Algo le embistió lanzándolo contra un árbol, que se perdió monte arriba. Podía tratarse de un jabalí pero fue todo tan rápido que no podría aseverarlo. A pesar del empellón, no tenía ningún hueso roto, así que se incorporó como buenamente pudo y fue hasta su bicicleta, hecha trizas, reducida a un amasijo de hierros. La cubrió con hojas y follaje y buscó de nuevo el sendero por el que circulaba antes de ser arrollado. La casa rural no estaba lejos, pero el mapa lo había olvidado en un bolsillo del sillín, así que deshizo la escasa distancia recorrida. Su equilibrio era inestable y tuvo que agarrarse a la corteza de un pino para no irse al suelo. Los pájaros sobre su cabeza, revoloteaban alegres, en su mundo aéreo y Mateo no sabía si estaban fuera o dentro de su testa, porque le pitaban los oídos, y su trinar era un chirrido, que le arañaba los tímpanos, provocándole náuseas. Su cuerpo iba manifestándose en el dolor y sentía pinchazos y malestar en piernas y brazos, así como en el vientre y en los pulmones. Tosió y manchó el dorso de la mano de sangre. Tras un estudio minucioso del mapa, toda vez que se hubo orientado, el plan a seguir consistía en seguir las marcas blancas sobre las cortezas de los árboles, que le llevarían a la casa Rural. Miró a su alrededor y encontró una marca. Respiró aliviado, pero sólo fue un espejismo, porque al instante oyó disparos en sordina, monte abajo. Nadie le dijo que aquello fuera un coto de caza, así que debía tratarse de furtivos. Cada pocos metros encontraba la marca y a pesar del malestar generalizado y de los vahídos que le obligaban a descansar a cada rato, sabía que estaba cada vez más cerca de su destino y si bien esta circunstancia no lograba distraer el dolor, al menos le ayudaba a sobrellevarlo sin derrumbarse.

Retazos del sol inasibles como pompas de jabón que dejan de ser tales antes de llegar al suelo, se adivinaban en lo alto, entre las copas de los árboles, dejando el espacio que ocupaba Mateo, entre sombras húmedas. Sonaron más disparos. El ruido era cada vez más intenso y se agachó por miedo a ser de dueño de alguna bala perdida. La espesura le ofrecía múltiples lugares donde guarecerse, desde donde vio a dos personas con pasamontañas y uniforme militar, corriendo entre los árboles, arrastrándose por la tierra, subiendo a las cuerdas amarradas a las dilatadas ramas, ejercitando una coreografía que culminaba con ráfagas de disparos sobre unas dianas blancas con aros negros concéntricos. A su derecha dos personas cavaban una zanja, intercalando las paletadas. No vio una quinta, la que le abordó por detrás, le dio un toque en el hombro y le arreó un culatazo, cuando su rostro estupefacto se giró.

Abrió los ojos y ante sí halló un manto negro que lo envolvía. Esperó unos minutos y cuando sus pupilas se hicieron a la oscuridad, divisó una rendija que filtraba algo de claridad. Hizo amago de levantarse y recibió un coscorrón con una superficie dura que le instó a sentarse. Con las manos en cruz, supo que la estancia apenas tendría dos metros de largo por dos de ancho y algo menos de 1,80 m de altura, lo cual le obligaba a inclinar la cabeza en sus desplazamientos. No había hecho nada que justificara el encierro, así que sin mucha convicción quiso pensar que se trataba de una broma pesada o de una fatal equivocación. Buscó una salida y en el techó vio una trampilla, del tamaño de un ventanuco que golpeó con ambas manos. Era de madera y sus acometidas no consiguieran alabearla, como si hubiera toneladas de cemento sobre ella.

Se sentó entonces sobre el suelo, de tierra y esperó acontecimientos. Una cabeza asomó finalmente en la trampilla.

- Esta noche morirás, perro, le dijo y desapareció.

