Llegaba apurado a la tutoría y cuando cruzó la puerta, se disculpó. Tras la mesa de madera se encontraba el profesor. Haremos algo de tiempo dijo el tutor, por si vienen más compañeros. No vino nadie más, así que comenzaron a charlar para romper el silencio. El alumno mostró su interés por la asignatura. El profesor atiborrado de nostalgia recordó sus comienzos en la enseñanza, otro espíritu era el que nos movía, éramos más altruistas y menos acomodaticios que vosotros. Lo decía sin acusar, con los dedos sobre la tapa de un libro que estaba leyendo. Yo también publiqué un libro sobre la materia. Se vendió muy bien, tanto que se agotó. Dudo que alguien pasara de la décima página. Lo dijo con amargura, con un poso de tristeza que subió del corazón y se instaló en las púpilas que brillaron con un fulgor especial. Vete estudiando y cuando tengas alguna duda, vienes y lo hablamos. El alumno se despidió. Camino de casa, se preguntaba qué sería más duro para un escritor: escribir un libro que nadie compra o vender muchos libros que nadie lee.