Tenía todas las de ganar. Una semana antes de las elecciones aventajaba a su rival en 20 puntos. Había combatido en Vietnam, no se sabía si en el frente de batalla o pelando patatas en la cocina. Tenía una mujer que al finalizar los mitines lo abrazaba por detrás y le mostraba todo su cariño. Llevaba casado 32 años. En ninguna entrevista se le preguntaba si era feliz. Tenía también dos hijos que adoraban a su padre del que decían era su heróe doméstico. Hacía deporte todas las mañanas y así lo habían retratado los fotógrafos a menudo, corriendo junto a sus guardaespaldas. Su perfil no tenía fisuras. Los fondos privados invertidos en su promoción a lo largo de la campaña había resultado un buen negocio. Caía simpático a unos y a los otros, demócratas y republicanos. Se confesaba un patriota al que no le gustaba perder ninguna guerra.
Dos días antes de las elecciones en un periódico de tirada nacional salía él junto a un chico besándose, los dos vestidos de militar, delante de un helicóptero con las hélices en movimiento. Hacía 40 años de aquello. Esa fue la primera y la única vez que sintió deseos de besar a un hombre. Al verse retratado, supo que todo se había acabado. No se equivocó. Perdió las elecciones y nunca más se supo nada de él, devorado por el anonimato.