Junaba desde el balcón en lontananza las azoteas de los edificios rayanos.En el interior, firuletes y oropeles diseminados por el suelo tupían el suelo de su covacha. Se escudriñó en el espejo, con aire disciplente, frotando las manos, haciendo rechinar las cuentas de su rosario. Junto al chinero, el único mueble de la estancia, se pegó un lingotazo del acerbo licor de bellota, obsequio de su chacha Isabel, que prestó tanoría en su morada. Su estómago, sin ir aún trompa, barritaba y reclamaba alimento. En la cocina, al calor del lar su cuerpo se animó. Ya leda, bajó a la calle.
En el figón habitual comió el menú del día. Daba cuenta de su única comida del día a mesa puesta, sin más quehacer que embuchar lo servido y darse el piro. Tras yantar, un amago de alacridad temporal en sus zarcos ojos denotaban que su alma estaba reflotando, tras su pugna con el leviatán y revolcones por el légamo de la incertidumbre.
Complacida en su gandaya, los lunes al sol se repetían como los escaramujos de la alameda, testigos de su molicie, silvestres como ella. Las excrecencias del vientre y sus ditirambos a viva voz, le granjeaban algunas monedas, que sofocaban su hambre calagurritana, en días los cuales, la recaudación no daba para mucho. Ese día había boda en la Catedral y ocupó su puesto en la puerta grande de la fachada, alargando la mano, bajo el pantocrátor.
Buscó cobijo en el interior y llegó a tiempo de contemplar el momento más enjundioso, el segundo del sí, que se trasmutó, sin intervención divina en un no, cuando el novio, in extremis, dijo no quererse casar con su prometida, al ponerle ésta los cuernos con su jefe, que compartía banco junto a su mujer, próximos al altar. Dejó la iglesia, con una sonrisa incipiente, después de ser testigo de nuevo del teatrillo eclesiástico en el que cada año muchas parejas, subían al escenario para hacer el paripé y declararse amor eterno. Hasta que la muerte nos separe, decían todos ellos juntando sus manos, o el deseo los enmarañe y el animal escape de la jaula de la razón, al olor de la carne ajena, haciendo surco en la arena, pensó.
Ella también había amado tiempo atrás, hecho del sexo su campo de batalla, con muchas bajas masculinas inermes en su caldeada entrepierna, cuando su pubis no era ni ralo ni canoso. Eso fue antes, hace muchos años, tantos que ya ha olvidado las formas de su cuerpo, sus antaño deseadas curvas, sepultadas ahora bajo ropajes raídos, cartuja en sus relaciones con los otros, sin raíces ni advenimientos, colmada de soledad. Perdió su último tren y vive ahora a años luz de las vías, alagando sus penas en licor de bellota y aullando a la luna su infortunio.