Era un político oportunista, presente en el momento y en el lugar adecuado. Polifacético, arrogante, vanidoso, un auténtico demócrata: todos hablaban y murmuraban de él, de sus conquistas amorosas, de sus cortes de pelo, de sus golpes de efecto. Cada mañana sobre su despejada mesa de roble despachaba los asuntos que conformaban el orden del día. Proveniente del mundo publicitario la política para él no era otra cosa que vender esperanza a gran escala. La importancia de los temas a tratar la marcaba la repercusión social de los mismos. Controlaba los medios de comunicación y los ciudadanos, votantes o no, estaban muy al tanto de los logros de su Gobierno. Raro era el día que no cortaba alguna cinta, descubría alguna placa o inauguraba un polideportivo o autovía. Abarrotaba sus mitines con banderas de vívidos colores y cientos de jóvenes que las meneaban con ilusión y ahínco, máxime cuando sabían que sus rostros aparecían en televisión, paladeando su momento de fama, alabando a su lider.

No era guapo, pero sí apuesto y las mujeres veladamente se sentían orgullosas de tener un presidente resultón que se movía en avión privado y tenía tintados los cristales de su automóvil. Sus más firmes defensores lo calificaban como el político total, capaz de conciliar posturas durante siglos antagónicas. Tenía un estilo propio y era capaz de mirar a su electorado a los ojos, sin apartar la mirada, con una firmeza y calidez que desarmaba a sus adversarios.
Que el político no nace sino que se hace era una sentencia incontestable que cualquiera que haya pisado la arena política sabe. No es necesario tener una voz maravillosa para vender millones de libros, ni una prosa excelsa para pergeñar un best-seller. De igual manera no había que ser una persona brillante para gobernar, bastaba con parecerlo, con ofrecer una figura monolítica al tiempo que próxima, sin fisuras, ni manchas en el currículo vital.

Por las noches, en su mecedora de mimbre sentía la misma sensación de placer y ahogo que Hitler o Stalin sintieron cuando éstos vislumbraron su porvenir, a comienzos de los años 40, las grandes oportunidades que un futuro de acero y polvora les ofreceía, hasta convertirse en los amos del mundo, extendiendo sus dominios allende las fronteras, ocupando sus hazañas muchas páginas en los libros de Historia, del “nuevo orden” que ellos estaban escribiendo con plumas humeantes.

En su caso, su victoria pasaba por revalidar su triunfo en las urnas, no en expansionar sus dominios, sino en todo caso mantenerlos, porque los movimientos sísmicos nacionalistas hacían prever a los más agoreros la desintegración del Estado que él gobernaba. Buscaba en sus mítines el pegamento de la concordia, el superglú de la unidad, la cola del hermanamiento, alentando al espíritu nacional, prometiendo incluso que durante la próxima legislatura la selección nacional, la selección de todos los Españoles y Españolas ganaría una medalla, como mínimo.

Dos semanas antes de la las elecciones, a las seis de la mañana, recibió una llamada que lo dejó postrado en el sofá con la mirada perdida, sin percatarse de que su mano asía una taza de leche caliente que vertió sobre su pijama. Era hora de despertar del sueño, de apurar la miel del triunfo y recorrer el último tramo del camino solo, como el niño que recibe la noticia de la muerte de su padre y no encuentra consuelo, sin la ayuda inestimable de su “cerebro” que había convertido como un solvente presdigitador un puñado de palabras y referencias históricas sobre el papel, en algo poderoso, corpóreo, en un mensaje que había calado en los votantes, como sermones irrebatibles, donde las palabras eran cuestión de fe, lejos de cualquier sospecha, bebida y alimento del espíritu de esos ciudadanos que habían encontrado en su figura a alguien de fiar, el pastor que los conduciría a través de verdes colinas por tierras de promisión.

Estamos jodidos, le dijo a su secretaria a modo de saludo al verla en la puerta del despacho. Tenemos muy poco tiempo para encontrar otro “cerebro”, sino vete haciendo las maletas porque ahora mismo estas paredes, aparentemente tan sólidas, son las de un castillo de arena. Vendrán muchas olas y lo dijo con tal convicción que la secretaria creyó ver petroleros a lo lejos y oír el ruido de las olas golpeando en las rocas. Quiero en mi despacho a todo mi equipo dentro de una hora.
Entre las manos la cabeza le resultaba muy pesada, como si todo el cansancio se hubiera acumulado y sedimentado en esa parte de su cuerpo.