Al desposarnos nos esposamos, enlazamos existencias y casados devenimos cansados. No somos bueyes pero con el sí, nos sujetamos al yugo de la esperanza y al hacerlo, siendo ya sólo uno, practicamos coyunda. La gente se casa porque a ella le hace ilusión, o a él, o a los dos. Van a la iglesia, que no han pisado desde que les confirmaron, salvo bodas, bautizos y defunciones ajenas y ellas vestidas de blanco y ellos con cara de circunstancias, dan el sí quiero. Hasta que la muerte nos separe dicen a dúo. Luego una de cada dos parejas se separa, más pronto que tarde. Celos, disputas, riñas, trifulcas, devaneos sexuales, cornamentas, trastos a la cabeza, portazos, reproches, reconciliaciones, promesas, besos apasionados. De nuevo celos, disputas…., hasta que uno de los dos o de mutuo acuerdo deciden poner fin a la relación, quedar como amigos o hacerse la vida imposible, apropiarse de los hijos si los hay. Confabular, levantar falsos testimonios, desarrollar una extraordinaria memoria selectiva, pensiones alimenticias, encono, odio reconcentrado y al final cuando solo quedan cenizas de una amor extinto, despedirse como dice el chiste.

-¿María que felices éramos hace quince años?.
-Pero si no nos conocíamos.
-Por eso María, por eso.