Nadie de los allá presentes pensó nunca que Imelda fuera capaz de matar. Abandonó la estancia acompañada de dos policías taciturnos que la sujetaban de ambos brazos, cabizbaja, como si las miradas de sus compañeras la forzara a pedir perdón, a excusar un acto inhumano, que había sacudido la residencia, la única del pueblo.
Pero antes de dejarlas para siempre, alzó la cabeza con calma, miró quedamente todo cuanto la rodeaba, se recreó en las cortinas asalmonadas que dejaban entrar trozos de luz, y fijó su mirada en las que habían sido sus compañeras todos estos años, percatándose de que faltaban dos personas. Entonces, como un Dios satisfecho, orgulloso de su obra perfecta, dijo a los policías.

- Podemos irnos.

Dos días antes
El mes de enero era el de las rebajas en los comercios y el de las defunciones en la residencia. Los últimos años las estadísticas arrojaban un saldo de ocho muertes ese fatídico mes, casi el mismo número que las que se sucederían durante el resto del año. Todos lo sabían y el miedo flotaba en el aire, formando parte del menú diario. Los más osados hacían apuestas, a hurtadillas, a espaldas de las monjas, que si bien lo conocían, hacían la vista gorda, ante el macabro divertimento de los abueletes.
El cabecilla de la banda, porque, en todos los lugares hay cabecillas, o jefezuelos que se erigen como portavoces del resto, era Anselmo, un hombretón de gran estatura y voz bronca, que erizaba los pelos de sus congéneres, cuando algo le alteraba el ánimo, y profería unos alaridos semejantes a los bramidos de los animales en día de berrea.
Anselmo junto a sus dos compinches, Benigno y Aurelio formaban “el trío del naipe”, así les llamaban las señoras por su gran afición a la baraja, a la cual hacían más caso que a cualquier otra cosa, y acumulaban las tardes menesterosas y los años echando la partida, con un amplio repertorio que iba desde el tute, hasta la brisca, pasando por la pocha y el julepe.

Benigno era el encargado de apuntar los nombres de los candidatos a dejar este mundo, en un cuaderno diminuto, que guardaba discretamente en el bolsillo interior de su chaqueta raída de pana. A pesar de unos leves temblores que lo sacudían con regularidad, mantenía una caligrafía excelente, muy apreciada en las festividades, pues a él recurría la superiora cuando en las fechas señaladas había que hacer confeccionar clase de cartel. A falta de ordenadores, Benigno se presentaba como el escribano perfecto.

La gestión de los fondos recaía en Aurelio, el cual laburó durante cincuenta años en un banco. Añoraba el tacto de los billetes, su olor, y rango de tesorero le hacía más llevadera la estancia. Era implacable, y nadie se la podía jugar. Pilar, una pobre desgraciada, quiso darle gato por liebre al hacer su apuesta, y en lugar de euros, le quiso endosar unos chelines que le había traído su nieto de sus andanzas por el extranjero. El tamaño era parejo, pero Aurelio que examinaba cada moneda que caía en sus manos con la minuciosidad de un relojero, y era tal su concentración que parecía entrar en trance, volvía minutos después del más allá, para proseguir con su tarea, tardó poco en caer en la cuenta del engaño. La sonrisita que se dibujó en los labios marchitos de Pilar fue la estocada definitiva en el orgullo de Aurelio, que cuando cayó en la cuenta del engaño, no se inmutó. Tosió, aclaró entonces su garganta de impurezas, y con una voz perfectamente modulada, se dirigió a todos los presentes.

-Pilar. No confunda usted chelines con euros, y no me confunda a mí tampoco con un majadero, pues desgraciadamente para usted no lo soy. Le comunico que a partir de este momento y merced a sus malas artes, propias de la mala fe y no del despiste, nunca más podrá usted volver a participar en nuestras apuestas. Queda por tanto apartada del juego. Me veré además obligado a dar parte de usted a la superiora. Seguro que disfruta con ello.

Dijo esto último relamiéndose, paladeando cada palabra, al tiempo que Pilar se arrugaba en su asiento, cubriendo su cabeza con las encallecidas manos, buscando una invisibilidad imposibilitada por su atuendo negro.

Los allá presentes rompieron a aplaudir, contagiados por un entusiasmo común gestado en la molicie, que les hizo revolverse en sus asientos, excitados, testigos de un momento irrepetible que avivó la anodina vida de la residencia, en primera línea de esa representación en la que Aurelio habló con una afectación propia de un actor, gesticulando, moldeando las palabras en al aire, ante la mirada atónita de su ya entregada audiencia.
Cuando Pilar, sollozando, se tiró de bruces al suelo, deslizándose sobre el bruñido terrazo, hasta que el mentón frenó su deslizar a escasos centímetros de los mocasines de Aurelio, pidiendo clemencia, el improvisado auditorio, era un tapiz humano de expresiones abobadas, bocas entreabiertas, miradas perdidas en el infinito.

Aurelio desparramó la mirada a su alrededor y bajándola a ras de suelo, indiferente clamó.

- Ya es tarde Pilar, las cosas hay que pensarlas atrás. Guarda tus lloriqueos para mejor ocasión.

Movió su pierna derecha como quien se sacude el agua de lluvia de un chubasquero, hasta que Pilar, vencida, le soltó. Eran muchos los que se la tenían jurada a Pilar, muchos por tanto los que obtuvieron placer, vengando las afrentas sufridas estos últimos años, atiborrados de rencillas y maleentendidos.

Las cuatro ancianas del fondo decían que le sacaban cierto aire a John Wayne, otras que era clavado a Bogart, algunas más jóvenes con la líbido enardecida al calor del brasero, musitaban que tenía la misma percha que “el coneri, el cerocerosiete”. ¿tendrán también su mismo pistolón?, decían entre risas, con los mejillas enrojecidas.
La magia del momento se hizo añicos, cuando por la puerta apareció a trancos Escolástica, la superiora, dando voces, moviendo aparatosamente los brazos, como si una nube de mosquitos la rodeasen, mandando a todos los presentes a sus respectivos cuartos.

Pilar se levantó ayudada por Anselmo y Benigno. En su rostro se dibujaban ríos secos de maquillaje que morían en la comisura de los labios. Benigno se compadeció de ella.

-Hablaré con Aurelio y ya verá como podemos arreglarlo, él no es así.

Pilar le miró fijamente, con tal intensidad que Benigno sintió enrojecer, como cuando en los años verdosos de la adolescencia su prima Martina le cogía de la mano y juntos iban al río a darse un chapuzón en las gélidas aguas del río Nela.
Sintió que los ralos pelos de su espalda se le erizaban, y luego notó una punzada en su indolente corazón. Si le hubieran preguntado si era la llamada del amor la que atronaba en sus oídos y se amplificaba en su sonotone, hubiera respondido aún a riesgo de errar que sí, mil veces, un millón, hasta perder la voz, como un ruiseñor ronco.
Algo sintió también a su vez Pilar, porque sus ojos glaucos se encendieron, resplandecientes y vivarachos, más propios de una adolescente que juguetea con su novio y descubren sus cuerpos en un portal a escondidas del mundo, que de una señora octogenaria cuyo porvenir guardaba en una caja de madera con forma de ataúd.

Escolástica fue hacia ellos malhumorada, echando pestes. Los separó con malas artes, zarandeándolos y mandándoles al orden, poniendo el grito en el cielo. Tuvo tiempo Anselmo de revolverse y cual grácil equilibrista endosar un beso en las mejillas incandescentes de su pretendida, antes de encaminar los pasos hacia su habitación.