La generación desintegrada y el genocida verbal
Marco cada mañana charla con Braulio. Más bien es Braulio quien habla y Marco el que escucha. A hora temprana, cuando la oficina aún está desierta ocupan sus sillas. Marco acude a la máquina del café y vuelve con un vaso de leche humeante a la que añade cacao que guarda en su cajón. Con el regusto amargo en la boca, Braulio comienza la charla. Marco escucha atento, no habla, asiente las más de las veces y con la mirada, saca las palabras que se ovillan bajo la lengua de Braulio. Le habla éste de sus años de la infancia, del hambre que pasó durante la postguerra, de como trabajaba de sol a sol en el campo. Cuando venía alguien de la gobernación con el camión requisaba lo que le placía. Nada se podía hacer, sólo mirar y esperar que nos dejaran algo con lo que sobrevivir.
Así que espabilamos y guardábamos el cereal, otros se dedicaban al estraperlo e hicieron mucho dinero con ello. El hambre te fogea, te vuelve lúcido, te hace ver las cosas de otra manera. Nunca he tomado drogas, pero el ayuno permite alcanzar un estado mental que intuyo similar, en este caso sin necesidad de ingerir sustancia alguna.
El hambre marca, condiciona y no se olvida. Yo nunca tiro el pan a la basura, la carne puede ser, pero el pan, jamás. Me gusta más de un día para el siguiente, incluso de tres y cuatro días lo he llegado a comer, duro como una piedra, ablandado en agua, leche o vino. Me hice monaguillo para comulgar varias veces al día, me inflé a hostias, pero las más de las veces me inflaron. De joven, el pan estaba racionado y cuando iba a recoger mi ración antes de llegar a casa ya me lo había comido, presentabas un palo y te hacían una muesca. En el horno hacían pan candeal. Era un milagro, blanco como la leche. Un día, un amigo y yo robamos una hogaza al panadero, que dio orden a la Guardia Civil. Comenzamos a correr como locos, sin aliento, al tiempo que íbamos dándole buenos tientos a la hogaza. Corrimos como alma que lleva el diablo. Cuando nos dieron alcance estábamos bajo un árbol. Nos zarandearon buscando la hogaza. Entonces, ya estábamos haciendo la digestión. Lo que nos hicieron después no importa. El pan es básico, se puede comer con cualquier cosa incluso con hierba. Te sonará eso de que a buen hambre no hay pan duro, pregunta. Marco, asiente, aunque él nunca haya pasado más hambre que la propiciada por alguna enfermedad y la vigilia prescrita.
El hambre lo remataba el trabajo. Esos años se trabajaba mucho y no se tasaba tanto como ahora. Jornadas interminables bajo el sol. Íbamos a primera hora de la mañana, antes la alborada y a las tres de la tarde cuando el sol era de justicia, volvíamos al hogar chorreando. No había agua corriente, así que en la cocina de leña, en un caldero gigante mi madre ponía agua a calentar, que usábamos para ducharnos en el invierno y para limpiar los cacharros. Si hacía bueno nos bañábamos en el río.
Los años de la escuela no fueron buenos. Los curas nos ponían a caldo, magro, porque estábamos todos que daba pena vernos, con más remiendos que el pelaje de una gallina. Aplicaban nuestros maestros al pie de la letra eso de que la letra con sangre entra. No tenían tacto. Eran unos bestias. Hablaban de la caridad, de la sumisión, de la entrega y del perdón y a nosotros nos parecía un chiste, una tomadura de pelo, llenos como estábamos de moratones y con una sensación sempiterna en el estómago de vacío, que se extendía por todo el cuerpo hasta dejarnos inertes. Con cada paliza recibida, anegábamos con la sangre de nuestros pies las páginas del diccionario que iban de la e a la j, y palabras como esperanza, futuro, goce, ilusión, juguete, quedaron inservibles.
Tuve que ir a la mili. Nada que ver con esas milis modernas vuestras, de nueve meses, cerca de casa, en cuarteles donde no faltaba la comida y los colchones eran tales. En esos años la mili sabías cuando la comenzabas pero no cuando la acababas. Podía durar un año o tres. La mili era la línea que separaba para muchos la soltería del casamiento. Ellas esperaban el regreso de sus novios de la mili para contraer matrimonio. Muchos salían así de los pueblos, conocían ciudades nuevas y pasaban de ver el mundo por una mirilla a verlo por un ojo de buey. Yo seguí viéndolo por un agujero negro con forma de ojete peludo, pues por desgracia me tocó en el Sáhara. Si existe el infierno que vayan a buscarlo allí y pongan una banderita, como hacen los alpinistas al coronar una cima. Acabamos quemados, abrasados por el sol. Sin agua, sin nada que llevarnos a la boca, mas que arena, muertos de asco. Sin importarles a nadie, perdidos en el culo del mundo, rodeados de boñigas secas por el sol.
Marco, oye estas cosas y divaga, imagina la vida de Braulio plasmada en un cuadro y ve colores vivos mezclados con otros oscurantistas, todo llevado al exceso, marcado por una hiperrealidad excitada, de rostros y cuerpos perfectamente definidos, con expresiones de dolor, pena, sufrimiento, goce con cielos tormentosos y soles abrasadores y luego se imagina cómo sería el cuadro de su vida, y en un lienzo en blanco ve dibujarse líneas grises que se entrecruzan creando formas geométricas y manchas de tinta seca, como las que deja un niño de dos años jugando sobre un lienzo en blanco, con un marco precioso eso sí, dorado, luminoso y siente en su estómago el mismo vacío del que hablaba Braulio, que se extiende por todo su ser, devorándolo. Fija luego su atención en los ojos del sabio amigo y de nuevo en su cuadro abstracto de mierda y siente la levedad del ser, del suyo, comienza entonces a volar y Braulio de puntillas sobre la mesa, trata de coger sus pies de aire. Nada puede hacer Braulio para evitar la desintegración de su joven amigo al contactar con el fluorescente, como un globo de feria más, que coger los restos de goma aún calientes y guardarlos en su camposanto metálico, junto a los de la última treintañera que trabajó allí y piensa que aún hay esperanza, que sino todas las páginas, algunas pueden secarse al sol, que la lucidez como el hambre mata y aunque siente a ratos ser un genocida verbal, piensa que es una venganza justa, su particular manera de defenderse de esos que claman por no remover, por dejar las cosas como están, que la mierde se seque al sol para que deje de oler, aquellos que reclaman el olvido y la desmemoria. A Braulio para bien o para mal de muchos, su memoria es lo único que le queda, su única arma, letal.