la suerte del corredor de pasillos
Javier resultó ganador del premio. Le dijeron que tenía una hora para gastar 6.000 euros en lo que quisiera. El centro comercial era inmenso, luminoso, bien iluminado, con más de cien tiendas. Javier echó a correr por el pasillo mirando su reloj de pulsera. Se probó unas zapatillas y las echó al carro. La TV de plasma era uno de sus sueños, así que cogió la más grande que vio, una de 72″. En los comestibles cogió el jamón más caro, uno de pezuña estilizada que decía ser de jabugo, alimentado sólo con bellotas. Cogió un juego de cuchillos para su madre y unas botellas de los mejores licores para su padre. Una señorita situada a su lado le iba informando del monto de la compra. Le quedaban aún dos mil euros. En la sección de juguetes arrampló con las nuevas consolas y un sinfín de videojuegos. Los últimos cinco minutos los dedicó para él. Cogió algunos libros y CD de la estantería de superventas y una hora después, su carro reluciente y atestado pasaba por la caja, donde uno de los encargados le estrechaba la mano al tiempo que los fotografos de los periódicos locales inmortalizaban ese momento.
Una vez fuera del centro comercial Javier miró el carro y recordó que había venido andando, que su padre curraba de noche y que a esas horas, las nueve pasadas ya estaría en el tajo y que ninguno de sus amigos tenía coche. Habló con la chica de información y ésta le hizo saber que podía llevarse el carro si al día siguiente a las 9 de la mañana lo devolvía. Javier cogió su carro y emprendió el camino a casa. Ya era de noche y las luces a medida que se alejaba del centro comercial apenas ponían algo de color en ese lienzo oscuro. Caminaba a buen paso. Debía cruzar un camino de tierra, antes de llegar a la civilización, tras cruzar la pasarela que lo llevaría a las entrañas de la ciudad.
Sintió que alguién surgido de la nada negra le ponía la mano en el hombro. Se asustó, tembló como una hoja que sin remisión pisará tierra ,antes de que el tiempo la marchite. Sin ocasión de mediar palabra vio como dos individuos echaban mano de la televisión y salían pitando. Los siguió unos metros y cuando volvió a la altura del carro, el jamón había desaparecido. Abrió los cuchillos. Las prisas le jugaron una mala pasada y uno de ellos cayó de punta sobre su pie. Comenzó a sangrar y comprobó que no podía caminar sino era arrastrando una pierna. Encontró el móvil en su pantalón y llamó a la policía. Cuando llegó el coche patrulla, encontraron a un joven tirado al lado de un carro vacío con el pie flotando en un charco de sangre. Fue llevado de urgencia al hospital.
Al día siguiente su madre le llevó el periódico a la cama. Allí estaba él, sonriente, hinchado como un pavo, relamido en su fortuna. El afortunado… decía el pie de foto. Javier maldijo al centro comercial, al encargado, a su mala suerte. La policía le dijo que si no tenía factura no podía denunciar nada de lo robado. Javier miró su pie vendado. No tenía ningún ligamento roto y en un par de semanas podría volver a jugar a baloncesto. Se imaginó que diría la tendera Calixta cuando le contara su nefasta experiencia en la gran superficie.
Cuando Javier ya estaba recuperado del mal trago recibió una carta a su atención en la que le exigían una cantidad de dinero por un carro de la compra que se había comprometido a devolver, según había registrado la srta. Martina del departamento comercial hacía quince días.
January 8th, 2008 at 12:27 pm
Se podía haber guardado unos eurillos pa’ un taxi XDDD
January 8th, 2008 at 2:12 pm
..ya, o haber pedido que lo llevaran a casa..aunque fuera pagando.