Siempre lo había sabido y no le había dado importancia hasta ese lunes que se levantó con el pie izquierdo, enconado consigo mismo y con el mundo. Todos le conocían a él de forma indirecta. Era el hermano de Juan, el marido de Laura, el hijo de Martín, el padre de Martita, el jugador del Tiburones C.F, el hijo más tierno, el empleado modélico. Todos sabían quien era pero nadie lo llamaba por su nombre. Esperaba su muerte con ahínco. Su lápida recogería su nombre y sus dos apellidos, su fecha de nacimiento y eso sería suyo desde el día de su muerte y durante toda la eternidad.