Ahí os dejo una poesía dedicada al innombrable, escrita por el poeta Miguel García-Posada, de un personaje que aún hoy sigue en boca de muchos y en algunos casos con tal devoción y fervor que pone los pelos de punta.

Sueño del innombrable

La nada como todos. Pero en vida
fue fraudulento, poderoso rey:
suyo el sable, la daga de oro, el mando,
la cruelísima gracia del indulto
y las ejecuciones a la noche,
al alba, al mediodía, a cualquier hora
buena para matar. Pues que él mató
y mató mucho, y sin pudor firmaba
las sentencias tomando chocolate
y las clasificaba en «vil garrote
o paredón». Odió a muchos y a muchos
aborreció. Mató y encarceló
y desterró y torturó a demasiados,
y acabó con pasados y futuros;
el sufrimiento ajeno no era nada
para su alma crecida en la milicia
de la fuerza brutal y patriótica.

Ahora su osamenta besa el suelo
bajo lápida espesa, a buen resguardo,
para el orgullo de sus defensores
y la paz de sus ofendidos.
Injusto el universo, injusta nuestra vida:
matadores y matados al mismo
precio, ya hermanos ambos
en la nada, colegas del vacío.
Y ya no poseemos ni el consuelo
del infierno piadoso, que era el preciso ámbito
para el monstruo que aquí conserva sus residuos.

Mas si por una vez
nos asalta el propósito
de rescatar sus restos de las sombras,
desenterrarlos y espolvorearlos
y a un basural llevarlos, al impío
lugar donde las ratas los devoren,
aprovechen tranquilas sus sustancias
y generen con ansias recrecidas
vastagos con la savia del maldito,
rechacemos de plano designio tan atroz,
propio de su linaje, pero impropio del nuestro.
(Su linaje de inquisidores santos.)

Hemos de conformarnos, y ya es mucho,
con saberlo difunto y despreciable,
indigno de llamarse ciudadano o patriota,
digno tan solo de nuestra abyección
y aun más: del absoluto olvido, nuestro olvido.
Nunca digáis su nombre,
volveos sordos, mudos,
fingid que carecéis de lengua;
arrancad sus vestigios, todos,
caballo o calle o parque público,
escuela, fuente, plaza,
hospital o remoto lugar del territorio.
Borradlo de los libros de historia y los anales.

Haceos a la idea de que nunca existió.
No le deis vida en el hogar
caliente del recuerdo.
Que muera de una vez y para siempre.
Que sea un hueco, un signo en blanco,
y su muerte será nuestra victoria.

Miguel García Posada de su libro Días Precarios (Colección Visor de Poesía)