Movida a los ochenta, parte tercera
Tumbada en la cama Pilar echó la vista atrás, abriendo en la memoria el baúl de los recuerdos. Se relamió con los momentos más dulces de su existencia. Y después de hacer balance se dio por satisfecha. No había estado nada mal. Los veintinueve mil novecientos y pico días que había vivido hasta entonces, habían dado mucho de sí. Demasiado, pensaba a veces con amargura.
Si decidía irse con Benigno lo haría por él, por hacerlo feliz, por sacarlo de la cárcel, como él llamaba a la residencia. Se sentía llena de generosidad y de amor al prójimo. Tampoco tenía que rendir ya cuentas a nadie. Sus hijos venían a verla dos veces al año y hasta la próxima visita restaban aún cinco meses. Tiempo suficiente para vivir una historia de amor. Miró el reloj. Marcaba las seis y media. Tenía tiempo de sobra para hacer la maleta y el ánimo necesario para echar el resto en ese incipiente amor crepuscular.
Anselmo y Aurelio escucharon atentos el plan de fuga de Benigno. Anselmo tenía una copia de la llave de la puerta principal, pues le gustaba de vez en cuando salir a escondidas de la residencia e ir hasta su casa, que se encontraba próxima, al final de la calle.
Le reconfortaba ver que en la casa en dónde había nacido y en la que había vivido toda su vida, junto a sus padres, todo seguía igual, como si el tiempo se hubiera suspendido indefinidamente. A veces dormía allá, en su cama, de cuando era niño, y sentía que la suave mano de su madre le mesaba los cabellos, y lo acariciaba hasta que se dormía.
Muy temprano antes del toque de queda, volvía a la habitación, sigiloso como un gato.
Ese era su secreto, del que hizo partícipes a sus amigos, con la entrega de la llave a Benigno, que la guardó en el bolsillo del pantalón al tiempo que se abrazaba a Anselmo. Aurelio también se unió a ellos.
-Os voy a echar mucho de menos, dijo Benigno entre sollozos.
-Seguro, dijo Anselmo guiñándole un ojo. Mándanos una postal de vez en cuando.
-Una de esas en las que salen señoras de buen ver, ligeritas de ropa, en algún lugar de la costa, apostilló Aurelio. Ya sabes que aquí lo más insignificante tiene gran valor. Nos conformamos con muy poco.
-Toma, dijo Anselmo entregándole una llave de gran tamaño. Es de mi casa. Creo que esta noche, si todo va bien, la deberíais pasar allá. Es una casa grande y hay camas de sobra. Tendréis toda la noche para pensar en vuestro futuro más inmediato. Si cogéis el autobús temprano, para cuando la superiora repare en vuestra ausencia, ya estaréis lo suficientemente lejos
.
-No sé como… Anselmo no le dejo acabar. ¡Venga!, vamos a ver que nos dan de cenar hoy estas brujas.
Escolástica supervisó que todo estaba en perfecto orden en el comedor a la hora de la cena. Como Imelda había previsto, sacó el frasco de pasifloras y se echó un par de ellas al gaznate acompañada de un largo sorbo de agua. Al rato sintió un leve malestar. Llamó a Gumersinda para que la sustituyese. Le dijo que no se encontraba muy bien y que iba a echarse un rato a ver si se le pasaba el mareo.
Imelda que no le había quitado ojo desde que entró en el comedor siguió con la mirada los pasos de la superiora que se perdían al final de la escalera, y supo que esa era la última vez que la iba a ver con vida.
A medianoche el silencio sepulcral reinante solo se veía alterado por algunos ronquidos. Pilar bajo las escaleras con cuidado de no ser vista, agarrada a pasamanos con fuerza, como si una fuerza extraña la quisiera retener. No había nadie despierto a esas horas, y la oscuridad era total. Agarrada a la barandilla bajó por la escalera y una vez en la planta baja, adivinó la silueta de Benigno, puntual, con una maleta a sus pies. Fue hacia él.
-¿ Estamos?, preguntó él
-Estamos, dijo ella riendo, y juntos de la mano salieron.
La cara de felicidad de Benigno era tal que Pilar supo que pasara lo que pasara en adelante, esa noche lo había hecho feliz.
El día presente
A Gumersinda le extrañó que la superiora no se encontrara en el comedor a primera hora de la mañana como era su costumbre, y decidió ir a su cuarto. Golpeó repetidas veces la puerta y al no obtener respuesta, ya bastante alterada, decidió entrar.
Oyó pasos detrás suyo. Imelda estaba en la puerta apoyada en las jambas.
-No se moleste, está muerta, dijo, al ver como Gumersinda trataba de volverla a la vida a bofetadas. Hágame el favor de llamar a la policía.
Tras tomarla declaración, dos agentes de policía, la sujetaron de ambos brazos y la acompañaron al vestíbulo, en dónde se concentraba la práctica totalidad de los internos.
Reparó en algo que no había visto antes. En el corcho de la pared del vestíbulo destinada a las noticias y aviso, vio un folio situado en el centro. No era la pulida caligrafía de Benigno, si no algo más tosco. A pesar de alguna cara de reproche, impresa en el papel, había una única palabra, que Imelda quiso pensar, representaba el sentir general.
GRACIAS