No le miraba ya a la cara porque la tenía muy vista decía para quitársela de encima. Pero ella seguía erre que erre dándole la tabarra. Cualquier momento era bueno para darle la brasa. Se arrepentía de haberla hablado, de haber sido simpático con ella ese maldito día, cuando llegó a la oficina y le estrechó la mano, esbozando su mejor sonrisa. Entonces le pareció una chica irresistible. Un tipazo así nunca había pisado la oficina. Se le fueron los ojos. No sólo a él. Desde el director hasta el chico de los recados babearon a la vez, cuando la vieron en el umbral apurando el cigarrillo que se demoraba entre unas manos interminables. Él les sacaba varios cuerpos de ventaja a todos sus compañeros porque además de ser el más apuesto del lugar, en la franja de edad comprendida entre los treinta y los cuarenta era él el único exponente. La chica sintió las miradas sobre su cuerpo, pero no pareció sentirse molesta. Era de esas chicas que se crecen con las miradas ajenas, que las hacen caminar aún más tiesas, levantar más la cabeza, con un porte majestuoso, casi divino, que nos permitiría afirmar si tuvieramos ocasión que era capaz de andar sobre las aguas sin mojarse. Con él hizo una excepción y bajó de su tarima para besar al populacho, para mezclarse con él, con tantas concesiones que acabaron juntos y revueltos. Ella, reconfortada porque había permitido que un mortal probara su cuerpo, convencida de que sería otro pelele más que se quitaría de encima con una palmada. Él, sorprendido porque una mujer así estuviera dispuesta a poner a su disposición su cuerpo para que él la trabajara como si de masa de pan se tratara, amasando con fruicción sus blancas colinas, sus carnes blancas, buscando y dando placer en todas las oquedades de ese cuerpo escultórico.
El roce hace el cariño le decía ella junto a la máquina del cafe, acariciando con sus yemas los huevos de él, guarecidos bajo el pantalón, que iba ganando volumen a medida que su mano juguetona iba encorajinando el soldado de plomo que se alzaba listo para entrar en combate. Siempre a punto, decía entre risas y daban rienda suelta a su pasión en la sala de los servidores, que solo visitaba el técnico informático al comienzo y fin de la jornada. Ella encaramada sobre él, agarrada a su cuerpo y él manteniéndola en volandas, tensionado, sacando fuerzas de flaqueza para bombear la sangre necesaria, evitando que el soldado desertera, dejándole en ridículo. No sabía como poner fin a esa atracción final que lo consumía. Quería dejarla pero siempre reincidía. No te conviene, le decían quienes la conocían. El sexo lo alimentaba, nublando su entendimiento. Lejos de ella se creía independiente, capaz de todo, pero bajo el rocío de su influjo, no había razonamiento que valiera, todo se volvía banal y desparramarse dentro de ella era su única razón para existir, lo único que hacía este planeta aún hoy habitable. Todo lo demás era aburrido, e insulso. Días grises que fotocopiaba, sin pies de página donde apuntar algo relevante. No la quería sólo la deseaba. No estaba enamorada de ella, pero sí de su cuerpo. Odiaba su voz, pero no sus gémidos. No quería verla más pero sabía que si algún día le faltaba moriría. Pasaron los meses y los escarceos sexuales se sucedían. En la oficina eran la comidilla y su delgadez le granjeó el apodo de “el maquinista“, un chiste privado que sólo entendían los más cinéfilos. A grandes males grandes soluciones, se dijo frente al espejo. Armado de valor, con la coraza de la intrepidez bien ceñida, y un arrojo que le asfixiaba como cota de malla, entró en la oficina de Crescencio el director. Quiero que la despida dijo. No puedo seguir así. Crescencio lo examinó desde sus gafas de pasta y pidió más detalles. ¿hace algo mal? ¿llega tarde? ¿arma jaleo? ¿roba? ¿hay algo que usted quiera contarme y que yo deba saber?. Estamos todo el día follando en la oficina y ya no puedo más. Estoy consumido y mi cerebro hace meses que no rige, desde que ella llegó. Recuerde como era yo antes y en qué me he convertido. Debe elegir entre ella o yo. Sé que es duro pero no tengo otra solución. O ella desaparece de mi vista o no seré responsable de mis actos. ¿sería capaz de matar por ella?. No, sería capaz de matarla a ella. ¿la ama?. No, simplemente la deseo. Ella no me interesa, es su cuerpo el que me desquicia. Pasará, dijo Crescencio, nadie se muere por amor, si no hay un cuchillo o una motosierra por medio. Usted conocerá a alguien o ella se encaprichará de algún otro y entonces se olvidará de usted y todo volverá a la normalidad. ¿es eso lo que quiere?, ¿es su deseo llevar una vida normal?.
Mire a mí me quedan dos primaveras y ya destrocé unos cuantos colchones, no se crea. Si llega a viejo y hace balance, le digo desde ahora, que nunca podrá olvidar a esa mujer. No abundan. Es una especie en extinción. Le pido que se lo piense, deje pasar unas semanas. No cometa una barbaridad y pasado un tiempo volvemos a hablar, si le parece.
Vaciló, movió la cabeza, dudó. Quizá lleve razón, me lo pensaré, dijo mientras la puerta se cerraba a sus espaldas.
Llamó a su primo. Este le dijo que le parecía extraño que le llamara después de tantos años sin hablarse para pedirle una motosierra. Nos veremos a las cinco en el café. Tenía todavía un par de horas para entrenarse. En el videoclub alquiló “La matanza de texas“. Respiró aliviado. Su problema tenía por fin solución.