Hartos uno del otro. Otra pareja más que naufragaba en las arenas de la soledad, del tedio y de la incomunicación. Internet era el nuevo mar en el que sumergirse, abrir horizontes, con opciones de conocer otra gente, otros hombres, que la escucharan o la leyeran y recibiese así algo de afecto. P entabló contacto con C. Su chateo diario era la válvula de escape necesario que aliviaba su malestar, el de ambos, porque C también sufría lo suyo en casa, con su pareja y P le lamía las heridas, le hacía soñar y le dejaba el zurrón lleno de esperanza e ilusión. El tiempo maduró lo relación, tanto como puede serlo una relación virtual.
Decidieron verse. P quería conocer a C, con quien tanto había hablado, sentir su cuerpo entre sus brazos, decirle que a su lado todo sería mucho más fácil, que estaba dispuesto a comenzar una nueva vida a su lado. Quedaron en un parque, a una hora señalada. P permanecía en un banco a la espera, cuando C se acercó por detrás. Le resultaba extrañamente familiar aquella silueta. Cuando se giró, gritó de espanto. No era otro que su marido el gruñón, con el que cada día discutía, convertido ahora muy a su pesar en su amante virtual. Ese mismo día pidieron los papeles para divorciarse. Un psicólogo, primo de P, está investigando qué causas hacen que dos personas que se odian, sean capaces de enamorarse en la red. Esto da muestra de la complejidad humana, llena de luces y sombras, de recovecos que no se muestran. La línea que separa el amor y el odio es cada día borrada por la marea del nuevo día. No sabemos si esa pareja virtual triunfará o no, o si en un futuro quizá vuelvan a coincidir de nuevo en la red, bajo una nueva identidad y surja de nuevo la chispa del mar.
Pd. Millás enhorabuena por tu premio.