La invención de Morel
Este verano en los artículos que Manuel Vicent escribía sobre escritores universales, habló de Bioy Casares y nombró “La invención de Morel” como una de su grandes obras. Recordaba haberlo visto en casa, así que me puse a buscarlo y lo encontré junto a Proverbios y cantares de Machado. Lo publicó El País hace unos años, en una colección de los clásicos del siglo XX.

Un fugitivo escapa de la justicia y se guarece en una isla en la que vive en soledad. Luego verá gente a lo lejos y decide acercarse. Comprobará que no son reales, tampoco fruto de su imaginación, sino imágenes, que un tal Morel ha logrado crear y reproducir con un complejo sistema.
Al comienzo el huido se enamora de una mujer que va con frecuencia a la playa. Ella lo ignora, borrando su existencia a sus ojos y desdeñando el jardín que él ha hecho con su profundo amor para ella. Cuando comprueba que su naturaleza no es de carne y hueso sino un haz de pixels él querrá comulgar con la inmortalidad y formar parte también de esa escena, perdurar para para siempre, por los siglos de los siglos. Se combina por tanto lo real, con lo irreal, lo ficticio con lo soñado, lo perecedero con el ansia de perdurar. Todos los devaneos mentales del fugitivo los plasma en un informe donde escribirá sus desvelos, acreditanto sus desvaríos. La literatura al igual que la fotografía es otra manera de inmortalidad.

Si alguien les quiere echar una foto, piénselo dos veces, no vaya a ser que sea cierto lo que creen algunas tribus respecto de las fotografías; que roban el alma de los fotografiados.