Marta tras estar toda la noche haciendo largos en la cama, trastabillando sobre su colchón de latex, y desayunar con los ojos como platos soperos estaba a las ocho de la mañana en la puerta de la farmacia, con horario de seven eleven, para comprarse un predictor. El segundo en dos días, a razón de trece euros cada uno. Ha subido las escaleras al galope hasta la cuarta planta, se ha quitado la ropa entre jadeos, con la urgencia de un polvo y ha depositado sus posaderas sobre el retrete, donde tras orinar encima del chisme, ha ido a dar una vuelta por el pasillo, a esperar los cuatro minutos que indicaba el prospecto, pero que se han visto reducido a dos y conteniendo la respiración se ha acercado hasta el lavabo donde le esperaba el veredicto, luego los ojos irrigados, ha notado un calor que le abrasaba las pantorrillas y le subía por la columna como una serpiente juguetona. Ha roto a gritar, sin importarle los vecinos, levantando las manos, como si su equipo hubiera marcado el gol que les diera un título y luego las ha dejado caer sobre su rostro humedecido para finalmente reposarlas sobre su vientre.
Las dos líneas rosas, paralelas, que hubiera deseado que confluyeran en algún punto, por aquello de la significación lo confirmaban.
Lo está.