Espartero bajó de su caballo y vio los leones dormidos, recostados todos ellos sobre su pata izquierda. A su espalda unas figuras envueltas para regalo, tendencias vanguardistas, anhelos ciudadanos, necesidades a satisfacer que impelían a los concejales de turno a llenar la cabeza de la gente con frases ocurrentes en ciudades inventadas que a veces no obstante solucionaban un aprieto.

Caminó a trancas, con pasos cortos, moviendo su pesado cuerpo en dirección a la Concha del Espolón. Allí, resguardados del fulgor de las estrellas, de los alaridos de las lluvias de estrellas, de los coitos de la luna, unos cuantos desheredados, ocultos entre papeles y cartones mostraban sus botellas ultimadas a modo de defensa, como si los reflejos de vidrio o más bien su contenido fuera lo único que les mantuviera con vida, su único alimento fecal, que ingerían y vomitaban, cuando sus estómagos eran ya arcones ajados de soledad y silencios con eco.

Allí se plantó Espartero, en medio de todos ellos. Los hombres de verde hacían la lluvía con sus apéndices de agua, el cielo descorría el manto oscuro y dejaba filtrar los primeros rayos, esos agijones de luz y vida que reconfortarían a todos por igual, dado que de momento el sol no había sido privatizado.

Movió su espada en dirección a un periódico amarillento bajo el cual adivinó unos pelos ralos y grasientos. Hubo un respingo, también gritos, movimiento, injurias, afrentas con botellas y guijarros de pena, y Espartero antaño regente y ahora soporte palomero vio la soledad en esos rostros, certificó su vía crucis en los brazos picados, buscó respuestas sin ni siquiera saber como hacer las preguntas oportunas y le venció la realidad hiperbólica, y como un leño mecido en un venero de lodo y semen se dejó ir hasta su pedestal. Subió en él, asió las bridas de su cabello y tieso, siguió mirando al frente, como había hecho todos estos años, desde que lo habían plantado allí en una plaza en el centro de Logroño.