En el lugar convenido se reunieron. Besos apasionados en la calle y ella le indicó con el índice la fachada del edificio donde pasarían la noche. Él no conocía la ciudad, y aparcó su coche en una calle en rampa próxima al inmueble.Cogidos de la mano subieron en el ascensor al tiempo que amasaban su cuerpos, sin amansar el deseo que los consumía, sino espoleándolo.
Sobre el frío terrazo se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo, al tiempo que sus ropas iban dejando un reguero de prendas, que les indicaría el camino de vuelta llegado el caso, hasta el baño, un reducto mínimo donde una bañera con churretes les esperaba. Desnudos entraron en la bañera, que llenaron y ella demostrando sus habilidades vegetales, jugó con la alcachofa de la ducha, luego con el pepino de su amante, que fue cogiendo tal volumen que ella dijo entre gritos “verde que te quiero verde, como el pepino que voy a comerme”. El jabón de ducha corría por sus cuerpos, crecían nubes de espuma, mientras él como un ciego se asía los relieves corporales de ella, hurgaba en sus oquedades, buscando sus pies dolientes como un costalero.
El agua no estaba lo suficientemente caliente y sus zonas capilares se erizaron. Oyeron un ruido, que no supieron si procedía del inmueble. Contuvieron la respiración, oyendo el retumbar de sus latidos y concluyeron que el extraño sonido provenía de la puerta. Ella le miró fijamente y él supo que tenía que ir a echar un vistazo. El pepino era ahora una guindilla roja, huidiza y chorreante y su cuerpo temblaba por el frío y el miedo.

Dudó si debía ir en busca de algún cuchillo o arma blanca con el que repeler un posible ataque. Sin pensarlo entró y salió de la cocina con un rodillo y corrió con los pies descalzos y una toalla como único atuendo hacia la entrada. Alguien estaba tratando de entrar en el piso, arañando la puerta. La llave entró y un cuerpo se desplazó hacia el interior de la vivienda dando tumbos. A pesar de la cogorza, el visitante vio una figura extraña a su lado, con algo en la mano y fue capaz de asestarle un puñetazo en el estómago, a modo de presentación. El rodillo rodó por el suelo, pero para entonces ella ya había salido de la ducha, y había presenciado el ataque y estaba tan nerviosa como asustada y con el rodillo en su mano derecha le arreó un rodillazo al intruso con tal virulencia que de su boca manó sangre y su cuerpo se desplomó hacia atrás golpeando en el radiador. El intruso aun tenía las llaves en la mano.

No había sido buena idea quedar en ese piso de estudiantes para verse, su prima debía haberse asegurado de que nadie les molestaría durante su estancia de fin de semana. El intruso de complexión hercúlea se había reincorporado a trompicones y tenía a la mujer agarrada del cuello, alzándola del suelo con una sola mano mientras su cuello se convertía en una guitarra de seis cuerdas. La balanceó y la lanzó contra el cristal que enmarcaba la cómoda. Ella voló y chocó y cayó trazando un ángulo de noventa grados y su cabeza encontró poco después el suelo formando una línea casi perfecta. Su amante, de nuevo en pie, recrecido en el dolor y la furia, cogió el rodillo y le asestó un golpe en la entrepierna y otro en la cabeza al visitante cuando esté se replegó de dolor, con las manos en los genitales, como si el mero hecho de posar allí sus yemas, calmara el dolor de los huevos. Para asegurarse, le golpeó de nuevo en el suelo repetidas veces con el rodillo y con la rodilla, ejecutando llaves de pressing catch, que le había enseñado su sobrino “El enterrador” y cuando lo vio inmovilizado, pero todavía vivo, cubrió su boca con cinta adhesiva negra y ató su manos a la espalda con un mantel de cocina.
Mientras pensaba cómo solucionar la papeleta, cogió la botella de ron del intruso que milagrosamente permanecía intacta, de pie junto a la puerta, y la despachó a morro, con largos tragos, al tiempo que su cerebro procesaba lo sucedido. Bastante ofuscado llamó al 112, pidió tres ambulancias, y no pudo informar sobre su paradero, a duras penas podía pronunciar el nombre de la ciudad, y la mujer de la centralita creyó que bromeaba, así que le colgó y luego perdería el equilibrio cayendo sobre su amante alineada.

La prima llego dos días después y tuvo que forzar la puerta para entrar, y vio toallas con sangre seca, un amasijo de cuerpos, botellas por el suelo hechas añicos y reconoció a su prima, al novio de su prima y a su novio y a pesar de que parecían muertos les pegó una patada a cada uno en vaya usted a saber la parte y luego golpeó su cabeza contra el marco de la puerta, porque a fin de cuentas todo había sido culpa suya y marcó el 112 y quiso contarles lo que había pasado y no supo determinar el alcance de las lesiones y se aturulló con las preguntas y cuando llegaron los facultativos llamó al 091, y dijo ser culpable de tres crímenes, que no serían tales, porque lo único que allí había fenecido era el afán aventurero propio de las incandescencias adolescentes, reemplazado en el futuro por encuentros reglados, sin sobresaltos, en cualquier Parador de la geografía nacional.