Buscaba tu cuerpo bajo el nórdico
y nuestro aliento deshacía los fiordos.
La alcachofa de la ducha
encharcaba tus gemidos y mis gallos.
El sol entraba por la ventana
iluminando el parqué
los ojos cerrados tocaban la piel.
Los niños bajaban las escaleras
de dos en dos
de tres en tres
y su risa contagiosa
como una pandemia nos inoculaba
la alegría de vivir
de reír por nada
de llorar por todo.
La vecina colgaba su bragas
del tamaño de una toalla
y saludaba con sus manos regordetas
que tenga un buen día, le decía
tú también hijo, tú también.