La televisión se ha convertido en estos últimos tiempos en un aparatito que nos viene aconsejando en sus programas acerca de qué tenemos que comer, cómo hemos de llevar a cabo nuestra sexualidad, cómo hemos de educar a los hijos pequeños, o encauzar a los adolescentes.
La televisión asume así un rol educador (convencida de una función didáctica que no creo sea su objeto), donde unos profesionales, dan consejos, directrices y recomendaciones sobre muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. Para hacerlo más ameno, a fin de pasar del siempre abstracto plano teórico al práctico, se recurre a personas que voluntariamente (¿sin cobrar?) se desnudan emocionalmente ante las cámaras, para demostrarle al pueblo, a sus vecinos, que es el cambio es posible, tanto como erradicar las malas conductas y obtener el aplauso y la palmadita en la espalda delante de los focos.
Lo que Pavlov hacía con perritos, ahora se hace con humanos y muchos conocen a la perfección los efectos de esos reflejos condicionados en sus bolsillos. Siguiendo al pie de la letra las recomendaciones de los psicólogos, puericultores o pediatras los vástagos pueden convertirse en pocos días, tras unas pocas sesiones “de buena crianza” en unos hijos maravillosos, educados, trabajadores y respetuosos, la envidia del vecindario. No hay libro que valga sobre “la buena crianza“, ni tampoco valen los programas de televisión, basta con aplicar el sentido común, grandes dosis de paciencia y mucho, mucho tiempo, entrega y sacrificio.

Se habla y se escribe mucho acerca de ese Gran Hermano globlal, de la invasión de millones de cámaras que vigilan por nuestra seguridad, al tiempo que registran todos nuestros movimientos y acciones en los espacios públicos, pero, a su vez, la gente, libremente, o impelida por un incandescente afán de notoriedad, de alcanzar el estatus de famoso, famosillo o famosete o simplemente el estatus “de ese tío me suena de algo”, en su empeño por ser visto en la televisión, haciendo qualquier cosa, es capaz de salir en estos programas, desvelando su intimidad alegremente, haciendo cola junto a otros miles de personas para entrar en programas de telerrealidad como Gran Hermano, Operación Triunfo o Fama.

Que los finalmente seleccionados canten o bailen o no peguen un palo al agua y les baste con permanecer encerrados un par de meses para aumentar su popularidad, es sólo una excusa. No se busca o se selecciona a los que mejor cantan o bailan, sino a los que más juego van a dar, esto es, los que van a generar más audiencia (esos que dan el perfil, así lo llaman los seleccionadores), esos que más morbo y espectaculo generarán, para lo que hace falta unos prolijos test de personalidad a la hora de seleccionarlos, que luego permita que una vez encerrados, se peleen, se griten, se insulten, se copulen, se masturben, se deseen, se amen, etc…

Una vez dentro, cuando el programa se ponga en marcha se les hará llorar, sufrir, manipulándolos para que bailen y canten, o se enamoren o se metan mano delante de unas cámaras bajo el edredón, donde legiones de seguidores, conmovidos llorarán a moco tendido perplejos ante esa realidad inducida y ficcionada, que incluso algunos filósofos defendarán como la “auténtica realidad”, un fiel retrato de nuestra sociedad, un laboratorio de reacciones humanas donde conocer mejor su naturaleza.

Muchos miles de personas de cualquier edad, sexo, raza y lugar de nacimiento, han interiorizado ya ese Gran Hermano en su interior, sin necesidad de que les implantaran microchips y sin recurrir a la fuerza (otro virus como el del consumismo, aparentemente igual de inocuo), deslumbrados como las mariposas por la luz de la vela, ésta con forma de foco, sin saber que una vez allí, además de ciegas acabarán muertas. El negocio para la televisión pasa por fabricar velas, mariposas cada vez hay más.