El doctor Jacinto mira la camilla distraído. Su primera operación de la mañana será un mero trámite; dos implantes oculares transgénicos. Su paciente Travis permanece sedado en la cama. Horas antes se mostraba nervioso, vacilante, dubitativo. Esos ojos transgénicos le habían costado un riñón, y a su edad, 123 años, algunos le decían, que ya había visto demasiado. La ilusión de conocer a su tataranieta Lucía, recién nacida, era la excusa perfecta para pasar por el quirófano y llevar a cabo una operación financiada por su seguro privado.
Todo ha ido según lo previsto, dijo el doctor. Travis, oyó ruidos fuera de la habitación. Doscientos cinco familiares abarrotaban los pasillos del hospital. Uno a uno fueron pasando por la habitación y besaron al intervenido, convaleciente, que aún no podía abrir los ojos. Seis horas después, la última de la fila era María que llevaba en brazos a Lucía, la cual lloraba con ganas, dando fe de que sus diminutos pulmones cumplían su cometido a la perfección. Morris quitó las vendas de su ojos operados y al abrirlos, vio un sendero, un bosque, el caudaloso río y el puente romano que lo cruzaba, la casa de piedra de su abuelo Antón, el humo de la chimenea, la burma que la envolvía. Su hermano Andrés lo cogía de la mano, tirando de él con fuerza, señalándole un nido en lo alto del arbol. Travis oía llorar, también la dulce voz de María, que cantaba una canción:

“había una vez un barquito chiquitito, había una vez un barquito chiquitito, que no podía, que no podía, que no podía navegar. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco y seis semanas, pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco y seis semanas y aquel barquito y aquel barquito, aquel barquito navegó…”

la cual, dispuso a la recién nacida en los brazos de Travis, que cerró los ojos. Al abrirlos, su hermana Teresa, de pocos días, estaba en sus brazos mirándolo sin mover pestaña, llevándose los dedos a la boca, babeando. Es guapa verdad, dijo Lucía. Preciosa respondió él, pero.. ¿le pesa, verdad?, traiga, traiga, que no estÁ usted para muchos trotes, ya me hago cargo, después de una operación. María salió con su hija y el silencio inundó la estancia. Morris se ovilló entonces debajo de la manta de lana, sintió una erección, a su lado, Andrés respiraba agitadamente.