Le quedaban pocos metros para llegar a su hogar cuando vio en la calle a una niña mirando en todas las direcciones con gesto contrariado. La calle estaba en obras y las zanjas y las vallas amarillas estaban dispuestas a lo largo de la acera. Examinó los pies de la niña, y vio que ésta estaba situada sobre la acera en una baldosa roja con ornamentos florales que asemejaban una hoja de vid. Algo había que le impedía continuar. No vio ninguna herida o lesión aparente que imposibilitasen a la niña seguir su camino, ni ningún familiar cerca, así que pensó que debía tratarse de otra cosa, algo más propio del mundo infantil, dotado de un corpus normativo que los adultos ignoran.
Lo comprendió enseguida, no hacía mucho que él también había sido expulsado de la república de la infancia y campeaba ahora por los cascos rotos y estridencias de la adolescencia. Se agachó entonces hasta situarse su cabeza a la altura de la de la niña y golpeó su hombro derecho con los dedos de la mano izquierda al tiempo que le hacía una inclinación con la cabeza como si estuviera pescando y el hilo fuera su cuello. A la niña, recelosa, le pudo más el amor propio que la desconfianza y subió a las espaldas del chico. Atravesaron la zanja, sortearon dos vallas y pasaron de largo las baldosas blancas. Entonces la niña apretó el hombro del joven que se agachó desalojando la carga. La niña se lo agradeció sonriendo en un lengua que desconocía y la vio marchar delante de él a la pata coja, sobre las baldosas rojas, hasta llegar a su portal y desaparecer.
Miró entonces a ambos lados de la calle desierta e hizo un amago que rectificó a tiempo, pues llevaba meses con molestias en su pierna derecha y su miedo venció al amor propio y caminó hasta el portal e introdujo las llaves en el bombín con la sombra de la derrota tiznando su ánimo.