Lo tenía claro. Unos señores y señoras muy elegantes le enseñarían como comer las uvas sin riesgo a equivocarse, y luego bien comido y bien bebido, se iría a dormir. Al día siguiente, los papeles seguirían sobre la mesa del escritorio, la luz fundida del portal seguiría esperando un cambio, el suelo cogería más polvo. El vecino del tercero le miraría con la misma cara de perro de todos los días, la vecina del cuarto con la misma mirada ardiente que le hace sonrojarse y la del sexto derecha con una voz estentórea le dará los buenos días, un alarido que le seguirá poniendo los pelos de punta, y le hará plantearse si son tan buenos como grita la señora.
Los amigos serán igual de pesados o de entrañables que el día anterior y el jefe le obviará mientras le apremia con su voz de pito, bien estirado para que se le vea bien sobre sus zapatos de cuero. La suegra seguirá dándole consejos hasta el infinito y más allá y la televisión seguirá siendo el mismo vertedero del año anterior. Los dedos volarán igual de rápidos sobre el teclado, naufragará de nuevo en mares virtuales y la angustia le poseerá de nuevo, cuando sepa que ya queda menos tiempo para casi todo.
Pensará que ese del espejo es más inteligente que el del año pasado, que tiene más experiencia que las hostias recibidas le han hecho callo y por un momento lo creará a pies juntillas, pero cuando entre en la cama notará los píes fríos, la persiana no bajará del todo, filtrando la luz de la luna llena. Buscará en sueños una salida, una fisura en ese sistema del que le es imposible escapar. Todo fluye pero nada cambia para él.