La sal de la vida, la gastronomía y las nevadas invernales
Antes la sal era un tesoro, moneda de cambio en las transacciones comerciales y una materia prima valiosa que servía para conservar los alimentos. Salándolos, estos podían durar más tiempo evitando que se pudrieran, haciendo la sal las veces de nuestros frigoríficos y arcones actuales. Hoy la sal abunda y su precio es bajo. Podemos comprar un kilo de sal por menos de un euro. Basta darse una vuelta por las salinas de Torrevieja para ver las toneladas de sal que allá se obtienen, muchas de las cuales se destinan al exterior.
Algunos platos, como la dorada o el cordero pueden cocinarse a la sal, basta con poner en una bandeja profunda, el pescado o la carne y cubrirlo enteramente con sal y luego meterlo al horno. La sal también está muy presente en la época invernal, cuando se suceden las nevadas y entonces toneladas de sal son vertidas sobre el asfalto para derretir la nieve.
Este invierno, 2070 toneladas se usaron para hacer frente a las nevadas por parte de la Delegación del Gobierno, solo en Asturias, así que a nivel nacional pueden hacerse una idea de las toneladas necesarias para todo el invierno.
Poco importancia se presta al efecto que esas toneladas de sal pueden tener sobre el medio ambiente, cuando el agua derretida por obra de la sal, va a parar a los ríos o los terrenos adyacentes. La sal abrasa cuanto se encuentra en su camino. Si tiene un campo y no quiere volver a ver fruto en él, sálelo, como hacían antes los guerreros con sus enemigos para quitarles el sustento que sus campos podían ofrecerles; los romanos, para llevar hasta sus máximas consecuencias la destrucción de Cartago, sembraron sus campos con sal.
Hoy se tiran toneladas de sal en las carreteras impunemente y lo vemos como algo normal, un mero trámite que permite dejar las carreteras limpias en un plis plas y poder así circular, sin sufrir los rigores invernales, evitando que una nevada desbarate nuestros planes. Minimizando el efecto de las nevadas con la sal, estamos perjudicando irremediablemente los ríos y los campos. Ójala que los poderes públicos y aquellos que pueden tomar cartas en el asunto muevan ficha y aborden el problema para darle otro enfoque que evite el derramamiento masivo de cantidades ingentes de sal, buscando fórmulas menos nocivas.