Una noticia se ha erigido como protagonista estelar sobre todas las demás, eclipsándolas. Una noticia que ha movilizado a millones de personas, ha copado los medios televisivos y radiofónicos y todo lo demás ha pasado entonces a un segundo plano. Si hay que relativizar las cosas, la prisión atenuada de un preso que estaba en la cárcel acusado de terrorismo verbal, tras haber cumplido una magrísima condena por sus veinticinco asesinatos anteriores, sería menos importante que el número de víctimas de tráfico que se cobran a diario las carreteras, que las mujeres maltratadas y asesinadas por sus parejas, que el calentamiento global, que los precios estratosféricos de los pisos, que el aumento de la delincuencia, que los pelotazos urbanísticos. Pero todo esto ha pasado a un segundo plano hace semanas.

Ahora solo les interesa a los políticos estar todo el día a vueltas con el mismo asunto, convocando manifestaciones, apelando a la unidad nacional y al mismo tiempo tirándose los trastos a la cabeza, creando división entre gente de distinta ideología, como si hubiera que criminalizar o cuando menos insultar al que piensa diferente a nosotros, para apuntarlo con el dedo y estigmatizarlo a los ojos de los demás. Dudo mucho que la labor política consista en eso, en denigrar al contrario, cuando debería afanarse en la consecución de la convivencia pacífica de todos los ciudadanos, tratando que estos fuésemos más solidarios y transigentes. Viendo como se las gastan nuestros políticos (nuestros máximos representantes) que no escatiman en insultos, en una vorágine asquerosa del “y tú más“, en buscar cualquier herida por pequeña que sea para meter el dedo, donde todo vale, y les importa un pimiento bailarles el agua a las víctimas del terrorismo, no porque compartan su pena y su dolor (como se ve en el diferente trato que reciben los asesinados por ETA y los que murieron en el 11-M, por parte de los grupos políticos mayoritarios. No olvidemos que el 11-M le costó el gobierno al PP y su afinidad con estas víctimas es menor, pues muchos familiares de los muertos en el 11-M piden responsabilidades a los altos cargos del PP que gobernaban entonces), sino porque ellos son la llave para ganar las próximas elecciones, es de un cinismo atroz, penoso y triste. Convertir la política en un juego de cuchillos, en un campo minado y viciado donde todo huele a podrido, enfrentando a los ciudadanos, en un lenguaje cargado de odio y rencor, debería salirles caro, costarles un precio político.

La gente moderada, que gracias a Dios somos la mayoría en este país, es lo que permite que todavía prevalezca el buen juicio y la atmósfera sea aún respirable, pero de seguir con esta crispación y esta cruzada electoral, no sé que veremos en el futuro, pero seguro que no será agradable.