Mateo cabeceó, como si quisiera así despojarse de su fatal desenlace ¿Morir?, ¿por ir andando en bicicleta por un bosque?¿por haberme perdido?¿por haber visto a unos hombres disparando?. Las preguntas fluían incesantemente, y sólo conseguían sumirlo cada vez más en la desesperación. Si no le habían atado cuando lo apresaron en un principio pensó que era porque entonces no sabían qué hacer con él. Buscó su documentación en los bolsillos y no la halló. Nada había relevante entre sus objetos personales, más allá de la cartera con unos billetes y las tarjetas de crédito. Algo debía haber no obstante, pensó, en sus enseres que había encolerizado a sus raptores, tanto como para querer verlo muerto, pero no debía pensar en ello porque cada minuto que dedicaba a ello, era tiempo baldío. Antes de que la trampilla se cerrase, y sabedor de su sentencia de muerte, había mirado el reloj y visto que eran poco más de la una de la tarde. Le quedaban más o menos siete horas antes de que anocheciera.

Aplicó entonces las manos por la superficie. Comprobó que las paredes eran de tierra y que rascando con las uñas, se desprendía fácilmente y que esa estancia no parecía diseñada para retener a un ser humano sino para acopiar otros avíos, como alimentos, herramientas o municiones.
Dadas las dimensiones de la madriguera, de apenas 6 metros cúbicos, no podía escarbar demasiado porque entonces se anegaría de tierra, y moriría ahogado. Debía por tanto hacer un agujero estrecho, lo justo como para caber estirado y con la suficiente holgura como para poder desalojar la tierra al interior de la guarida. Debía ser también un túnel bien equilibrado que no se alejase de la superficie sino que guardara cierto paralelismo dado que si se sumergía demasiado luego no podría salir.

Una vez decidido el lugar por donde cavaría, aplicó las manos, hizo un agujero que poco a poco le permitió meter la cabeza, luego los brazos y finalmente el cuerpo, hasta que solo se veían las suelas de unas zapatillas deportivas, que luego dejaron la estancia vacía. Convertido en un topo gigante pero sin los pies anteriores cavadores de este, ni su destreza, fue arañando la tierra, horadándola con sus manos. Sentía el aliento terrenal de la muerte, la falta de oxígeno, el cerebro cargado, pero quería morir luchando, y estuvo minutos y horas sin otro quehacer que ir avanzando hacia la salvación, o hacia la muerte, pero en todo caso avanzando, con el único fin de que la parca, dado el caso no le encontrase con la cabeza entre los piernas maldiciendo su suerte, pasivo y contemplativo de su final y cuando creyó que ya había taladrado lo suficiente en sentido horizontal como para alejarse unos metros de su prisión, buscó la salida cavando hacía arriba.

Ahora le caía la tierra sobre la cara, como una lluvia dura y asfixiante de limo y cieno. Cogió todo el aire que sus pulmones le permitieron y movió las manos, arañó el vientre de la tierra con tanta furia, que sentía las cutículas en carne viva, y tragó saliva aderezada con tierra y escuchó los latidos de su corazón a punto de estallarle, y tocó algo duro y rugoso, y filamentos más endebles, y supo que eran las raíces de un árbol y empleó los puños y dio golpes y su cabeza se le iba, los ojos cerrados, y las imágenes se le agolpaban en el cerebro, fogonazos de luz lechosa, los ojos fijos de su hija mirándole desde la cuna, el rostro de su mujer y en su último estertor, el puño salió al exterior y en el último esfuerzo que sus finiquitadas fuerzas le permitían, clavó bien los pies en el interior de su tumba terrenal, cogió impulso y se lanzó hacia arriba, donde la cabeza quedó allí literalmente plantada, como un brote divino, con un sombrero de musgo, de cuya boca se derramaba una lengua de barro y sangre. Vomitó. Alzó los ojos y vio que el cielo perdía brillo, que las últimas luces se apagaban y que el atrezzo estaba ya casi preparado para la función nocturna.

