En su carta a los Reyes Magos Bruno no pidió una consola, un patinete con motor, un viaje a Disneylandia, no, pidió un trabajo. No un trabajo cualquiera. Bruno quería ser funcionario, pero no un funcionario del montón, sino un funcionario importante, un técnico, un Jefe de servicio, de esos que empiezan por la primera letra del abecedario. Los Reyes Magos, vía paterna y oralmente le transmitieron al niño que ellos regalaban cosas físicas, objetos materiales, no puestos de trabajo. Bruno no lo entendió, dijo que la magia de los reyes era una mierda, que los deseos de los niños había que cumplirlos, que no se podía ser tan tiquismiquis ni jugar así con los sueños e ilusiones de los demás.
Sus padres visto que Bruno rumiaba las horas cabizbajo le compraron un libro de psicotécnicos con más de 8.000 ejercicios prácticos y se lo dieron a su hijo que miró el tocho con extrañeza. Dado que los Reyes Magos no pueden hacer nada por ti, esto te ayudará en tu carrera al funcionariado, le dijeron los progenitores expectantes. El niño ojeó el libro y se lo llevó a su cuarto. Dos meses después les dijo a sus padres que quería más, así que estos le compraron un par de volúmenes donde se recogían leyes autonómicas y estatales, decretos y órdenes, reglamentos y disposiciones generales. Bruno dormía agarrado a su libros, a los que quería más que a los peluches que lo miraban con desdén desde las estanterías.
El caso es que el niño dejó de serlo, se convirtió en un adolescente retraído, que pasaba las tardes en la biblioteca memorizando artículos y sacando notas brillantes en el instituto. Pocos meses después de cumplir los dieciocho años Bruno llegó a casa y dijo a sus padres que su deseo se había cumplido. En el Boletín oficial autonómico venía un listado con la relación de nombres de los opositores que habían obtenido la plaza de técnico en la última convocatoria. En lo más alto de la lista estaba él, Bruno Martínez Pellicer. Sus padres lo abrazaron conmovidos, ya que nunca pensaron que la tozudez de su vástago diera semejantes frutos. La madre sacó del bolsillo una carta amarillenta y se la entregó a Bruno. Reconoció éste su letra infantil en el membrete. Releyó su contenido, aunque sabía de memoria todas y cada una de las palabras de la misiva. No dijo nada, sólo dirigió una mirada de dulzura expansiva hacia sus padres.
Se dirigió luego a su cuarto y en cajas fue introduciendo los libros, más de tres docenas, que le habían acompañado todos estos años de estudio. Sólo dejo un libro, El hombre que veía amanecer. El también se sentía como ese juez del libro. Había perseguido un sueño y finalmente le había dado alcance.
Dejó las cajas en la calle junto al contenedor azul, destinado al papel. No sabía que le depararía el futuro, su nuevo trabajo, sus nuevos compañeros, pero se sentía satisfecho, no por lo que había conseguido a su corta edad, sino por haber franqueado unos límites, unas fronteras, unos muros que parecían insalvables, donde el único aliento que había recibido era la hediondez de los que le decían entre risas que nunca lo conseguiría. Sus padres le concedieron esas tres semanas que quería de vacaciones hasta su nombramiento. Nadie le llamó para felicitarlo, no lo necesitaba, se había hecho fuerte en la soledad, había endurecido su cuerpo y su mente, no había en su naturaleza un resquició para el virus del desánimo y la buena nueva generó una fuerza en su interior que le embargaba y templaba su ánimo como el acero. Llamó a una chica del instituto que le gustaba, sin vacilar y lo hizo con tal confianza y decisión que obtuvo un sí por respuesta. Iría con él al cine. Había mucho por hacer. Tenía que recuperar el tiempo ¿perdido?.