A pesar de llevar tres días muerto nadie creía en él. Nunca obtuvo parabienes, y en su paso al más allá, los de más aquí, congregados frente a la zanja abierta, más por curiosidad que por otra clase de sentimiento, no lo recordaban con afecto. Todos sus vecinos, la escasa docena y media que constaban censados en los archivos municipales, contaban anécdotas tras el entierro a cual más hirientes, que tenían como protagonista al difunto. No entró con buen pie en el pueblo hacía más de treinta años. Su aspecto greñudo, mal afeitado, la túnica raída y su penetrante mirada, generó los primeros enfrentamientos, las primeras disputas. Luego, cuando su voz se desparramó por el valle, cuando sus ideas libertarias tronaron entre los olivos, sucediendo al trinar de los pájaros, sus palabras fraternales, puras, despojadas de cualquier sombra de maldad, se volvieron contra él, en forma de fuego, de piedras, de agua, de agravios. Podía entonces haber cogido su macuto, en el que guardaba sus escasas pertenencias y encontrar nuevos horizontes, ensanchar el mundo con su límpida mirada y su corazón renovable, donde la ignorancia y la ignominia, que a menudo van de la mano, no sólo en los diccionarios, no hubiera cebado de tal modo la naturaleza humana en esos lares, pero decidió quedarse. Estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, a ser un buen escuchante, pero nadie quería saber de él, tenerlo cerca, salvo para ajusticiarlo, vilipendiarlo, convertirlo en blanco de las críticas y del odio negro y cetrino de las gentes. Pensó que el tiempo le daría la razón, que la verdad como el olivo no necesitaba apenas riego para florecer, para dar sombra, abrigo y sustento al necesitado, pero los años poblaron su cara de luengas barbas, de arrugas y marchitó su mirada, antaño alegre, o acaso sus ojos se entornaron. Su espíritu, no obstante, conservaba la frescura del alba, la alegría infantil, pero en su interior sabía que el final estaba a la vuelta de la esquina, en ese pueblo donde paradójicamente todas las casas eran circulares. Transcurrida una semana de la defunción, los dieciocho vecinos fueron convocados por el alcalde a la lectura del testamento del muerto. La cifra de un millón de euros cayó de la boca del alcalde con la fuerza de un doblón centelleante, que provocó el delirio entre los vecinos, que se miraban y se abrazan entusiasmados. Quisieron entonces mudar su comportamiento anterior, pero ya era tarde. Algunos dieron muestras de arrepentimiento, incluso suavizaron el tono de las ofensas, que quedaron reducidas a divertidas anécdotas, despojadas de atributos negativos. El alcalde, el único vecino que había mantenido la distancia con el difunto, viendo la escena, las caras compungidas de ambición, las pupilas brillantes, el afán por acelerar el reparto, supo entonces que ese gesto, sin duda de buena voluntad, no era otra cosa que la donación de una fosa común al aire libre, vacía, donde se irían acumulando los cuerpos de los vecinos, engalanados con rencillas presentes y sin duda futuras, embalsamados de odios atávicos, inagotables, sin cruces, ni féretros, ni RIP, ni flores, ni losas de piedra, ni familiares postrados cada domingo después de misa. Sólo sería una porción de tierra más, nada particular, que hozarían los animales en busca de alimento, bajo la sombra de los olivos, el trinar de los pájaros y la mirada compasiva y celestial del difunto.