Marcó el número y esperó. Oyó su voz al otro lado de la línea. Sí, demandaba. Hay alguien ahí. Eres tú. Él jadeaba. Un mes llevaba enterrado. Su cuerpo aún no se había descompuesto y cada mañana tenía una docena de rosas sobre la lápida. Cariño eres tú, decía una voz calidad y cortada por el filo de la desazón. No puedes hablar, estás amordazado, cómo es ese lugar. Te espero dijo él finalmente con palabras oxidadas y colgó tras cumplir su promesa.