalmado, caliente por dentro y por fuera, sin alzar la mirada de la revista, con el pulso acelerado. A las mujeres ligeras de ropa o sencillamente en pelotas, se sumaban en el resto de páginas coches caros, hoteles de lujo en sitios paradisiacos, lo último en hidromasajes, consultorios sexuales y futbolistas imberbes luciendo abdominales.
Colmadas sus inquietudes culturales diarias bajó por la Calle Sagasta compró unas nueces en La Plaza de abastos, donde las verduleras daban cuenta del cambio del tiempo con unos calores impropios de la época según el sentir general, que afectaría a sus cultivos y por ende a los precios. En Hermanos Moroy tras pasar por delante del Pasaje de los Leones, le llamó la atención una pequeña tienda que sólo vendía te. En Marqués de Vallejo asomaban al exterior blancas galerías que le daban a los inmuebles un porte señorial. Había también un hotel moderno que había mantenido las galerías pero reformado su entrada, el cual había tomado para su denominación, en un alarde de imaginación, el nombre de la calle, un hotel al que tenía pensado acudir cuando reuniera unos cuantos euros, los necesarios para dormitar y desayunar a cuerpo de Rey.
Antes de acceder a Muro de la Mata, se adentró en la calle Ollerías. Le entristecía pasear por ella, pero sabía que los contrastes eran la salsa de la vida. Ni bares, ni comercios, sólo las traseras de los edificios. No había tiendas de ni fábricas de ollas, que daban nombre a la calle. El lugar asemejaba un callejón, propio de las películas americanas, al que le faltaba para completar la escena los cubos de basura, el vapor que emana de ellos, mendigos forrados con cartones, putas y proxenetas.….
Fue hasta el final de la calle y volvió apesadumbrado al comprobar que lo que parecía un bar diminuto, sin cártel ni señalización de ninguna clase, pintado todo él de verde, permanecía cerrado. Si todas las calles fueran como esta pensó, sin excesivo convencimiento, se quitaría la vida en ese momento. El aliciente de las ciudades para él residía en las cafeterías, los bares, los restaurantes, los casinos, las licorerías, las pastelerías, los club de alterne y las discotecas, no necesariamente por ese orden. No entendía como había países como Suecia donde como había experimentado en su propia piel, apenas había bares y la gente pasaba las horas en casa encerrados encogorzándose por su cuenta, sin tener ocasión de pasar las tardes echando la partida, pegados a un puro, bebiendo carajillos. Pero en aquel paraje asfáltico no había nada de eso, sólo reinaba el silencio de las ollas y la soledad, algo inexplicable al estar la calle ubicada en pleno centro, paralela a la calle San Juan -por la cual se accedía a la altura de un edificio que había sido derribado, dejando un solar donde se acumulaban los colchones y toda clase de desperdicios- que al contrario que ésta tenía muchísima vida comercial y gastronómica.
Al abandonar Ollerías, llegó dejando La Veneciana –heladería clásica de la ciudad- a su derecha, al Espolón. Recientemente habían plantado temporalmente en el firme unas estatuas “tipo Botero” de metal, muy pesadas y voluminosas. Eran las Meninas de forja y él a pesar de no entender nada de arte (si acaso el arte debe ser entendido, cuando hubiera de serlo paladeado, devorado, sentido y disfrutado por los sentidos), gustaba del volumen de las figuras, a la par con la majestuosa estatua ecuestre sobre la que galopaba el General Espartero. Esas figuras casaban bien con el entorno, no así el monumento que un artista vasco, el mismísimo Ibarrola, había plantado en el ala oeste del Parque frente al edificio donde estaba la Presidencia del Gobierno, como tributo a las víctimas de ETA. Tras examinar la escultura, cuatro planchas verticales soldadas, que parecía sacada de forjas y aceros de la Naval, en todas las direcciones, de frente, de culo y de canto (sin tener claro cual era la trasera y cual la delantera), no captó el sentido de la obra y lo que no le entraba por los ojos, lo apartaba de un plumazo de su vista, así que sin dedicarle un minuto de su tiempo y embebido como estaba esa mañana de arte urbano, desayunaría en El Picasso de la calle Portales, tras dedicar un minuto a echar un vistazo rápido al Edificio de los Chapiteles, donde se encuentra el Instituto de Estudios Riojanos. En el bar, se ventiló un café y un emparedado que no le pareció gran cosa, dado que el café parecía aguachirri, aunque el precio fuera de café-café, el emparedado tenía abundante salsa fina, que no mayonesa de huevo elaborada con aceite de oliva, que se rezumaba por los lados, el jamón cocido era paleta con más cartílagos que carne y la lechuga era tan insípida como la pose de la camarera, pero pudo desayunar y darse el piro antes de que la camarera pudiera darle el alto, ahorrándose así tres euros.
Fuera seguía haciendo calor y estaba hasta las narices de cargar con el plumífero en lugar de poder llevarlo puesto, así que se pasó por la pensión. Paca le oyó llegar y se asomó a la puerta. Le explicó que hacía un calor de mil demonios y que había hecho una parada técnica para cambiar de indumentaria. Accedió a comprarle un cardo y unos filetes de ternera, si ella le dejaba ver a la noche el partido de la Copa del Rey y se marchó a La Plaza, con cara de fastidio pero al mismo tiempo ilusionado de tener algo que hacer. La Plaza era un edificio de tres plantas, donde el visitante podía adquirir verduras, frutas, carnes, pescados, frutos y secos y demás viandas. En la planta baja, las verduleras ofrecían sus productos a viva voz y tras oír a una de ellas afirmar que tenía los mejores cardos de La Rioja, compró un par de ellos: ya que iba a ir cargado aprovecharía el viaje. La pensión estaba a tiro de piedra.
Paca vio dos cardos moverse ante sus ojos y contrariada al comprobar como sus órdenes eran vulneradas una y otra vez, cómo todo Dios le tomaba por el pito de un sereno, comenzó a jurar. El portador, iracundo, lanzó los cardos contra la puerta y los filetes contra el ascensor y se perdió escaleras abajo.
A la hora de comer, las aguas habían vuelto a su cauce y se miraron como si nada hubiera ocurrido, pero ninguno pidió perdón. Comieron en silencio sin apenas mirarse, haciendo ruido al masticar. Fue ella, que odiaba tanto el silencio como la soledad, la que rompió el hielo. Fue un comentario cualquiera. Él replicó con alguna chorrada. Ella se rió, él se animó y contó un chiste tan malo, que Paca a poco se atraganta con el mango que se estaba rapiñando, tomaron café con pestiños y tras dejar los cacharros en la pila cada cual se fue a reposar. Fuera, el viento golpeaba los cristales con furia y las ramas de los árboles se agitaban saludando. El sueño le vencía y cayó redondo de inmediato. Se espabilaría para la hora de cenar. Paca había preparado una crema de calabaza y unos san jacobos que comieron mirando el partido de fútbol en el televisor. Paca miraba la pantalla y luego lo miraba a él. Su estúpida expresión: la boca entreabierta, propia de un merluzo, le hizo reír estrepitosamente. Él, sabedor del escrutinio forzó aún más su gesto, sacando morritos, y Paca reía con tantas ganas, que era imposible sustraerse al contagio, así que riendo los dos pasaron un buen rato, hasta que acabó el partido y se mudaron al catre de nuevo, ella toda excitada después de ver a tanto hombre luciendo pantorrilla.
Fue esa noche de comienzos de diciembre cuando Paca se supo embarazada, la misma noche que nuestro personaje desapareció sin dejar rastro al ver el predictor en la papelera.
©2009 Chufowski