La reciente liga ganada por el Real Madrid pone en evidencia que en ese deporte los técnicos son juzgados, no por su gestión durante la temporada, sino exclusivamente por el resultado final. El argumento podría tener su sentido, si se analizara desde el punto de vista económico. Es mucho el dinero en juego y son los títulos los que más ingresos aportan, vía publicitaria, recaudación en taquillas, derechos de emisión, etc.

Si un equipo juega bien y no gana títulos, es un desastre. Es curioso comprobar como la grada recibe con pañoladas al entrenador, partido tras partido, la directiva tiene intención de despedirlo durante meses y luego, si el equipo gana una liga, se olvidan todos los males y el técnico, cuestionado durante toda la temporada, pasa a ser un profesional competente, avalado por los títulos logrados. No importa tanto como se hagan las cosas, la buena sintonía con la grada o con el vestuario, si se consigue que los jugadores rindan al máximo o si se descubren a nuevos jugadores canteranos.

Si la diosa fortuna, permite sumar los puntos necesarios, y los rivales fallan, la grada olvidará los malos ratos vividos, el sufrimiento acumulado jornada tras jornada. El técnico aunque haya pasado las de Caín en su puesto, aireará su título a los cuatro vientos, y otros equipos se lo rifarán, queriendo hacerse con sus servicios. Podríamos lamentarnos por la vida de esos entrenadores que son despedidos sin reparo, a veces de malos modos, pero si vemos los millones que se llevan una vez despedidos, más que condolencias, tantos ceros promueven nuestra envidia. Se les propicia un año sabático o más, cobrando el mismo sueldo que cobrarían trabajando.

Jugadores que cobran seis millones de euros al año, entrenadores que cobran otro tanto, un millón de personas en la calle celebrando un título, el fútbol presente en los telediarios con más cobertura, no sólo que muchos más deportes, sino que otras secciones que son devoradas por los dimes y diretes de los futbolistas. La industria del fútbol está globalizada y la pasión por el esférico es compartida en todos los continentes. A mi el fútbol me aburre, más que otra cosa, y para ver un partido interesante has de digerir un docena de infumables. Ahora las televisiones emitirán partidos de pretemporada, un alud de torneos por todo el globo. El Barça se va a Suráfrica a disputar un partido y le dan dos millones de euros.

El fútbol es un negocio. Pero viendo los caretos de la gente en la grada, los gritos, los lloros, las caras compungidas, el sufrimiento, el éxtasis, los abrazos, los ojos en el cielo pidiendo el milagro, labios contraídos, gente aferrada a un sueño,como si todo su futuro dependiera de ese resultado, entonces el fútbol despega de su componente crematístico para entrar en otra dimensión arañando los corazones de los hinchas y entonces se escapa a la razón y necesitamos recurrir al esoterismo para entender por qué, unos señores en pantalón corto corriendo detrás de un balón, jaleados por decenas de miles de personas y otros millones desde los hogares, son capaces de alegrar y malograr la vida de millones de personas en todo el mundo.

Como las andanzas del Pelusa, un Dios para los Argentinos, en donde la leyenda se comió al humano y haga lo que haga, cual Dios infalible que es, a Diego Armando Maradona, se le perdona y justifica todo. Amen, entonces.