Él la agarraba por las piernas, que eran blancas, no veían el sol. El interior de los brazos de él, le envolvía las piernas, los muslos anchos, superficie de piel blanca. Y él tenía fuerza suficiente para llevarla hasta el borde de la muerte. La mujer casada sentía que, si el seguía, podría matarla. Y él seguía con más fuerza, más a fondo, y ella sentía, que sí él seguía, podría matarla. Y él seguía.

Existía también el calor del agua espesa que fluía desde el centro en donde, juntos, se rasgaban. Existía también el olor, mezcla animal de la transpiración del Galopín y del sexo, que fluía.

José Luis Peixoto (Libro 2011)