Si la selección natural de Darwin se aplicara a los vehículos, creo que muchos de los accesorios que estos llevan habrían de desaparecer por su poco uso, a la par que el cerebro de muchos conductores. Digo esto, porque cada vez que cojo el coche, tengo la sensación de que los intermitentes no sirven para nada. Nos dicen que respetemos la distancia de seguridad, de cumplirse a rajatabla, en lugar de 30 km de retenciones tendríamos 60 o 90 en los periodos vacacionales, pero a veces es la única manera de no estamparte con el que circula delante tuyo.

Rara vez veo que un conductor haga uso de los intermitentes. Si un fulano va por el carril de incorporación y se le acaba, no marcará para indicar que se incorpora. Si vas por la ciudad y de repente el que va delante encuentra sitio para aparcar, te lo hará saber con un frenazo.

Si en la carretera se desvían, no solo no lo señalizan sino que además frenan medio kilómetro antes. Dicen algunos que para evitar las muertes en la carreteras que se suceden cada fin de semana hacen falta más agentes. Lo que hace falta es un poco de responsabilidad al volante, tener en cuenta que una coche a 100 kilómetros por hora es una máquina de picar carne y que la concentración ha de ser máxima en todo momento, pues un despiste las más de las veces es fatal.

Así que con todo esto de los teléfonos móviles, los divx portátiles y demás mandangas (qué lejos quedan los años en los que entrábamos seis personas en un 850, sin aire acondicionado, elevalunas eléctrico, ni reposacabezas) hace falta muy poco para perder de vista la carretera un segundo y acabar en una cuneta, envuelto en papel dorado.