Si pasa la cabeza pasa el cuerpo. Era cierto. Pasó un brazo y luego el otro. Redivivo en ese flotador de tierra. Oyó voces. No se incorporó y arrastrándose llegó hasta una álabe. Sus captores estaban a poco más de una decena de metros. Reptó hasta que las voces se acallaron. Entonces, ya de pie, echó a correr, y vio un río que serpenteaba ladera abajo y decidió seguir su curso, así que se introdujo en él, y lo fue remontando, sorteando las piedras pequeñas y grandes, que le obligaban a subir a ellas a horcajadas para evitarlas. Si la inminente oscuridad se cernía sobre él, estaría de nuevo perdido y para eso no restaba más de media hora. Por el río no podrían seguir su rastro. Tras un salto de agua, vio lo que parecía una cueva, y chorreando entró en ella. Era lo suficientemente espaciosa como para darle cabida, así que se despojó de la ropa y buscó hacer fuego con piedras y palos. No lo consiguió. El frío le hacía tiritar y sentía punzadas en el estómago a las que se sumaban los pinchazos provenientes de sus falanges. Los esputos seguían arrojando su lastre de sangre. Se pegó a la pared, protegido del viento y del chapoteo del agua, y con los brazos sobre la piernas, ovillado, tratando de conservar su escaso calor corporal, dejó que pasaran los minutos, hasta que las primeras luces del alba, iluminaron su escenario vital, y sin haber pegado ojo en toda la noche, muerto de frío y con la mirada perdida, con una determinación que se había hecho añicos pero que aún no le había partido en dos, salió de la cueva, buscó los rayos solares, extendió los brazos y sintió un cosquilleo, un placer tan intenso que le hizo llorar de impotencia.

El cielo estaba raso, y todo hacía indicar que el día sería caluroso, lo que jugaba en su contra. Estrujó la ropa, la secó lo mejor que pudo con las fuerzas propias de un difunto y se la puso de nuevo, como una segunda piel. Dejó el río y caminó por un sendero. Encontró un refugio vacío, donde alguien había hecho fuego tiempo atrás, habida cuentas de los leños tiznados. No encontró alimento. Desde la ventana se veía el valle y los tejados de las casas y sin demora dejó el albergue y se lanzó en esa dirección en la línea recta, y campo atraviesa, por senderos señalizados, trochas y campo abierto, vio vacas y caballos, pero no a sus dueños. Vio algo centellear, un quitamiedos, que asumió como una alucinación, pero al que el ruido de un motor le hizo regresar sobre esa quimera, siguió el sonido como si una banda de ángeles tocaran su liras sólo para él, y llegó hasta el quitamiedos, y entendió porque los llamaban así, porque al acariciar su filo cortante, que tantas vidas quitaba a los motoristas, sintió una felicidad tal que se le quitó de cuajo el miedo, renovado en sus ganas de vivir y saltó sobre el arcén y caminó embobado, la mirada fija y codificada entre los aladares ocres y apelmazados, en las líneas discontinuas y un camionero hizo sonar su bocina y él movió los brazos y convertido en un eccehomo sin cruz ni corona de espinas, pero dueño de un calvario similar, se desplomó.

Meses después Mateo leyó una noticia en la que La Guardia Civil había encontrado varios zulos en bosques de la provincia de Huesca. Miró el mapa con atención y sintió un escalofrío y el café le supo a tierra mojada y la lengua a barro y su hija sentada en sus rodillas, quiso saber por qué lloraba y él que sabía que algún día debía hablar de su experiencia, tremolante, se dispuso a contarle a su niña un cuento, cuyo final feliz no lo hacía menos terrorífico, si bien ya se encargaría él de adornarlo con duendes, elfos y hadas, con árboles que hablasen y libros mágicos, plantas carnívoras y brujos malos con pasamontañas que hacían daño a los demás, pero donde al final y a pesar de no llevar armas siempre vencían los buenos.

Las entrañas de la Tierra
Chufowski ©2008