Pisadas a la fuga Me levanté legañoso y mis ojos velados por la bruma matinal y por los copos esponjosos se me antojaron onníricos. El frío erizó los pelos, desde la coronilla hasta el dedo pulgar y las calles estaban blancas, el cielo lloraba blanqueando el asfalto ya acuoso.

Vi pisadas huyendo de mí, en todas las direcciones, que me acosaban, iban y venían, se cruzaban y yuxtaponían, pero no lograba encontrar la mía. El frío era aterrador, el viento silbaba entre los copos y las ramas blandían un saludo inhóspito, frío, hostil.

Finalmente, me situé sobre dos de ellas, contorsionando mi figura, hasta casi posar la nariz en el bordillo y lo conseguí. Eran las mías. Esas pisadas estaban ahí esperando desde el invierno pasado, esperando el momento preciso, la llegada de esta primavera blanca para darme la bienvenida. Contento enfilé la calle tarareando una canción que ya he conseguido olvidar.