En la biblioteca pública de La Rioja sita en Logroño en la sala de préstamo, en la parte dedicada a la consulta de revistas y periódicos sólo hacen uso de ella hombres de mediana edad (en contadas ocasiones aparece alguna mujer, joven o mayor, centro de todas las miradas masculinas), que como aves de presa buscan los periódicos matinales con los que saciar su sed de conocimiento, ponerse al día de los difuntos o agilizar la mente a golpe de Sudoku. La Rioja y El Marca son los periódicos más deseados. A tal situación llegan los encontronazos que incluso se advierte en un cartel que a aquel que atesore más de dos periódicos o los mutile, se le retirará el carnet durante una temporada. La renovación del mobiliario de la sala de lectura, de la tercera planta no ha afectado a la sala de préstamo de la segunda que aún posee algunos butacones ajados, de fragancia herrumbrosa, regazo de mendigos y borrachos que en su comodidad han encontrado durante estos últimos años, en tardes frías de cielos plomizos, resguardo del frío, al abrigo de la calefacción. Al hilo de esto Bukowski dijo en alguna ocasión que de no haber sido por las bibliotecas que frecuentaba, para fines diversos, podía haber acabado de cualquier manera.
Cuesta encontrar un sitio libre a media mañana. Como los buitres sobre la presa, revolotean junto a los periódicos, se piden los ejemplares los unos a los otros, se insultan y reniegan por lo bajini, con un empuje y una determinación propia de aquel que la va la vida en ello, una vida que pareciera reducida a esas horas de lectura periodiquil, cuya lectura no les hace renacer en la virtud, en la bonda, en la comprensión, el hermanamiento cultural, sino afianzar el cerrilismo, la descortesía, algo por otra parte normal según que artículos se lean, que alienta a las masas a la confrontación, buscando dedos acusadores y traidores rompepatrias.

Los más voluptuosos se recrean con El Marca, comenzando por el final, donde cada día una mujer con muchas curvas y poca ropa los mira desde su pedestal de mujer inaccesible, diosa intocable, que sólo tiene ojos, manos, boca y lengua, para el futbolista o deportista adinerado.
Mientras, desde las estanterías que hacen un ángulo de 90º, las revistas altivas ven desde su altura como nadie les mete mano, las soba, las acaricia, olvidadas de esos hombres que prefieren el tacto del papel el consuelo de las noticias oídas y leídas hasta la suciedad de sus dedos negros entintados. Así las revistas políticas, literarias, cinéfilas, urbanísticas, históricas, lingüisticas son olvidadas, desdeñadas, apartadas de esas manos, reducidas a ser acumuladores de polvo, las cuales cuando puedo, cuando encuentro un sitio, cojo entre mis manos, huelo el papel impreso, las desapego de su soledad, las paseo por la sala, junto a la ventana, hablo con ellas, un hablar que es lectura, y las coloco de nuevo en su sitio, a la vista de todos y a la inobservancia de la concurrencia y marchitas esperan pacientes mis manos o las de cualquiera que esté dispuesto a dedicarles a ellas el mismo tiempo que esos ancianos demandan para ellos.