Las contradicciones del corazón
Iban los dos en el vagón, mirando a través de la ventana. Los rayos solares espejeaban sobre los árboles, nutrían las huertas, creaban policromías al lamer el río. Cándida dirigía la mirada a la ventana y luego a su marido Cándido, sentado frente a ella, él cual comenzaba a dormitar, cerrando los ojos y tratando de abrirlos pesarosamente, como el naufrago opugnando a su fatal destino. El traqueteo de la locomotora sobre los raíles, permitió en Cándida la eclosión de pensamientos negros, tristes, desoladores, macabros, a los que no sólo no puso freno, sino que alentó, tratando de recordar, de abonar esa flor del mal que se abría paso en su interior, fantaseando si era necesario. Esa semana había sido una más, nada especial, a pesar de las festividades. Si antaño la playa le resultaba irresistible, cautiva del sol, doblegada y mecida por las olas salvajes, ensimismada en la música de los chiringuitos, esposada al tedio complaciente de los días de hotel y playa, ahora todo aquello no hacía sino enervar su ánimo, encresparla, en una confrontación y alteración constante, donde Cándido era el acreedor mudo de todos sus reproches, de todas las pataletas, el culpable de los sueños irrealizados, de las esperanzas evaporadas, de las promesas incumplidas. Sí, ese que tenía en frente suyo y no otro, era el responsable único de su desazón, de su pesar, de encontrarse en vía muerta, desde hacía ya unos meses, emplazada en una tristeza que se alimentaba día a día, de rencor, de odio y encono hacia su marido. Miró sus manos y las imaginó sobre el cuello de él, cómo este se retorcería, la miraría extrañado, creyéndola incapaz de hacer algo así, y poco después, una vez muerto, sola, recorrería el mundo a su libre albedrío, reina y señora de sus momentos y acciones. Vio entonces un túnel que se aproximaba y sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre él. El vagón, se demoró unos minutos en el vientre de la montaña para dejar luego la oquedad, buscando la luz. En el vagón, iluminado de nuevo, yacía el cuerpo inerte de Cándida, sobre el que Cándido, arrodillado lloraba desconsolado. En otras circunstancias, hace cuarenta y cuatro años, cuando se enamoraron, no le hubiera importado lo más mínimo morir en sus brazos, sin importarle el cómo, sin oponer resistencia, pero ahora, en ese cara a cara continuo, ya no se trataba de dos corazones latiendo cómo uno sólo, sino de dos vísceras sonrosadas que libraban un cuerpo a cuerpo donde sólo podía quedar uno en pie, en ese amor aciago, no ya complementario, sino excluyente. Cándido, avisó al revisor y confesó su crimen. El perito médico dictaminaría poco después, que fue un paro cardiaco, la causa de la muerte de Cándida, y que el estrangulamiento, sin pruebas fehacientes del mismo, en el caso de haber tenido lugar fue a posteriori, por lo que ya no sería un caso criminal, sino moral, que su confesor habría de resolver. Entre las pertenencias de Cándida el viudo halló un bote de pastillas precintado y una prescripción médica, fechada una semana antes, en la que el Doctor Roldán había escrito algo con una letra tan enmarañada, que Cándido sólo entendió una única palabra, que venía en rojo y doblemente subrayada; corazón.