El autobús lo deja en una ciudad extraña que eligió al azar sobre el mapa. El mar lo ve desde la ventana. El piso es suficientemente amplio para él solo. Vacía su maleta, dispone la ropa en el armario color crudo de la habitación y los libros y devedés en la estantería. Seis de cada. Se acomoda en el sofá y mira el calendario. Es diecisiete de enero. Tumbado coge un libro y comienza su lectura. Es un libro de relatos. Lee durante la mañana. Hace una pausa para engullir comida precocinada, que ha comprado en el supermercado de la esquina y después de una siesta de media hora reinicia la lectura. Llora, se emociona, sonríe, se ovilla y se expande en espasmos. A media noche lo acaba y lo tira a la papelera. El día siguiente a las ocho de la mañana coge la película, la primera comenzando por la izquierda, la introduce en el reproductor y la ve una, dos, tres, cuatro, cinco veces seis veces seguidas con una pausa para comer y dormitar. Luego arroja la película en la papelera y duerme.
El día treinta y uno, a las doce de la noche, se incorpora y hace crujir sus huesos. Los libros y deuvedés llenan la papelera. Cierra la bolsa, baja a la calle y la deposita en el contenedor. Respira lentamente. Los humores urbanos lo marean. Se apoya en una farola y atempera el vértigo. La calle está desierta. El frío eriza sus pelos, rebelde, por debajo de su camisa blanca. Se mira en el espejo retrovisor de un coche destartalado, abierto en canal. Conoce esa cara. En el malecón mira las palmeras que arañan el cielo negro. Zarandea una. Le agrada el contacto de la húmeda arena bajo sus pies. Se desnuda y mira el frente acuoso, negro. Contempla las palmas de sus manos, sigue el trazado de las líneas, dónde nacen y dónde mueren. Repara en los lunares ocres, en las uñas perfectamente recortadas, en los ralos pelos del pecho, en su miembro replegado como un erizo de mar.
Se introduce en el mar, cierra los puños y tiembla. El agua cubre sus rodillas, luego la cintura, finalmente el cuello. Sus ojos lagrimean, haciendo el mar más inmenso. Las algas rozan su piel de gallina. Cierra los ojos y se deja ir.