Es extraño estar leyendo en una revista dominical un artículo sobre alguna desgracia en algún lugar del mundo, y en esa misma página, tener un anuncio de una bebida alcohólica, de alguna prenda de vestir o de un vehículo.
Esa mezcla entre lo trivial y lo importante se difumina y la línea de brocha gorda que separa ambas, se difumina a nuestro discernimiento, como si al tiempo que nos empapamos del sufrimiento ajeno pudieramos regar también nuestro ganazte con un pelotazo de ron, o sentir la brisa en nuestro bronceado rostro veraniego a lomos de un cochazo.
Prefiero por ello las revistas en las que no hay anuncios insertos en los artículos, que distraigan mi atención de lo que estoy leyendo, pues sino el mensaje que se pretende transmitir, se convierte en otra cosa, en mero ocio, en el que mezclar churras con merinas, y lo mismo da la sección de cocina y del hogar que la entrevista a un misionero, en ese río revuelto de anuncios indiscriminados con el que se financian los periódicos y revistas. Como decía aquél respecto de la televisión, ésta sólo sirve para emitir anuncios y hacer ganar dinero a los publicistas, y de relleno, ponen algún programa que otro.
Con las revistas a veces pasa lo mismo. En la revista Fotogramas, por ejemplo, la mitad de sus páginas son anuncios.